|
![]() |
|
|
Aznar y Zapatero mantienen unas relaciones cada vez más gélidas NI SE HABLAN |
Por David Fernández Cómo es posible que Aznar, después de 20 años en política, no tenga ningún amigo en la oposición?, se preguntaba hace meses un diputado socialista después de escrutar la lista o al menos las fotos de los invitados a la boda de la hija del presidente del Gobierno. La pregunta parece simple, incluso cándida, pero su respuesta es al menos tan compleja como la personalidad del jefe del Ejecutivo, que desde que llegó a La Moncloa no ha mantenido buenas relaciones con ninguno de los líderes de la oposición: ni con Felipe González, ni con Joaquín Almunia, ni con José Borrell. Ni con José Luis Rodríguez Zapatero. Aznar no ha encontrado en ninguno de ellos una personalidad compatible con la suya. En el PSOE no sorprende que no lo haga ahora con Zapatero: ¿Por qué con él iba a ser diferente? El problema no está en los líderes de la oposición, sino en el talante del presidente del Gobierno, concluye un parlamentario cercano al secretario general del PSOE. El círculo de amistades de Aznar es muy reducido; no es fácil confraternizar con él corrobora, por si había dudas, un dirigente del PP. Zapatero y Aznar no mantienen una relación fluida, ni en el terreno político ni en el personal. Y no porque el líder del PSOE, como le ocurre a Felipe González, profese un odio visceral hacia el presidente. De hecho, Zapatero repite constantemente, en público y en privado, que su falta de complejos ante el presidente se debe a que nunca ha cometido el error de despreciarle. Simplemente no hay relación entre ellos, porque Aznar rechaza de plano cualquier contacto, resume un estrecho colaborador del secretario general socialista. Y pone como ejemplo la crisis del Prestige y el juego del gato y el ratón en el Congreso de los Diputados en los actos del Día de la Constitución, cuando Aznar evitó incluso cruzarse con Zapatero, a pesar de que unos días antes se había comprometido a mantener una charla con él en los pasillos del Parlamento. Aquella vez fue el líder socialista quien se puso en contacto con el presidente. Ese día se vio que el deterioro en una posible relación personal entre ellos es absoluto: no hay relación ni política ni personal. Y es un logro de Aznar, asegura un diputado socialista. En realidad, la relación personal entre ambos no ha sufrido ningún deterioro, porque nunca existió. Ni siquiera después de que el presidente llamara a Zapatero a La Moncloa menos de una semana después de ser elegido secretario general de los socialistas. Hasta entonces no se conocían más que de cruzarse en los pasillos del Congreso. Después de las fotos oficiales en la escalera y sentados en la sala donde se reunieron, cuando se quedaron los dos solos, el debutante líder del PSOE trató de romper el hielo: ¿Qué te parece lo que hemos conseguido? ¿Qué? Bueno, ya sabes, el congreso que hemos ganado sin que nadie lo esperara... No intervengo en las cuestiones internas de los partidos. Un ni yo nunca pronunciado fue la respuesta de Zapatero. A partir de ahí, la conversación fue des libro, relata uno de los asesores del secretario general. Quizá no habían empezado sus relaciones con buen pie desde la foto de los jardines, cuando Zapatero, según narra él mismo, llegó a La Moncloa aleccionado sobre la tendencia del presidente de soltar la mano a sus visitantes cuando apenas han empezado a subir las escaleras de la entrada para salir por encima en las fotos del apretón de manos. El nuevo líder lo sabía y no agarró la mano de su interlocutor hasta que llegó al último escalón. Le costó trabajo no utilizarla como agarradero para escalar hasta el palacio presidencial, según su propia versión. Y más después de tropezar en un adoquín suelto del que nadie le había hablado. Los socialistas que conocen esta anécdota recurren a la psicología y sus términos para explicar por qué Aznar actúa así. No tiene ninguna empatía: es incapaz de ponerse en el papel del otro. Quizá porque tiene un fuerte complejo de inferioridad que trata de disimular con la coraza de una gran confianza en sí mismo que le impide ser generoso con los demás, aseguran. No olvidan en Ferraz la respuesta del presidente sobre las causas del milagro económico español después de 1996: El milagro soy yo. En el PSOE creen que es la prueba empírica de la teoría del complejo de inferioridad. Sin embargo, a pesar de la frialdad inicial, fuentes del PP aseguran que la impresión que Aznar se llevó de Zapatero en aquel primer encuentro fue positiva. Al menos en el terreno de la política. Vio en él a un político que podía convertirse en un interlocutor válido con el primer partido de la oposición, un líder joven pero que podía tener credibilidad si consolidaba su liderazgo, asegura un veterano parlamentario. Las mismas fuentes reconocen que el idilio duró poco: La confianza se redujo a un nivel intermedio durante la firma de los pactos contra el Terrorismo y por la Justicia. Y poco a poco se fue deteriorando hasta que la crisis de Galicia ha sido la puntilla que ha llevado a que sus relaciones sean inexistentes, sobre todo porque Aznar se siente defraudado y no lo puede disimular. La firma de los pactos a los que alude esta fuente dejó nuevas escenas de frialdad: Aznar y Zapatero apenas intercambiaron unas pocas palabras en la Sala de Tapices de La Moncloa durante la rúbrica de su compromiso contra el Terrorismo y por las Libertades. Los interlocutores del líder socialista entonces fueron el ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, el vicepresidente primero, Mariano Rajoy, y el secretario general del PP, Javier Arenas. El presidente sólo ratificó el pacto después que los partidos; hasta entonces permaneció de pie detrás de la mesa con gesto adusto y sin esbozar ni siquiera una sonrisa. Al final, las fotos de rigor y un sobrio apretón de manos: Aznar desapareció y Rajoy fue el encargado de despedir a Zapatero. Desde entonces, su única reunión pública cara a cara se produjo tras los atentados del 11-S en el Congreso de los Diputados. Su relación se limita a intercambios de cartas y algunas escasas conversaciones telefónicas siempre que son imprescindibles. Son Rajoy y Arenas los interlocutores de Zapatero con el Ejecutivo y con el PP. El líder de la oposición mantiene una relación fluida con ambos, especialmente con el vicepresidente: en el Congreso llegó a mostrar públicamente su preferencia por Rajoy para suceder a Aznar. Zapatero sabe que el vicepresidente no habría actuado como lo hizo el jefe del Ejecutivo después del concierto que abrió la presidencia española de la Unión Europea y donde el presidente evitó saludar al máximo representante del primer partido de la oposición, que acudió acompañado por la secretaria de Política Internacional, Trinidad Jiménez. Y eso a pesar de que don Juan Carlos, que salía del Teatro Real acompañado por Aznar, se acercó a Zapatero para saludarle; el presidente permaneció impertérrito en el pasillo y se limitó a hacer una mueca con la cabeza a modo de saludo dirigido al político socialista. A juicio de algunos diputados socialistas, este gesto demuestra los diferentes talantes con los que se puede actuar en política: Zapatero no olvida la palmada en la cara con la que el Monarca le mostró su apoyo tras el asesinato de Ernest Lluch. Aunque las fuentes socialistas no lo dicen, el silencio que sigue a esa reflexión indica su nula confianza en que Aznar pudiera demostrar ese afecto de manera tan rotunda y a la vez tan humana. Ni siquiera lo hizo cuando, después del pleno del Congreso de los Diputados que en agosto aprobó la Ley de Partidos Políticos, Zapatero se acercó al presidente para interesarse por su salud después de pasar una leve enfermedad: Presidente, ¿cómo estás? Te veo muy delgado. Ojo, todo fibra, fue la respuesta de Aznar. Fin de la conversación, según algunos diputados socialistas que conocen el episodio. Zapatero, sorprendido, dio marcha atrás en el diálogo como si hubiera cometido un error por interrogarle, aunque fuera indirectamente, por sus problemas de salud, ligeros pero visibles. Y eso que por aquel entonces las relaciones entre el Gobierno y el PSOE atravesaban un buen momento tras alcanzar un acuerdo para impulsar la ilegalización de Batasuna. En el PSOE están cada día más convencidos de que será imposible normalizar la relación entre Ejecutivo y oposición mientras el inquilino de La Moncloa sea Aznar. Los más veteranos miran con nostalgia la época en la que González, con 202 diputados, hablaba de la necesidad de tener un líder de la oposición consolidado con quien mantener una relación fluida. O incluso antes, cuando Adolfo Suárez encendía los cigarros de González en su despacho apenas unas horas antes de sufrir los ataques de una durísima oposición. Incluso echan en falta la cortesía parlamentaria: Aznar se sube a la tribuna en el Congreso y habla para el telediario de Televisión Española: no se dirige a nadie, no mira a los escaños de la oposición. Y cuando interviene Zapatero o cualquier otro diputado reacciona con desprecio, tratando de ignorarle; hasta que algo le sorprende, que es cuando actúa con desdén. Cuando aparece esa sonrisa desdeñosa, la siguiente intervención es un insulto seguro: oposición desleal y demagoga como mínimo, narra con vehemencia un dirigente del Grupo Parlamentario Socialista. Con razón dicen en el PP que a Aznar se le puede interpretar el bigote. Una afirmación que explican aludiendo a la seriedad del personaje: El presidente no es un actor de la política; siempre expresa con gestos la realidad de sus sentimientos, dice un parlamentario popular. Los socialistas dan fe de que es así: un marmolillo, rescatando una definición de Felipe González. Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, explica la importancia del factor humano: Sólo comprendiendo mejor el verdadero comportamiento humano podemos esperar elaborar políticas que hagan que nuestra economía funcione mejor. Si se cambia economía por sistema político o democracia se entenderá la importancia de ciertas actitudes humanas para entender ciertas decisiones políticas. L
|
|
Castellanos, funcionarios, familiares pero distintos Los aznarólogos todavía no han encontrado una explicación a las malas relaciones personales entre Aznar y Zapatero, casi siempre por la enrevesada personalidad del presidente del Ejecutivo. Cuando enfrente tenía a Felipe González, sin duda la gran bestia negra del aznarismo, aseguraban que el problema era su diferencia de caracteres: tenían diferente edad, procedían de diferentes ambientes sociales y, sobre todo, la verborrea sevillana era incompatible con la sobriedad castellana. Ahora, ésa ya no puede ser la explicación: Zapatero hace gala de la misma sobriedad que Aznar y sin embargo las relaciones son igualmente imposibles. Tampoco se puede alegar su excesiva vehemencia, como en el caso de Borrell, o su falta de liderazgo, como se hizo con Almunia, para explicar que las relaciones entre el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición son imposibles. Dos años ya bastan para ver que tampoco Zapatero conseguirá entenderse con Aznar. ¿Qué más se necesita para concluir que el problema es Aznar? se pregunta un diputado socialista que apoya su tesis en que entre ambos no hay diferencias o choques insalvables en lo esencial: los dos proceden de la clase media y profesan devoción por sus familias; ambos son funcionarios del Estado (uno inspector de Hacienda, el otro profesor universitario) y los dos presentan el carácter reservado que se atribuye a los castellanos y a los leoneses, con una sobriedad que en el caso de Aznar, según algunos de sus más cercanos colaboradores, roza la tacañería. Sin embargo, puestos a buscar las diferencias, los analistas preguntados coinciden en la diferente capacidad de diálogo de uno y otro y en su diferente forma de entender el liderazgo y el ejercicio del poder. Algo que deriva de su diferente relación con la política: Zapatero se afilió al PSOE el mismo día que tuvo la edad suficiente para hacerlo; Aznar sólo hizo lo mismo cuando tuvo su futuro personal resuelto. Los más frívolos lo resumen en términos futbolísticos y asocian a Aznar, madridista, con la autoridad implacable que da pertenecer al mejor equipo de la historia; y a Zapatero, culé, con la máxima sobre la que se fundó el club azulgrana: Puede que a menudo no seamos los primeros, pero siempre procuraremos ser los mejores. |
|
Lobo con piel de oveja Enric Sopena Durante los primeros tiempos después de que Zapatero fuera elegido secretario general del PSOE, el nuevo líder de la oposición fue tratado con suma cortesía y afecto por el PP o desde las tribunas de la derecha. Era considerado un tipo más bien inofensivo, incapaz de plantar cara, una especie de mirlo blanco, un regalo de los dioses para que Aznar pudiera disfrutar de una legislatura plácida, sin agobios, saboreando hasta el último minuto el aroma inconfundible de la euforia. ¿Qué menos tras la aplastante mayoría de marzo de 2000? El ambiente llegó a contagiarse del clima versallesco que parecía existir entre el presidente del Gobierno y el jefe del principal partido de la oposición. Al salir de La Moncloa, acabada la primera audiencia que le concedió Aznar, Zapatero esquivó cualquier acento agrio o negativo respecto del presidente. Incluso se permitió especular que, en el terreno personal, no tenía por qué haber ningún escollo insalvable entre ellos. Le lanzó a Aznar un guiño de cordialidad que fue saludado por sus adversarios con satisfacción casi paternal. ¿Habría feeling? El malo de la película seguía siendo Felipe González. Zapatero recibía entonces, con inusitada frecuencia, un doble mensaje a modo de consejo. Procedía de los periódicos hostiles al PSOE o incluso de los propios políticos del PP. Primero: Aléjese al máximo, señor Zapatero, de las influencias malignas tanto de su antecesor como del entorno de éste. Procure romper, sin lugar a dudas, con el pasado ominoso para el PSOE y, desde luego, para España denominado felipismo. Segundo: Siga usted, señor Zapatero, por la senda de la moderación. Evite las crispaciones. Su oposición tranquila es beneficiosa para todos. Y también, por encima de cualquier otra valoración, benefactora para los ciudadanos, deseosos de ver cómo sus políticos, desde posiciones no coincidentes cada vez menos antagónicas; las ideologías son cosa de la prehistoria se esfuerzan por buscar juntos el bien común. ¡Oh! ¡Es un muchacho excelente, es un muchacho excelente, este gracioso Bambi! Si hasta los suyos lo critican por pacato. ¡Qué ocurrencias tan simpáticas, las suyas! ¡Mira que introducir El Quijote en el Debate sobre el Estado de la Nación! Ahí estuvo acertado Lucas. Su comparación de El Quijote con los Harlem Globetrotter la entendieron hasta los analfabetos. Cuidado, ojo, algún arañazo, incluso algún zarpazo, de cuando en cuando algún susto, que no se crezca; pero con él, guante de terciopelo, que no se nos caiga, que dure. Es un joven encantador, candoroso y educado. Y nos dicen que empieza a estar hasta el moño de Lucifer González, aunque no se atreva a matarlo. Pues no es un problema de feeling lo que está sucediendo en la actualidad entre Aznar y Zapatero. Aznar no soporta que este sparring de mantequilla lo tenga a él contra las cuerdas. Casi sobre la lona. Antes se ponía de los nervios cada vez que, preguntando al espejo, espejito, la respuesta era siempre: Felipe es más guapo. Ahora, la misma voz repite: Zapatero es más guapo. El PP se tambalea. Le coge a Aznar con un pie en la Casa Blanca al menos, le queda George y con el otro sobrevolando Galicia para que el chapapote no ensucie su impecable traje. Pero la derecha va cayendo poco a poco en las encuestas. ¿Qué hacemos con el sucesor? En cuanto a Zapatero, la orden es tajante: al hígado y sin contemplaciones. Bambi, ese lobo con piel de oveja, es peor que Felipe. |