Nº 560 - 16 de junio 2003

La agitada historia de los ‘balbases’

José Luis Balbás, expulsado del PSOE el pasado jueves, es el líder indiscutible de una corriente de opinión reducida, pero muy conflictiva –y a la vista están los hechos de la semana pasada–, llamada renovadores por la base y conocida por sus vertiginosos cambios de opinión a la hora de apoyar candidatos en las primarias socialistas, sean éstas regionales o nacionales.

Por Ana Pardo de Vera

Se desconoce el porcentaje exacto de la formación regional que representa la tendencia de los también denominados balbases, pues mientras la opinión mayoritaria lo sitúa en torno al 10% de la Federación Socialista Madrileña (FSM), otros aseguran que no llegan al 7% y los más generosos le otorgan hasta cerca del 20%. Todos coinciden en señalar, sin embargo, que las salidas y entradas de partidarios en esta corriente son continuas.

La mayor parte de los integrantes de los renovadores por la base son dirigentes de pequeñas agrupaciones socialistas locales. La más significativa es la de Buenavista (distrito de Salamanca), cuyo secretario general, Eustaquio Jiménez, es diputado regional. Precisamente, Jiménez sustituyó a Balbás al frente de la agrupación de Buenavista en 1997, de la que en el entorno socialista se señala siempre “el alto poder adquisitivo de sus miembros”.

Los renovadores por la base –y se lamentaban por ello– apenas tuvieron eco político hasta 1994, cuando se celebró el VII Congreso de la FSM, en mayo de 1994. Entonces, los balbases comenzaron a la labrarse la fama de “intrigantes y traidores” que siempre les han otorgado sus detractores y a los que hoy da la razón la práctica totalidad del PSOE. José Luis Balbás y los suyos optaron entonces por apoyar la candidatura guerrista de Juan Barranco, frente a la candidatura renovadora que lideraba Joaquín Leguina y cuyo candidato a la Secretaría General de la FSM, Jaime Lissaveztky, se alzaría finalmente con la victoria. ¿Por qué los renovadores por la base no apoyaron la candidatura de su opción lógica, la renovadora de Leguina? Empezaban entonces los claroscuros de sus movimientos: según Balbás, la intención del ex presidente de la Comunidad madrileña era la de excluirles, la de no darles la categoría que merecían, así que se fueron al otro bando.

Llegó el VIII Congreso de la FSM, en octubre de 1997. Meses antes, los balbases habían abandonado a su suerte a los guerristas y pactado con los renovadores de Leguina una lista conjunta, la que triunfó, para concurrir en el conclave regional, apoyando la candidatura de Jaime Lissaveztky –amigo personal de Joaquín Leguina– a secretario general y colocando a uno de los suyos, Ignacio Díez, como número dos de la FSM, en el puesto de secretario de Organización. Ocho meses después, en junio de 1998, los balbases volvieron a los brazos de los guerristas. Fue en la elección de candidato socialista a la alcaldía de Madrid y se enfrentaban el guerrista Fernando Morán y el renovador Joaquín Leguina. El conocido también como hombre del maletín (ver, El ‘hombre del maletín’), ante el asombro del ex presidente de la Comunidad de Madrid, se llevó a los suyos con Morán, que obtuvo la victoria y se convirtió en el candidato socialista a la alcaldía de la capital en las municipales de 1999, aunque sin éxito frente al popular José María Álvarez del Manzano.

Balbás justificó su cambio asegurando que ellos eran única y exclusivamente de José Borrell y el entonces candidato socialista a la Presidencia del Gobierno apoyaba a Morán, aunque, al mismo tiempo, se quejaba públicamente de la actitud de Leguina: cuando intentaron llegar a un acuerdo para apoyar su candidatura, había ninguneado a los renovadores por la base y, encima, pretendía no cederles ni un ápice del poder de su equipo municipal, así que decidieron irse con quien bien les acogió. Por su parte, tanto Leguina como Lissaveztky no ocultaron su gran malestar por esta actitud y tacharon a José Luis Balbás y a los suyos de traidores. Hoy, como recuerda Leguina estos días (ver, Demasiado tarde para Leguina) y como han constatado con su comportamiento Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, la traición se ha mostrado como un mal común en el sector de los renovadores por la base.

Sin embargo, ahora, lo más sangrante para la nueva Ejecutiva nacional socialista es que los balbases apoyaron en julio de 2000, durante la celebración del 35 Congreso nacional, la elección del candidato de Nueva Vía, José Luis Rodríguez Zapatero, hoy secretario general. Además, Eduardo Tamayo, el hombre que ha colocado al borde del precipicio el gobierno socialista de la Comunidad de Madrid, fue el apoderado jurídico de Rodríguez Zapatero en la citada convención. De hecho, después del 35 Congreso, los renovadores por la base –que, en esta ocasión, dieron la espalda a la candidata guerrista, Matilde Fernández, para evitar la victoria del presidente de Castilla-La Mancha, José Bono– se jactaban allá por donde iban de que los nueve votos que le habían dado la victoria a Zapatero frente a Bono eran los suyos.

La influencia de Balbás y su comitiva había aumentado notablemente en el partido y en el IX Congreso de la FSM, celebrado en noviembre de 2000, los renovadores por la base se presentaron con un candidato, José Antonio Díaz, avalado oficiosamente por el beneplácito del nuevo secretario general del PSOE. Se equivocaron, porque el candidato guerrista, Rafael Simancas, fue el que se alzó con la victoria. Sin embargo, en su afán integrador y para cerrar de una vez por todas las crisis que habían estigmatizado a la FSM, aun a costa de un importante descontento de su sector, el nuevo secretario regional incluyó en la Ejecutiva a dos destacados representantes de los renovadores por la base, al candidato derrotado, José Antonio Díaz, y a Eduardo Tamayo (Peñarroya de Pueblonuevo, Córdoba, 1959), a quien le entregó la gestión del área de Medio Ambiente y que, seis meses después, le daría la Presidencia de la Asamblea de Madrid al PP.

Por otro lado, en las listas socialistas para la Comunidad de Madrid aparecían, además de Díaz y Tamayo, otros dos nombres vinculados a José Luis Balbás: el del secretario general de la agrupación socialista de Buenavista, Eustaquio Jiménez, y el de María Teresa Sáez, la diputada que acompañaría a Tamayo en su periplo desertor.

El ‘hombre del maletín’

“La pregunta del millón –bromeaba un ‘grupo mixto’ de diputados el miércoles de la semana pasada, en los pasillos del Congreso de los Diputados–: ¿Cómo es posible que una persona conocida por el seudónimo el hombre del maletín pueda estar alegremente en política?”. El hombre del maletín es José Luis Balbás (Palencia, 1958), auditor de cuentas, asesor financiero y mercantil, cuyo nombre aparece registrado como administrador de varias empresas dedicadas al negocio de la promoción. Como muestra, un botón: es administrador único y consejero delegado de Fiduciaire Asesores de Gestión y de Cash Control Auditoría; presidente y consejero delegado de Áreas 620 y de Basodi Inmobiliaria; administrador único, junto a su mujer, Ana Luisa Villar Sánchez, de Buc Asesores Financieros, y administrador único de Fidages, S.A. Además, su nombre aparece en los consejos administrativos de otras muchas sociedades, como Gesinco Inmobiliaria, Ergolar Gestión, Box Foro Inmobiliario, etc. Estos días, buena parte de la clase política se ha echado las manos a la cabeza al enterarse del poder empresarial de Balbás, pero no era nada nuevo. Ya en 1998, Balbás hacía estas sinceras declaraciones, recogidas ahora por varios medios: “Cuando dicen que me han ofrecido una tenencia de alcaldía, les tengo que decir que yo, en ese puesto, perdería 20 millones de pesetas al año”.

Curiosamente, aunque Balbás lleva en política desde los 17 años, nunca ha ocupado un cargo público, si bien, desde 1994, se ha encargado de influir en los procesos más decisivos para la FSM e, incluso, en la elección del secretario general del 35 Congreso (ver, La agitada historia de los ‘balbases’), convirtiéndose en un auténtico poder fáctico dentro del partido.

Su carrera política comenzó de la mano del ex ministro socialista, Francisco Fernández Ordóñez, fallecido en 1992, con quien fundó el Partido Socialdemócrata. Además, militó en la UCD y se incorporó al PSOE en 1981, desde el Partido de Acción Democrática. La agrupación socialista madrileña de Buenavista, cuya Secretaría General ocupó desde 1991 hasta 1997, fue el trampolín empleado para ir haciéndose un influyente hueco en el partido. Junto a un reducido grupo de dirigentes de otras agrupaciones, llamados renovadores por la base o balbases, pasó de dar su apoyo a los guerristas en 1994 a dárselo a los renovadores de Joaquín Leguina en 1997 y, en 1998, a regresar a brazos de los guerristas, a quienes, en el 35 Congreso del PSOE, abandonó por la Nueva Vía de José Luis Rodríguez Zapatero.

Sin embargo, el aval de Zapatero no le dio a los renovadores por la base el control de la FSM, al que aspiraban con el candidato José Antonio Díaz y se tuvieron que conformar con contar con representación en la nueva ejecutiva del secretario regional, Rafael Simancas, y con colocar a cuatro de los suyos en las listas socialistas a la Comunidad de Madrid. Dos de ellos, Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, le dieron la puñalada por la espalda a quien los integró, ausentándose el 10 de junio de la Asamblea de Madrid y dándole la presidencia de la Cámara al PP.

Desde algunos sectores políticos, se ha apuntado que Tamayo quería la Consejería de Justicia en el nuevo Gobierno Simancas. Sin embargo, la hipótesis que ha cobrado más fuerza es que Balbás quería para los suyos –si no para él mismo– la de Vivienda, controlando de esta forma la controvertida Ley del Suelo, que PSOE y, especialmente, IU tenían como objetivo prioritario cambiar inmediatamente, algo que, al parecer, no beneficiaba los intereses inmobiliarios del hombre del maletín.

Sin embargo, a la dirección socialista no le era ajeno el oscuro comportamiento de Balbás, o, al menos, debería tener serias sospechas. Aunque el pasado jueves, el secretario ejecutivo de Organización, José Blanco, anunciaba la expulsión fulminante de José Luis Balbás, que consideran instigador de la trama para abortar el Gobierno de Simancas, la Comisión Federal de Ética del PSOE ya tenía pendiente de resolver un expediente que afecta al gurú de los balbases, y en el que, además, aparecía uno de los diputados desertores, Tamayo.

El expediente se abrió con una denuncia formulada por Enrique Benedicto, militante socialista de Collado Villalba y marido de Ruth Porta, uno de los puntales de Rafael Simancas y candidata a ocupar una Consejería en el ahora lejano Gobierno regional socialista, que transmitía a la FSM sus sospechas sobre los negocios inmobiliarios de José Luis Balbás. La denuncia pasó de la FSM a la Comisión Federal de Garantías del PSOE, que, al parecer, la estaba contrastando con otras denuncias que iban apareciendo, cuando todo saltó por los aires el pasado 10 de junio. Sin embargo, al inicio de la precampaña de las municipales del 25-M, en noviembre de 2002, Benedicto envió una carta a la FSM ‘recordando’ su denuncia y otra al diario El Mundo, en enero de 2003, acusando directamente a Balbás y a Tamayo de no ejercer actividades profesionales correspondientes a la transparencia prometida por Rodríguez Zapatero. Benedicto advertía de la actuación de los balbases, especialmente de los concentrados en la Agrupación Socialista Madrileña de Buenavista, y adjuntaba documentación con las conexiones profesionales y mercantiles de todos ellos. Una auténtica red en la que se confundían las relaciones políticas con las profesionales. L

Demasiado tarde para Leguina

El dedo acusador de Joaquín Leguina va más allá de Eduardo Tamayo, de María Teresa Sáez e, incluso, de José Luis Balbás, aunque no los exime de culpa, ni mucho menos. Él en sus propias carnes sufrió la “traición”, como lo calificó en su día, de los renovadores por la base, que, a ocho meses de darle el apoyo al ex presidente de la Comunidad de Madrid para concurrir al liderazgo de la FSM en el VIII Congreso regional, respladando la candidatura de Jaime Lissaveztky, que se hizo con la Secretaría General de la FSM, decidieron que su candidato a la alcaldía de Madrid fuese el guerrista Fernando Morán.

Dejaron a Leguina en la estacada en el último momento, en 1998. Como dejaron a Matilde Fernández, la candidata guerrista a la Secretaría General del PSOE, en virtud de José Luis Rodríguez Zapatero, que finalmente salió elegido. El ex presidente de la Comunidad de Madrid entiende –y ahora lo entiende mucha gente– que políticos del “todo vale” como Balbás y sus secuaces nunca deberían haber estado en el PSOE. Joaquín Leguina cree que “los tratos” del secretario de Organización socialista, José Blanco, con los balbases aseguraron la continuidad de éstos como grupúsculo de notable influencia.

La relación de José Blanco con los renovadores por la base data del 35 Congreso socialista, cuando Eduardo Tamayo se convirtió en el apoderado jurídico de Zapatero, aspirante a la Secretaría General, y tan sólo nueve votos, en un improvisado giro de último momento, le dieron la victoria frente al presidente de Castilla-La Mancha, José Bono. Los balbases apoyaron a Zapatero, con Blanco como uno de sus máximos exponentes, e, incluso, celebraron la victoria asegurando que el secretario general del PSOE se la debía a ellos. Posteriormente, en el IX Congreso de la FSM, los renovadores por la base perdieron la Secretaría General, pero lograron colocarse en la nueva Ejecutiva de Simancas, al parecer, gracias a la influencia de José Blanco, que irritó sobremanera a los guerristas vencedores.

Ahora, el ex presidente de la Comunidad de Madrid, aunque los hechos le han dado estrepitosamente la razón, aunque demasiado tarde, se muestra abatido con este episodio, que, en su opinión, ha hecho muchísimo daño al PSOE y a la democracia.

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