Nº 553 - 28 de abril 2003

La visita del Papa intenta frenar el descenso de fieles

CATÓLICOS, PERO MENOS

Juan Pablo II visita por quinta vez España este próximo fin de semana. La jerarquía eclesiástica española, con el cardenal Rouco a la cabeza, pretende corresponder a este esfuerzo del Pontífice –estará dos días en Madrid para canonizar a cinco beatos españoles y tener un encuentro con jóvenes– con una  masiva afluencia de fieles a los actos previstos. Sin embargo, a pesar de que la figura del Papa y la conciencia católica de algunos españoles se ha visto reanimada con la beligerancia en contra de la guerra de Iraq exhibida por el Vaticano, de la España que recibiera entusiasmada a Juan Pablo II en 1982 al compás del famoso Totus Tuus poco queda. Lenta, pero inexorablemente, la sociedad española avanza camino de la secularización.

Por Inmaculada Sánchez

Los obispos esperan reunir a cerca de un millón de personas en el acto central de la corta visita del Papa a España con única escala en Madrid: la misa de canonización de cinco beatos en la céntrica plaza de Colón en la mañana del domingo 4. El máximo responsable del comité organizador del viaje, monseñor Asenjo, secretario del Episcopado, también hablaba la semana pasada de medio millón de jóvenes para la vigilia de la tarde del sábado en el aeródromo de Cuatro Vientos, aunque, en ese momento, sólo había 100.000 inscritos. Pero en la Conferencia Episcopal no tenían dudas sobre alcanzar las cifras previstas –algunas diócesis están pagando el viaje a la capital para facilitar la afluencia–. Sin embargo, las fotos del anciano Papa masivamente vitoreado no encubrirán la sana transformación de la sociedad española.

“El catolicismo, en España, está en retroceso y  nuestra sociedad es cada vez más secular”, afirma un dirigente político que no sólo no oculta su fe cristiana sino que suele hacer gala de ella. Para los creyentes que abominan de buena parte de la historia de la Iglesia católica en España éste es un inmejorable síntoma.

Los datos confirman este declive, aunque ciertamente lento y escasamente significativo en determinados indicadores que conjugan la fe con rituales sociales muy del gusto de la idiosincrasia española. La estadística eclesial (“La Iglesia católica en España. Oficina de Estadística y Sociología de la Iglesia”) da algunos indicios: el número de primeras comuniones se mantiene casi invariable, alrededor de las 265.000 anuales –267.150 en 1996 y 265.801 en 2000– a pesar del descenso de la natalidad, al igual que el de bautizos, que se sitúa en torno a los 285.000, aunque con el elemento distintivo del creciente aumento de bautizados “con más de un año de edad” –20.974 en 1996 y 26.111 en 2000–.

¿Qué viene a decir esto? Que las parejas españolas, casadas religiosa o civilmente, optan cada vez más por no bautizar a sus hijos recién nacidos pero que, tras el paso por el colegio, los bautizan de mayores para que puedan hacer la primera comunión, una fiesta social que, a pesar de los esfuerzos de la Iglesia por resituarla en su ámbito sacramental, incluidos tres largos e imprescindibles años de catequesis, pocos niños y familias quieren perderse.

La confirmaciones, por el contrario, que suponen un decisivo paso de adulto del niño bautizado y que ya ha recibido la comunión aunque sin ninguna referencia festiva especialmente reconocida en la sociedad española, presentan una significativa reducción año a año. En 1996, fueron 169.912  y en 2000, 132.885.

Al margen de sacramentos, la condición de “católico” va cayendo año a año en la definición de los españoles. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) lo señala claramente en su barómetro de cada diciembre donde repite la pregunta: ¿Cómo se define usted en materia religiosa: católico, creyente de otra religión, no creyente o ateo?

Aun sin retrotraernos a 1960, fechas en las que, bajo el régimen franquista, un 95 % de españoles se decía católico según el informe La Iglesia en España 1950-2000 dirigido por Olegario González de Cardedal con los parabienes del Episcopado, los más recientes últimos cinco años hemos pasado de un 84,5 % que respondía a la pregunta del CIS proclamándose católico en 1998, a un 80,3% en 2002. Para quienes la reducción no les parezca muy significativa el CIS ofrece otras respuestas más orientativas (Ver Un lento declinar).

De ese 84,5% de católicos declarados en 1998 sólo un 39, 4% no iba a misa “casi nunca” mientras un 23% afirmaba acudir cada domingo o festivo de precepto. En diciembre del año pasado de esos mismos declarados católicos un 48,6% reconocía no ir casi nunca a misa en tanto que apenas un 18,1 % señalaba que iba cada domingo.

Hace años el CIS distinguía en sus preguntas entre católicos practicantes y no practicantes, pero el centro estadístico oficial atisbó hace tiempo que esta división era demasiado genérica para la cambiante sociedad española y concretó inquiriendo sobre la asistencia a la eucaristía dominical.

Otros indicadores también apoyan esta sostenida tendencia a la baja de la “militancia” católica de los españoles. La asignación tributaria, ese 0, 5239 % de la cuota íntegra de cada declaración de la renta que el contribuyente decide entregar a la Iglesia católica o a “otros fines de interés social” también sigue un goteo a la baja cada campaña.

Según los datos que reconoce la propia Conferencia Episcopal, del 45,30% de declaraciones que la apoyaron en la declaración de 1997, se ha pasado a menos del 40% en la de 2000, última de la que tienen datos, y con un “agravante”, al 39,69% que resulta  habría que restarle, en realidad un 10% ya que en esta campaña se permitió a los contribuyentes una tercera opción marcando las dos casillas y repartiendo el dinero: sólo un 29,69 % señalaron en exclusiva el recuadro destinado a la Iglesia católica.

Estamos hablando de que menos de un tercio de los contribuyentes españoles quieren que su asignación tributaria se dé íntegramente a la jerarquía católica para el sostenimiento del culto y de sus servicios. Obviamente es más fácil responder a un encuestador del CIS que uno se siente católico –ahí aún superamos, aunque poco, el 80%– que decirle a Hacienda que un trozo de nuestros impuestos, aunque sea muy pequeño, queremos reservarlo al sostenimiento de las parroquias y el sueldo de los sacerdotes.

Resulte como resulte la citada asignación, el erario público lleva años sufragando las necesidades de la Iglesia católica a pesar de los renovados propósitos del Gobierno –tanto en la etapa socialista como del PP– de que ésta se autofinancie. El último ejercicio fiscal del que hay datos escrutados, el de la declaración de 2000 (año 1999) la Iglesia consiguió 89.307 euros de la asignación tributaria –casi 14.900 millones de las antiguas pesetas– pero la “dotación estatal” al presupuesto del mismo año, el llamado “Fondo común interdiocesano”, fue de 123.399 euros –20.532 millones de pesetas–.

Este desfase que el Estado cubre sin rechistar año a año significa un tácito reconocimiento, para regocijo de obispos y jerarquía, de que ningún Gobierno es capaz de poner en cuestión la implantación de la Iglesia católica en el país, con sus necesidades económicas incluidas y que una resistencia firme a continuar subvencionándola contaría con una oposición social a la que ningún partido querría hacer frente.

Es por eso que, a pesar de este constatable descenso en la fe católica de los españoles, el número de parroquias y de sacerdotes se mantiene, con imperceptibles variaciones, desde 1996. Y no hablamos de cifras menudas. Las parroquias rondan las 23.000 y los sacerdotes se acercan a los 20.000 mientras que el número de religiosos instalados en España supera los 5.300. Los seminaristas, eso sí, trazan una lenta línea de descenso en los últimos años para situarse en los 1.797 en el curso 2000-2001, según datos de la Conferencia Episcopal.

Para atender tamaña estructura el Fondo Común Interdiocesano manejó en 2001 un presupuesto total que superó los 143.000 euros –casi 24.000 millones de pesetas– de los que más de 130.000 correspondían a ingresos llegados del Estado.

A pesar de esta realidad, los obispos saben que el catolicismo en España necesita serios empujes para frenar el fatal declive en el que se haya instalado desde que se inició la transición política. Fue por eso por lo que hace ahora un año, según la versión oficial del Episcopado, justo el 18 de mayo, día del cumpleaños del Pontífice, los obispos españoles invitaron formalmente al Santo Padre a volver a España en viaje pastoral. “Veremos”, dicen que contestó en su momento.

La inesperada evolución de su enfermedad, que algunas fuentes católicas califican de “pequeño milagro” y que le ha permitido participar en los recientes actos litúrgicos de la Semana Santa con una vitalidad que no se le reconocía hace años, ha sido responsable en buena medida del “sí” del Vaticano. Aunque Añastro –calle donde se ubica la sede de la Conferencia Episcopal– pretendía que el viaje incluyera Madrid y Barcelona, finalmente no se ha querido someter al Papa a mayor desgaste físico y la cita tendrá como único recorrido la capital de España. Para los obispos españoles ya es más de lo que  esperaban cuando hace poco más de un año se especulaba con que el Parkinson recluiría en breve a Juan Pablo II a una silla de ruedas e, incluso, ya se hacían quinielas con su posible sucesor ante una eventual dimisión por motivos de salud.

“Esperamos que esta visita suponga un aldabonazo para la Iglesia en España”, ha dicho el secretario general de la Conferencia Episcopal y obispo auxiliar de Toledo, monseñor Juan José Asenjo, en una sincera declaración sobre sus expectativas.

Los prelados no necesitan esperar a este fin de año para que el barómetro de diciembre del CIS les diga si la cifra de españoles católicos cae por debajo del emblemático 80%. Cada septiembre tienen una nueva muestra de su goteo de fieles en la matriculaciones en los colegios. La decisión paterna de que sus hijos estudien religión en las escuelas públicas ya ronda el 70% en el curso 99-2000 según los datos que recoge la propia Conferencia Episcopal, cinco puntos porcentuales menos que apenas tres cursos antes, cuando llegaba al 75,04 %. No es de extrañar la beligerancia de la Iglesia y sus presiones hacia el Gobierno del PP para conseguir que la asignatura de religión, que se convirtió en optativa e irrelevante en el expediente académico con la reforma educativa del PSOE,  retornara a su lugar en el boletín de notas. Les ha costado dos legislaturas pero, al final, lo han conseguido.

La entrada en vigor de la Ley de Calidad impulsada por la ministra Pilar del Castillo ha vuelto a dotar a la enseñanza de la religión católica de carácter evaluable y en Añastro confían en que este “ascenso” de la asignatura ayude a frenar, en lo posible, la secularización de las familias, una irrefrenable tendencia que reflejaba la última gran encuesta realizada por el CIS sobre el hecho religioso hace ahora poco más de un año.

En ese sondeo. “la religión” como tal ocupaba el sexto lugar entre las prioridades de la vida, por detrás de la salud, la familia, el trabajo, los amigos y el bienestar económico –aunque por delante de la política– con un raspado 5,3 en una valoración de 1 a 10 entre lo “menos importante” y lo “más importante” para el encuestado.

Los obispos también están esperanzados ante la que, muy probablemente, sea la última visita de Juan Pablo II a España, ya que su reciente posición ante la guerra ha situado al Papa, por primera vez en muchos años, en línea con una opinión mayoritaria en el país –su estricta doctrina en materia sexual o en cuestiones como el aborto o la eutanasia hace tiempo que es contestada por la sociedad española en los sondeos y ni siquiera el PP ha modificado la legislación sobre la interrupción voluntaria el embarazo en sus casi ocho años en el poder–.

La visita llega cuando Saddam Hussein ya ha sido derrocado y la guerra, en su expresión más cruenta, ya ha concluido. Aun así se espera que el Papa vuelva a apelar a la paz, en un mensaje que pueda ser visto con simpatía por la sociedad española, católica y no católica. El Papa tendrá un encuentro con los Reyes, con el presidente del Gobierno e, incluso, dedicará unos minutos al líder del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero.

No será como en el 82. No habrá riadas de gente en las calles para aclamar al Sumo Pontífice cuando salude desde el “papamóvil”. Pero Juan Pablo II podrá dirigirse todavía a una sociedad mayoritariamente católica en un Estado, aunque no confesional, muy lejos aún de considerarse laico.


             UN LENTO DECLINAR

¿Cuántos españoles se declaran católicos?   Las declarados católicos ¿cuántas veces van a misa?

 

 

 

Casi Nunca Los domingos
1998 84,5%   1998
39,4%
23,0%
1999 83,6 %   1999
41,9%
22,2%
2000 83,1%   2000
42,9%
20,7%
2001 82,1%   2001
46,4%
19,0%
2002 80,3%   2002
48,6%
18,1%

Fuente: Barómetro del mes de diciembre del Centro de Investigaciones Sociológicas

 

¿Cuántos dan asignación tributaria
del IRPF a la Iglesia católica?

 

 

¿Cuántos padres eciden que sus hijos den religión en los colegios públicos?

 

Declaración 1997 45,30% Curso 1996-97
75,04%
Declaración 1998 45,25% Curso 1997-98
72,45%
Declaración 1999 44,40% Curso 1998-99
sin datos
Declaración 2000* 39,69% Curso 1999-2000
70,58%
Fuente: Oficina de Estadística y Sociología de la Conferencia Episcopal Fuente: Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal
*Resulta de la suma de quienes decidieron dan en exclusiva la asignación a la Iglesia, un 29,39% y de quienes optaron por repartirla entre ella y "otros fines de interés social", un 10%, modalidad imlantada en la campaña de ese año    

 


Pacifista beligerante

La actuación de Juan Pablo II con motivo del conflicto bélico en Iraq ha sorprendido a muchos. El vigor de las protestas del Papa y la dureza de sus palabras ha mostrado a un Santo Padre con unas nuevas energías que han contrastado notablemente con el Papa tembloroso, enfermo y vacilante al que apenas se le entendía que vimos sobre todo durante 2002. Ya desde el mes de diciembre, cuando a pesar del regreso de los inspectores de la ONU a Iraq la posibilidad de una guerra se hacía más evidente, Juan Pablo II comenzó a hablar contra esta creciente amenaza. Así, en su mensaje navideño hizo un llamamiento a “los creyentes de todas las religiones” para “construir la paz: ante todo (…) en Medio Oriente, para apagar los siniestros destellos de un conflicto que puede ser evitado con el esfuerzo de todos”. La primera misa de 2003 fue aprovechada para pedir “una vez más que se busquen medios pacíficos (…), en armonía con los principios del Derecho Internacional. Estas apelaciones a la legalidad internacional han sido frecuentes, insistiendo en que según la propia Carta de las Naciones Unidas, “no puede adoptarse (la guerra) aunque se trate de asegurar el bien común, si no es en casos extremos y bajo condiciones muy estrictas, sin descuidar las consecuencias para la población civil”.

Su primera mención concreta a Iraq venía pocos días después, ante el Cuerpo Diplomático destinado en el Vaticano –incluidos los embajadores estadounidense y británico–, frente al cual denunciaba los doce años de “embargo extenuante” al que ha estado sometida la población iraquí. “No podemos vulnerar el principio de paz ni provocar el esparcimiento de sangre y dolor”, aseguraba, al tiempo que se mostraba muy claro con un “no a la guerra. La guerra nunca es un medio como cualquier otro (…) para solventar disputas entre naciones, es siempre una derrota de la Humanidad”.

Además de todas estas declaraciones la actividad diplomática de la Santa Sede ha sido muy intensa. El Papa se ha reunido con muchos de los principales dirigentes, desde el vicepresidente iraquí, el cristiano caldeo Tarek Aziz al presidente Aznar, el primer ministro británico Tony Blair o el italiano Silvio Berlusconi. A Aznar Juan Pablo II le recordó que la crisis iraquí únicamente podía resolverse con las iniciativas pacíficas. Distintas fuentes vaticanas han informado del malestar que ha producido en la Santa Sede la postura del gobierno del católico Aznar, y recalcado la enorme diferencia entre las posturas de ambos. Tanto con Blair como con Berlusconi, frente al cual se convirtió casi en la verdadera oposición en su país, el Papa fue igualmente claro, tuvo durísimas amonestaciones verbales y, según un periódico romano, llegó a golpear la mesa.

Dos enviados especiales del Papa acudieron a visitar a los grandes protagonistas de la guerra. Por un lado el cardenal Roger Etchegaray acudió a Bagdad con una carta personal para Saddam Hussein, en la que le pedía cooperación absoluta con los inspectores; el cardenal Pio Laghi, amigo de la familia Bush, fue enviado a Washington para instar al presidente estadounidense a “evitar la guerra y encontrar una solución pacífica”, al tiempo que calificó una posible guerra de “ilegal e injusta”.

Esta actitud ha sido entendida no sólo por el rechazo a cualquier conflicto bélico –que ha llegado a calificar de “obra de Satanás”– sino porque uno de los objetivos primordiales del pontificado de Juan Pablo II ha sido buscar la reconciliación entre las distintas religiones. Sus esfuerzos de diálogo con el Islam han sido peculiarmente significativos, y como declaró con motivo del mensaje del pasado Domingo de Resurrección, “que Dios nos conceda ser liberados de un dramático choque entre culturas y religiones”.

T. L.

Phil Pullela, periodista y coordinador del libro ‘Juan Pablo II - El Papa que traspasa fronteras’

“La guerra ha galvanizado las energías del Papa”

—¿Cómo describiría la persona de Juan Pablo II?

—Es una de las figuras más extraordinarias del siglo XX, desde un punto de vista periodístico ha sido un privilegio, un reto y un honor cubrir un pontificado tan histórico. Le encuentro extremadamente interesante al tener tantas facetas diferentes en su carácter, por un lado la espiritual, en la que no hay duda alguna que es un hombre santo, además está el teólogo conservador, y por otra una persona muy progresista socialmente. En estos últimos 20 años ha sido muy fascinante observar cómo ha tratado de mantener el equilibrio entre ambas posturas.

—El Papa ha cambiado notablemente en los últimos meses, sobre todo con su enérgica oposición a la guerra en Iraq. ¿A qué se puede deber?

—Unas personas dicen que se ha galvanizado por la guerra en Iraq, y que eso ha reactivado su energía. Estoy seguro de que eso tiene algo que ver, pero también que su enfermedad pasa por fases. Esto es simplemente una especulación, porque ni yo ni nadie tenemos información de primera mano sobre la situación de su enfermedad, es uno de los secretos mejor guardados, pero basado en mi experiencia de observarle, su salud ha pasado por ciclos, y el Parkinson tiene estas diferentes etapas y también la medicación se ha cambiado. La guerra ha ayudado a estimularle, pero ahora que ha pasado también parece estar muy fuerte.

—¿Por qué cree que va a venir a España, ya por quinta vez?

—Por las canonizaciones, creo que es lo que vamos a ver más en el futuro. Además España está muy cerca geográficamente y el viaje es muy corto, por lo que no es un esfuerzo físico importante. Juan Pablo II tiene mucho interés en llevar a cabo las ceremonias de canonización y beatificación en los países de origen, porque tienen un mayor significado. Una cosa es ver a miles de personas acudiendo al Vaticano, pero es muy distinto hacerlo donde esta gente vivió y murió. Es una manera de honrar a la gente a pesar de su fragilidad y su edad, y creo que va a seguir haciendo esto mientras tenga la energía.

—El momento es muy significativo en España, después de la postura del gobierno en la guerra de Iraq…

—Sí, pero hay que tener en cuenta que este viaje se preparó mucho antes de que estallara el conflicto. Una de las cosas de las que puede hablar es de las secuelas de la guerra por la posición que adoptó el gobierno español, pero creo que básicamente va a ser una celebración local.

—¿Qué perspectivas ve para la sucesión?

—Es imposible, arriesgado e incluso estúpido para cualquier periodista intentar predecir qué tipo de Papa va a ser elegido. La oportunidad del momento es muy importante, porque los cardenales tendrán que escoger a una persona que se enfrente a lo que ellos creen serán los asuntos de mayor importancia para la Iglesia en las próximas décadas, y eso depende mucho del momento. Ciertamente las relaciones con el mundo islámico van a ser muy trascendentales, no sólo por los acontecimientos de los últimos dos años, tras el 11-S, así como con otros cristianos, como sobre todo los ortodoxos, de cara a una posible unidad. Si se mira atrás a 1978, es increíble ver que eligieron al hombre correcto, que ha cambiado la historia al contribuir al colapso del comunismo. Me parece que está claro que a los italianos les gustaría volver a tener un Papa, pero otros piensan que ahora que se ha roto esa tradición otro lugar del mundo podría tener la oportunidad, especialmente Latinoamérica, Asia o África. La Iglesia se beneficiaría de tener un Papa de fuera de Europa, o por lo menos no italiano, pero depende de muchos factores, como la edad. No creo Juan Pablo II renuncie, ya ha dicho que hará ese trabajo mientras Dios le deje, es decir, mientras esté vivo o tenga la capacidad mental. Hay que tener en cuenta que aunque su cuerpo sólo es una sombra de lo que era, su mente sigue siendo muy perspicaz. Además es consciente de que la posibilidad de retirarse es algo muy delicado, que podría tener efectos dramáticos y de división en la Iglesia.

T. L.


Religión y riqueza, por Enric Sopena

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