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Nº 676 - 26 de diciembre de 2005

La ministra sin humos

Salgado, de discreta técnica
a radical antitabaco

Nada que ver con alguna de sus antecesoras que han pasado a la historia por sus salidas de pata de banco. La actual ministra de Sanidad y Consumo, Elena Salgado, huye de todo exceso, sin embargo, que la seriedad y la discreción hayan caracterizado hasta ahora su gestión no significa que no sea la responsable de que España se disponga a vivir un cambio realmente importante en nuestro modo de vida. Ella se propuso, y ha conseguido, que el tabaco se prohíba en el ámbito laboral y que los fumadores pasen a ser “recluidos” en espacios específicos a la hora de tomar una cañita o degustar una cena. Sin carné del PSOE, esta técnica ha conseguido lo que muchos compañeros de gabinete les gustaría haber logrado, que los populares la hayan apoyado, aunque con algún matiz, en esta guerra antitabaco. Por una vez, oposición y gobierno han coincidido.

Por Vera Castelló

Muchos trabajadores se han echado a temblar, mientras que otra buena parte de sus compañeros esperan desde hace tiempo este momento. A partir del 1 de enero nadie podrá fumar en su puesto de trabajo. Da igual que se disponga de despacho propio, o que toda la plantilla sea adicta al tabaco. La normativa recientemente aprobada es tajante: ni un cigarrillo más en la oficina. Quien quiera echarse un pitillo tendrá que hacerlo, llueva, nieve o truene, al aire libre, el único espacio en el que nadie podrá recriminarle su insano, pero para muchos placentero, hábito. Si en vez de la pura calle opta por irse al bar de la esquina se podrá encontrar con que el establecimiento ha decidido poner el cartel de lugar libre de malos humos. Sin duda, cumplir con la normativa va a requerir cambiar muchos hábitos enquistados en nuestra sociedad desde hace décadas.

La principal responsable de este cambio tan radical es la ministra de Sanidad y Consumo, Elena Salgado, que ha conseguido la complicidad de la oposición en esta cruzada por rebajar el tabaquismo en los españoles. Los dos únicos peros que han puesto los populares es a que no se alargue el tiempo que tienen los establecimientos para delimitar físicamente los espacios ahumados de los limpios de nicotina –finalmente deberán hacerlo en menos de ocho meses- y que el Estado no sufrague los tratamientos médicos para dejar de fumar. Lo que ignoramos es si el Ministerio ha tenido en cuenta el posible aumento de consumo de ansiolíticos y tranquilizantes que previsiblemente necesitarán los fumadores más empedernidos a quienes se les prive de ese vicio en sus horas de trabajo.

Si bien el sondeo realizado por el CIS demuestra que la mayoría de los españoles apoyan estas medidas, muchos se han sorprendido de la dureza que ha demostrado el Gobierno en este aspecto, máxime cuando el Ejecutivo no parece estar teniendo tanta mano dura con otros peligros para la salud colectiva como son las emisiones contaminantes de vehículos e industria, los transgénicos o el abuso del alcohol, cuestiones que también provocan grandes gastos a la sanidad pública española.

Salgado llegó a ministra de rebote y para ocupar un puesto en la cuota femenina que Rodríguez Zapatero se propuso para su primer Gobierno. Una circunstancia que no parece aceptar esta orensana de nacimiento ya que, según cuentan en su entorno, cuando alguien asegura que ella, o por ejemplo, Elena Espinosa o Mª Antonia Trujillo están en su actual puesto por su condición sexual replica que miren los curriculums. Lo cierto es que al suyo no se le puede poner pega.

En cualquier caso, Salgado no fue la primera opción de Zapatero para la cartera de Sanidad. Según relata Inmaculada Sánchez en su libro Las zapatistas su nombre llegó después de que no prosperara la opción del consejero de Sanidad de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, propuesto por Juan Carlos Rodríguez Ibarra, quien finalmente ocupó su cuota de poder situando a Mª Antonia Trujillo en Vivienda.

Tampoco prosperó una de las opciones más obvias, la de Consuelo Rumí, en ese momento secretaria de Ocupación, Políticas Sociales e Inmigración desde el 35 Congreso del PSOE y encargada, por extensión, de Sanidad, sin embargo Manuel Chaves ya había decidido a qué dos mujeres colocaría en el Ejecutivo, Magdalena Álvarez y Carmen Calvo, excluyendo a Rumí que pese a ser andaluza apoyó a Zapatero en el congreso en el que finalmente éste se convirtió en secretario General del PSOE. Rumí tuvo que “consolarse” con la secretaría de Estado de Inmigración.

Así las cosas, Zapatero aceptó el nombre de Elena Salgado, una prestigiosa técnica  “con marcado fondo político y social”, según la describen, que ya había ocupado cargos en otros gobiernos socialistas y que mantenía buena amistad con un hombre hoy clave dentro del socialismo español, el portavoz del grupo en el Congreso, Alfredo Pérez Rubalcaba, y otro muy ligado a él y ubicado en el socialismo madrileño, Jaime Lissavetzky, actualmente secretario de Estado para el Deportes.

Efectivamente esta ingeniera industrial y licenciada en Ciencias Económicas de 56 años había desarrollado buena parte de su trayectoria profesional en el ámbito público. Dio sus primeros pasos en la Administración en 1984, cuando desempeñó el cargo de subdirectora general de Análisis y Coordinación de la dirección general de Gastos de Personal del ministerio de Economía, con Miguel Boyer de titular. Tres años después pasó a la Dirección General con Carlos Solchaga. Ahí cosecho su experiencia en control de gasto que tan bien le está viniendo en su nuevo Ministerio.

Pero su puesto más importante se lo ofreció el actual presidente del Parlamento Europeo, Josep Borrell, en 1991, cuando éste era ministro de Obras Públicas y Transportes. El ex líder socialista la llamó para ocupar la secretaría de Comunicaciones en un momento en el que el monopolio de Telefónica tenía ya los días contados. Durante su época en la Secretaría tuvo que soportar alguna acusación de favoritismo hacia el Grupo Prisa. Fue la encargada de dar la bendición gubernamental a Cablevisión, la alianza sellada entre Telefónica y la empresa de Jesús de Polanco para crear una sociedad conjunta. Un proyecto que tiempo después Bruselas echó por tierra.

Como consecuencia de los mencionados cargos, se sentó en los consejos de administración de Telefónica, Retevisión, Renfe, Hunosa, Hispasat o Correos y Telégrafos. Durante toda esa época en el ámbito público cosechó fama de estricta e implacable, un calificativo que otros rebajan argumentando su completa formación y seriedad en el trabajo.

Tras seis años bregando con el sector de las telecomunicaciones, Salgado se benefició de otro sorprendente acuerdo entre socialistas y populares para situarla al frente de la Fundación Teatro Lírico, encargada del Teatro Real y del de la Zarzuela. Sin embargo, tras el triunfo del PP en las elecciones de marzo de 1996, el nuevo secretario de Estado de Cultura, Miguel Angel Cortés, pidió su dimisión, a lo que ella se negó, originando una polémica que duró varias semanas y que finalizó el 9 de julio cuando se suprimió el cargo de director general. Salgado recurrió judicialmente el cese, aduciendo razones de discriminación ideológica, pero su demanda fue rechazada por las sucesivas instancias judiciales.

Su resistencia a dejar el cargo en la Fundación no fue entendida en muchos sectores del PSOE que le acusaron en su momento de dar la imagen de que los socialistas se aferraban al cargo aún después de perder los comicios.

En cualquier caso, su nombramiento como ministra fue una auténtica resurrección política después de casi ocho años en los que esta mujer de perfil económico estuvo trabajando en la empresa privada, utilizando sus conocimientos en el sector de las telecomunicaciones para trabajar en consultoría, ocupar un puesto en el consejo de administración de Abertis Telecom o presidir la compañía 11811 Nueva Información Telefónica, la filial de la multinacional alemana Telegate en la que estaba cuando Rodríguez Zapatero la llamó a Moncloa.

Amiga de sus amigos y comprometida con las causas sociales, dedicó sus primeras palabras como ministra al ex ministro socialista Ernest Lluch, asesinado por ETA, y a las víctimas de los atentados del 11-M, a las que visitó en el hospital a las pocas horas de asumir el cargo. Dentro del Gobierno, con quienes se siente más cómoda es con los vicepresidentes y los ministros de Interior, José Antonio Alonso, y de Agricultura, Elena Espinosa, gallega como ella, aunque hay que especificar que Salgado dejó su tierra natal hace muchos años para establecerse en Madrid.

Lleva más de año y medio como ministra y lo cierto es que parece que Salgado está teniendo un mandato bastante tranquilo, sin que se haya convertido en el gran enemigo a batir por parte de la oposición. Quizás los únicos ataques de relieve que está recibiendo se han producido hace sólo unos días, después de que el Ministerio decidiera excluir a la Comunidad de Madrid del cómputo nacional de listas de espera quirúrgicas al no aceptar el sistema de contabilidad de pacientes que está aplicando el gobierno de Esperanza Aguirre. Un varapalo para Madrid si se tiene en cuenta que la presidenta popular se comprometió ante los ciudadanos a dimitir si no conseguía rebajar hasta los 30 días la espera máxima para ser intervenido, una promesa que los socialistas madrileños intentan desmetir argumentando precisamente las peculiaridades del sistema de contabilización regional.

También la oposición se lo hizo pasar mal cuando los consejeros de las comunidades gobernadas por el PP la sorprendieron con varios plantones en el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud durante los primeros meses de legislatura. De hecho llegó a encontrarse en medio del fuego cruzado entre el Gobierno y el PP a cuenta de las polémicas sobre la financiación sanitaria, una cuestión puramente política sobre la que Salgado nunca ha querido inmiscuirse demasiado.

Asimismo ha recibido críticas por parte de la Iglesia después de que la Conferencia Episcopal “sospechara” que los planes del gobierno socialista pasaron por legalizar la eutanasia o ampliar los supuestos del aborto. La ministra se ha encargado de desmentir estos dos extremos asegurando que lo que sí hay que aclarar es la aplicación de los “cuidados paliativos” y velar por que no haya discriminación económica a la hora de acceder a las intervenciones de interrupción voluntaria de embarazos que la ley ya contempla. Además, a la iglesia sigue sin gustarle que las autoridades aboguen por el preservativo como mejor medida para evitar el contagio de SIDA. La jerarquía católica española parece seguir decantándose por la abstinencia sexual.

Salgado se está caracterizando por su gran laboriosidad legislativa. Unos días antes de aprobarse la Ley Antitabaco, el consejo de ministros aprobó el proyecto de la Ley de Garantías y Uso Racional de los Medicamentos y Productos Sanitarios calificado por la industria farmacéutica de excesivamente  dura. Una normativa que apunta hacia la prioridad del departamento: rebajar el gasto a cargo de la Seguridad Social. De hecho, la ministra espera ahorrar unos 1.000 millones de euros. A la ministra no le ha temblado el pulso a la hora de proponer esta normativa pese a las advertencias de Farmaindustria de que el recorte podría suponer la pérdida de 2.500 empleos.

Prueba de su firmeza en sus convicciones fue una de las ministras que más defendió la polémica aparición de las mujeres de Zapatero en la revista Vogue en el verano de 2004. Lejos de arrepentirse, el pasado mes de septiembre volvió a aparecer en la revista, en esta ocasión en virtud de su cargo como presidenta de la Asamblea Mundial de la Salud. Además de hablar sobre sus principales preocupaciones sobre el hambre en el planeta  y la “feminización” del SIDA, Salgado aprovechó el reportaje para afirmar que es una mujer ecléctica que lo mismo se preocupa por el Tercer Mundo como por el último estreno teatral y que su gran secreto de belleza es “caminar”.

Efectivamente es la afición más conocida de la ministra, pasear bien sea por el madrileño parque de El Retiro o el Jardín Botánico -muy próximos a su despacho-, por los alrededores de Madrid los fines de semana o practicar el montañismo en el Atlas marroquí este último verano. Además, le gusta nadar y hacer gimnasia siempre que su trabajo le deja tiempo. Y es que la responsable de sanidad, no fumadora, presume de buena salud.

Su otra gran pasión es la música clásica, la opera en concreto, una afición que tuvo muy cercana durante los meses que dirigió el Teatro Real.  Allí, a partir del 1 de enero, tampoco se podrá fumar ni en los pasillos.

Salgado convence a sus compañeros de Gobierno

Cuando José Luis Rodríguez Zapatero formó su Ejecutivo en mayo de 2004 era paritario en hombres y mujeres y casi entre fumadores y abstemios. Hoy, 20 meses después, ganan por goleada los que no conviven con el cigarrillo.

Buena parte de la responsabilidad de ese cambio la tiene la ministra de Sanidad, quien nunca ha fumado. Elena Salgado se ha encargado personalmente de convencer a sus compañeros de Gobierno de los perjuicios de la nicotina y de lo conveniente de predicar con el ejemplo ante los ciudadanos.

Sólo hay tres miembros del Gobierno que siguen con su  adicción. Uno de ellos es el presidente del Gobierno, que fuma de forma moderada y normalmente echando mano de los paquetes de tabaco ajenos, rubio y a ser posible light. Entre las mujeres, la ministra de Agricultura, Elena Espinosa, que es mucho más aficionada al pitillo que el inquilino de La Moncloa. Prueba de ello es que sus compañeros de Ejecutivo están acostumbrados a verla salir disparada de la sala del consejo de Ministros para encenderse un pitillo.

Ambos lo hacen en el ámbito privado, jamás delante de una cámara, conscientes de que posar con un cigarro en la mano hace tiempo que pasó a ser políticamente incorrecto.

El trío lo completa Miguel Ángel Moratinos. El responsable de Asuntos Exteriores es otro que de vez en cuando cae en la tentación, sin embargo, él prefiere los puros. De hecho, según ha contado algún medio de comunicación, el jefe de la diplomacia española “ambientó” el avión en el que viajaba junto a Rodríguez Zapatero y los periodistas al regreso de su reciente viaje a Afganistán encendiendose un poderoso cigarro, algo, por cierto, permitido en los vuelos militares.

A quien era habitual verle disfrutando de un puro era a José Antonio Alonso, sin embargo el ministro del Interior sacó fuerzas hace unos meses y ha dejado de fumar.

También tenía fama de fumadora empedernida la vicepresidenta del Gobierno, Mª Teresa Fernández de la Vega. Esta dejó el vicio, según cuentan en su entorno, hace un año, el mismo día en que el Ejecutivo conoció el anteproyecto de la Ley recientemente aprobada en el Congreso.

Otros lo han dejado hace más tiempo. José Bono unos cinco años atrás, cuentan que coincidiendo con el 35º Congreso Federal del PSOE en el que Zapatero le derrotó y Jordi Sevilla, ministro de Administraciones Públicas, hace unos tres años, después de una fastidiosa gripe.


Ni más ni menos, por Enric Sopena
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