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Nº 660 - 5 de septiembre de 2005

La muerte de Termes y la retirada de Valls secularizan el Popular

El Opus se queda sin banco

Meses después de la retirada de Luis Valls de la presidencia del Banco Popular, el fallecimiento de Rafael Termes, consejero delegado del banco durante un cuarto de siglo y consejero hasta su muerte, supone el final de una etapa llena de significación para la entidad más rentable del mundo. Una era que comenzó cuando el Opus Dei, representado por estos dos insignes numerarios, encontró en el Popular el banco desde el que desarrollar su capacidad financiera y gestionar sus necesidades de caja. Hoy, con Ángel Ron en la presidencia, que públicamente se ha desvinculado del Opus, la Obra ya no tiene quien la quiera en el mundo financiero español.

Por Vera Castelló

No lo dudó ni un momento. "El Opus Dei no influye para nada”,aseguró Ángel Ron a los pocos minutos de ser designado presidente ejecutivo del Banco Popular, entidad cuya trayectoria ha estado siempre estrechamente ligada a la Obra que fundó el hoy santo Josemaría Escrivá. Esa misma jornada, Luis Valls, importante numerario del Opus, emprendía una retirada ordenada dejando la presidencia del banco en el que un día, en la década de los cincuenta, desembarcó guiado por los deseos, y las necesidades, de su padre espiritual.

El mayor de los hermanos Valls -Javier, que no es miembro del Opus, continúa como copresidente no ejecutivo- dejaba también el consejo de administración, sin embargo en él aún permanecía el otro gran símbolo del poder del Opus en el banco. Se trata de Rafael Termes, fallecido el pasado 25 de agosto a los 86 años, quien pese a su avanzada edad y a estar más volcado en labores docentes, seguía haciendo uso del despacho que durante casi 25 años ocupó como consejero delegado del Popular. Un cargo que el viejo profesor, ingeniero industrial de formación, ostentó de facto solo una década, de 1966 a 1977, ya que el resto del tiempo, hasta 1990, estuvo suspendido de funciones en razón de su puesto de presidente de la Asociación Española de Banca (AEB), el otro gran éxito del Opus en el mundo de las finanzas.

Con la desaparición de Termes, el Popular parece pasar página definitivamente y emprender una etapa absolutamente profesionalizada, apartada de los tiempos en los que se consideraba a la entidad el brazo financiero del Opus en España, Prelatura que ha venido recibiendo fondos -al menos organizaciones vinculadas a ella- a través de la obra social del banco. Otras  informaciones apuntan a una pequeña entidad, bastante desconocida, cuyas oficinas están en el mismo edificio del Popular, el Banco de Depósitos, como canalizador de ayudas, si bien, según fuentes oficiales, actualmente no les une ninguna relación accionarial.

Para conocer los lazos entre el banco y la Obra hay que remontarse a la década de los cincuenta, la época en la que el Opus tanteaba sus buenas relaciones con el franquismo. Hasta el momento, jóvenes discípulos de Escrivá de Balaguer habían hecho sus pinitos en el mundo de la economía, intentando proveer al entonces Instituto Secular de recursos financieros estables. Sin embargo, la Obra fue creciendo al mismo tiempo que los delirios de grandeza de su fundador y hacían falta más fondos. La decisión de Escrivá de construir una gran casa en Roma como sede central de la Obra y la necesidad de hacer llegar hasta allí los fondos que los miembros del Opus recaudaban para la causa, es, según Alberto Moncada, autor de Historia oral del Opus Dei, el desencadenante de la entrada de la institución religiosa en el mundo de las finanzas, primero con la creación de Crédit Andorrá -en la que participó Rafael Termes- y posteriormente con la entrada en el Banco Popular. Asegura Moncada, ex miembro del Opus, que el entonces director general del Popular, Nicolás Rubio, católico prácticamente, pactó una rocambolesca operación con Antonio Pérez, número dos del Instituto Secular, por la cual acordaban dar entrada en la entidad a socios de la Obra con el objetivo de poner orden en un consejo de administración desmadrado. “Ustedes -le dijo Rubio a Pérez- necesitan financiación y sobre todo necesitan un apoyo institucional. Yo necesito, en bien del banco, sustituir a los directivos”, entre los que se encontraba como presidente Félix Millet, primo de Luis Valls. Otras versiones apuntan a que fue Millet quien se acordó de aquel primo al que le atraía el sector financiero y le llamó a su vera con el objetivo de poco a poco pasarle los trastos y acabar con la división del Consejo, tarea que requirió tiempo. En cualquier caso, Valls, hasta entonces dedicado al mundo académico, llega al Popular en 1943 y en 1957, con solo 31 años, es vicepresidente ejecutivo, una vez zanjada la que se ha denominado “Guerra de ocupación y planificación”. Y decir Luis Valls por entonces significaba hablar de uno de los miembros numerario del Opus  más entregados y fieles a Escrivá, el hombre que se convertiría en la máxima autoridad dentro de la Obra en todo lo referido al plano económico.

La enigmática personalidad de Valls -como socio numerario del Opus realizó los correspondientes votos de pobreza, obediencia y castidad- poco a poco fue impregnando todo el banco, que por entonces empezó a contar como clientes a numerosos socios de la Obra, una relación que se perpetuaría con el tiempo y que llevó al Popular a ser considerado su principal instrumento financiero, papel que durante años compartió con el Banco Atlántico, también controlado por socios del Instituto Secular. Sin embargo, ese rasgo ultracatólico no impidió que Valls ejerciera una gestión profesional de la entidad que consiguió romper con las reticencias iniciales de sus compañeros en el sector bancario. Es más, Valls, ya como presidente, cargo al que ascendió a 1972, se convirtió por derecho propio en uno de los Siete Magníficos, el selecto club que reunía periodicamente a los presidentes de las siete entidades financieras más poderosas. Con el tiempo, aquellas famosas reuniones que sentaban, una vez al mes, en la misma mesa a los presidentes del Santander, Central, Hispano, Banesto, Vizcaya, Bilbao y Popular contaron con un  viejo conocido de Valls, Rafael Termes, que se convirtió en primer presidente de la Asociación Española de Banca (AEB) tras la muerte de Franco y en el otro símbolo del poder opusdeista en el mundo financiero.

Termes, catalán como Valls, también había elegido el camino del Opus desde su juventud. Prmomotor del mencionado Crédit Andorrá continuó su carrera financiera en el Popular pero desde Cataluña, sin embargo, en 1964 ya tiene puesto en el consejo de administración del Banco y en 1966 es nombrado consejero delegado de la entidad. Ya no había duda, dos socios numerarios del Opus controlan los hilos del banco en los años en los que importantes miembros de la Obra echan un pulso con otros sectores franquistas.

A Termes y Valls les unía su férrea fe y dedicación a la Obra -uno vivía en la residencia de la calle Vitruvio y el otro en la de la colonia de El Viso, calle Daniel Urrabieta- y su buen hacer como banqueros, sin embargo sus personalidades poco tenían que ver. “Lo más parecido al agua y al aceite: juntos pero no mezclados”, asegura Fernando González Urbaneja en su libro Banca y poder. Mientras que a Valls, elegante y sibilino, siempre le ha atraido el mundanal ruido, a Termes se le consideraba más reflexivo y espiritual. El primero participó de la vertiente política del Opus -se le consideró el Laureano López Rodó del Opus económico-, al segundo nunca le atrajo, pese a que en calidad de presidente de la AEB tuvo que vérselas con los Gobiernos de UCD -asistió en primera fila a la manifestación tras el 23-F- y del PSOE -famosas fueron sus polémicas con el entonces secretario de Hacienda, Josep Borrell, a cuenta de la presión impositiva para las entidades financieras-.

Mientras que a Valls, consciente de su don de gentes, siempre le gustaron las relaciones publicas -aunque en los últimos años ha preferido que sea su hermano Javier, copresidente desde 1989, el que se ocupara de esos asuntos-  a Termes le tiraba más la docencia -fundador del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE), escuela de negocios ligada al Opus- y la soledad de la montaña, afición que mantuvo hasta poco antes de morir. El diario La Nueva España recordaba hace unos días el apego del banquero por los Pirineos que recorría acompañado por sus guardaespaldas y su médico. La Sierra de Guadarrama o la de Gredos, por la cercanía a Madrid, era sin embargo el paisaje que más frecuentaba, de hecho en La Pedriza de Manzanares, hay una senda que lleva su nombre.

Termes heredó "las virtudes cristianas" de su madre, bondades que durante toda su vida intentó compatibilizar con su condición de banquero, algo perfectamente posible ya que, según sus propias declaraciones, "Lo que esencialmente realiza el banquero es manejar dinero de otros: de los accionistas y de los depositantes. Y esto, si se hace bien, es tan santificable como poner labrillo o cultivar el campo". Eso sí, también alguna vez afirmó, preguntado al respecto, que un banquero debía rechazar operaciones que "en vez de servir al bien común, lo dañan", léase "blanqueo de dinero, concesión de un crédito para montar un bar de alterne o tráfico de armas", según apuntaba la periodista que le realizó la entrevista más íntima. También en esa entrevista dio su opinión sobre el Caso Gescartera no dudando en afirmar que las instituciones católicas "no solo pueden sino que deben invertirlas (las donaciones) adecuadamente".

Sus numerosas publicaciones en las que conseguía mezclar ciencia económica y razonamientos cristianos, le abrieron las puertas de las reales academias de Ciencias Morales y Políticas y de Ciencias Económicas y Financieras.

Termes fue consecuente con sus ideas hasta sus últimos días. El viejo profesor apoyó activamente la organización de la manifestación convocada por el Foro de la Familia contra los matrimonios homosexuales. Según consta en la nota hecha pública por el Foro con motivo de su fallecimiento, Termes fue uno de los fedatarios que más firmas recogió, "superando el millar", y participó en la cabecera de la manifestación del 18 de junio. Asimismo, en el comunicado de condolencias emitido por hazteoir.org, otra de las organizaciones convocantes de la mencionada manifestación, se indica que en el mes de julio Termes pidió a la plataforma que lanzara una campaña de apoyo "a su amigo el Dr. Aquilino Polaino ante los ataques que sufrió por parte del lobby gay". De hecho, contestando a un artículo de Juan José Tamayo, teólogo de la asociación progresista Juan XXIII, vinculada a la teología de la liberación, publicó recientemente en el diario El País una tribuna en la que mantenía la absoluta incompatibilidad entre cristianismo y matrimonio homosexual. Ese fue su última colaboración, apenas un mes antes de morir, en prensa.

A Luis Valls, sin embargo, no se le conoce tanta implicación pública a la hora de defender sus convicciones religiosas. Es más, como decano de la banca española hasta su tranquila retirada -el único cargo que ostenta actualmente es el de presidente de la junta de accionistas- se caracterizó por saber relacionarse con todo tipo de personas de la más variada ideología. Nunca se opuso al Régimen -el Consejo del Popular llegó a tener tres ministros franquistas-, pero tampoco le dolieron prendas a la hora de conceder un préstamo al PCE de Santiago Carrillo. O en las dependencias que siempre ha ocupado en el edificio Beatriz -en pleno barrio de Salamanca- han convivido una pista de squah y una foto dedicada de Antonio Gutierrez, ex secretario general de CC.OO. En su despacho, escenario de varias escenas de una película de Pilar Miró, lo mismo hay lugar para la toledana Virgen de la Sonrisa, que para un modernísimo equipo de música o centenares de libros que gusta de regalar a unos invitados que sin excepción salían de él sorprendidos por su magnífico sentido del humor.

Una virtud que siempre ha logrado compatibilizar con su capacidad para conseguir perpetuar la diferencia e independencia del Banco Popular y es que Luis Valls se mantuvo mientras que sus compañeros de mesa en aquellas comidas de los siete magníficos desaparecían o cambiaban de apellido financiero. Unos dejaban paso a sus sucesores y otros pasaban a presidir bancos mayores. Los cierto es que no sólo Valls era el único de los supervivientes de aquella época, sino que su banco, el Popular, también lo es, después de las sucesivas fusiones.

Otra de las características que definen al banco es su nula vocación industrial. Mientras que la mayoría de entidades españolas se han ido labrando abultadas carteras industriales que les han reportado cuantiosas plusvalías y tremendos sustos, en igual proporción, el Popular siempre ha preferido dedicarse al negocio típico. Esa estrategia no siempre ha sido fácil de mantener, de hecho hace unos años el propio Valls contaba a Casimiro García Abadillo en el diario El Mundo cómo se las ingeniaron a principios de la Transición para evitar quedarse con alguna empresa en crisis, tal y como requirió el gobierno de UCD a otras entidades. "Decidimos que lo mejor era que yo me ausentara. Me fui con mi hermano de viaje. Llamaban del Gobierno y yo estaba en China. Volvían a llamar y me había ido a Rusia. Así que se terminaban cansando y le colocaban el muerto a otro banco”. Siempre con humor, un espíritu que, sin embargo, se le agrió considerablemente al menos en dos ocasiones, y en ambos casos por culpa de otros socios del Opus.

Uno de los capítulos públicos más desagradables por los que tuvo que pasar Luis Valls –y Rafael Termes– tiene a José María Ruiz-Mateos como contraparte. "Ese fresco", según palabras del ex presidente del Popular, pasó sus años más problemáticos con la justicia asegurando que entregó, mediante la intermediación de Antonio Navalón, 1.000 millones de pesetas a Valls para que éste influyera a su favor ante el Banco de España.

Tampoco guarda buenos recuerdos de aquella aventura empresarial que emprendió en la década de los 60 al hacerse con el diario Madrid. Aquella operación para dar respaldo, a través de la sociedad FACES, a un periodico en el que tuviera cabida la discusión política y social, acabó con el frontal enfrentamiento con otro socio del Opus, el periodista Rafael Calvo Serer, y el cierre, y posterior demolición del edificio, del diario.

Desde hace casi un año Valls no pertenece al consejo, sin embargo, su puesto de presidente de la junta de accionistas no es sólo un cargo desde el que asegurarse la pensión -aunque como numerario de la Obra haya de entregar sus ingresos a la hoy Prelatura-, desde ese sillón puede estar al tanto de los movimientos en el accionariado del banco, cuya estructura él se encargó de cambiar para preservarlo de operaciones hostiles, sustituyendo un Consejo repleto de simpatizantes del Opus -aún perdura alguno como Casimiro Molins o el secretario general, Francisco Aparicio- por otro que representa también a los accionistas institucionales. Serán éstos, con el beneplácito de Ángel Ron, los que se encarguen de que el poder del Opus sea parte de la historia.


O Dios o nada, por Enric Sopena
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