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Feliz en Washington, respetado en el mundo y recordado en el PP
EL NUEVO RATO |
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Rara es la semana que su foto no aparece en la prensa. Ya ocurría durante los ocho años en los que estuvo como vicepresidente en la primera línea de la política española, pero la diferencia es que ahora ya no sólo ocupa portadas en los periódicos nacionales, sino que también lo hace, y casi más asiduamente en las cabeceras internacionales, algo que seguramente pocas veces ocurriría si finalmente se hubiera realizado su sueño de sustituir a José María Aznar en la presidencia del Gobierno. Mientras que en su partido no acaban de digerir la derrota, Rodrigo Rato está encantado en Washington como director del FMI. Ha logrado el reconocimiento internacional, la tranquilidad en su entorno familiar y, apartado del día a día, su prestigio dentro de PP está intacto y promete aumentar. Por Vera Castelló Las vueltas que da la vida. Rodrigo Rato, el hombre al que Mariano Rajoy derrotó en la carrera por la sucesión, ahora puede claramente mirarle por encima del hombro. A él y a su ex jefe José María Aznar. Desde su flamante cargo como director del Fondo Monetario Internacional (FMI) el ex vicepresidente popular observa desde Washington cómo Rajoy se ha tenido que consolar con el premio de encabezar la oposición, mientras que a él las carambolas de la vida le han sentado en un puesto de relumbrón mundial, nadie le cuestiona y, además, puede seguir, sin quemarse, el devenir político de su país, sopesando si con el tiempo y en función de cómo vayan las cosas podría volver a España para ocupar el puesto que Aznar le negó. Lo cierto es que su vida ha dado un giro de 180 grados en solo un año. Doce meses atrás al responsable económico del gobierno del PP todavía se le notaba en la cara la decepción y la preocupación por los acontecimientos que en España llevaron a su partido a la oposición y dejaron claro que nuestro país estaba sufriendo directamente las consecuencias de la política internacional desarrollada por Aznar. Sin embargo, tras el semblante circunspecto Rato, a diferencia de sus correligionarios, veía luz. Y esa luz presentaba un escenario mucho más brillante y atractivo que el que se le fundió cuando el ex presidente del Gobierno popular anunció que entregaba sus trastos a Mariano Rajoy y no a él. En mayo del año pasado, Rato ya sabía que sería el nuevo director del FMI, que en vez de acudir los lunes a Génova y pelearse por el protagonismo en el Congreso de los diputados, todas las semanas cogería un avión para visitar todos los continentes, cualquier país que requiera alguna ayuda, control o recomendación por parte del organismo que encabeza, se sentaría a comer con los dirigentes más autosuficientes y también los más necesitados del mundo y su voz pasaría a ser toda una autoridad. La vida americana de este madrileño, asturiano de corazón, poco tiene que ver con la que tuvo aquí. Lo primero, se ha rebautizado. Nada más llegar, oficialmente el pasado 7 de junio, él mismo, vía e-mail, dio instrucciones a sus 3.000 empleados para que su nombre apareciera como Rodrigo de Rato. Un “de” que nunca consiguió imponer en España pero cuyo tronío parece ahora más acorde con su rango. Y es que el español perdió su primera oportunidad de ser presidente de Gobierno, pero como director gerente del FMI tiene oficialmente rango de jefe de Estado, es decir, él y el rey don Juan Carlos se pueden hablar de tú. Precisamente el monarca fue uno de los primeros en recibirle cuando Francia finalmente brindó su apoyo a su candidatura, animada por José Luis Rodríguez Zapatero, que entendió perfectamente la importancia de que un español –independientemente de su sesgo ideológico- ocupara tal responsabilidad. Además, el líder socialista fue consciente de que al mismo tiempo se quitaba de encima un político de raza que podría hacer mucho daño desde la oposición. Ahora, cuando se ven dejan de lado la antigua crispación para comportarse como lo que son, hombres de Estado. Si acaso alguna lectura de cartilla por parte de Rato en su papel de sabio económico pero sin gran margen de maniobra -ha de ceñirse a los informes que elabora el FMI- para entrar a degüello a criticar las medidas impulsadas por su sucesor Pedro Solbes. Y es que Rato, obligado por su cargo, ha tenido que dejar de lado la política en crudo. O por lo menos oficialmente, ya que solo quien no le conozca puede pensar que no observa con pesar y preocupación cómo el liderazgo de Mariano Rajoy -al que siempre apoyó- no termina de asentarse y todavía a estas alturas de la partida hay territorios tan importantes como Madrid (ver recuadro “Siguen sin entenderse”) o Galicia -con unas elecciones autonómicas a la vuelta de la esquina en las que Rajoy tiene mucho qué perder- en donde los trapos sucios se lavan en público. Igual que en el PSOE han intentado en más de una ocasión repatriar a Javier Solana, el VIP internacional de los socialistas españoles, en el PP siguen con extraordinario interés la nueva carrera de su ex vicesecretario, conscientes de que el prestigio que logre en Washington sería muy fácil de rentabilizar electoralmente en el futuro. Pero para eso, todavía no hay prisa. Rato ahora está en otra aventura. Cierto es que en las numerosas ocasiones que el ex ministro ha vuelto a pisar España -bien por razones laborales, bien de visita privada- se ha encontrado con compañeros de partido pero ha tenido mucho cuidado en no implicarse en exceso. No asistió ni al Congreso del PP nacional -aunque mandó un mensaje- ni al regional de Madrid y trata de informarse de las intrahistorias de Génova a través de terceros, principalmente los hombres de su equipo económico que todavía están en activo, aunque lo cierto es que éstos no pasan por sus mejores momentos ya que más de un año después de perder las elecciones el PP sigue sin haber dado excesivo caché a sus responsables económicos, área que capitanea el ex ministro Miguel Arias Cañete acompañado en el Congreso del eterno Vicente Martínez Pujalte. Otros ex responsables económicos se han quedado de simples diputados -José Folgado, por ejemplo- o buscan acomodo, tras una carrera brillante, en la empresa privada. Este es el caso de Loyola de Palacio, que es candidata a ocupar un puesto en el consejo del banco francés BNP Paribas o Luis de Guindos que compagina su puesto en el consejo del banco de negocios Lehman Brothers, con su labor como experto económico en la Cadena Ser, la radio del grupo que preside Jesús de Polanco, ejemplo de la heterogeneidad de las amistades de Rodrigo Rato. El resto, han desaparecido por completo de la escena pública nacional. Si acaso donde mantiene cierto poder sigue siendo en Madrid donde Esperanza Aguirre ha rescatado a varios de sus hombres de confianza. Manuel Lamela, por ejemplo, que fue su jefe de gabinete en Economía y que ahora, como consejero de Sanidad en Madrid, está lidiando con el escándalo del Hospital de Leganés o Juan José Güemes, consejero de Empleo y Mujer. En Washington suele comentar los sustos o alegrías que le da el PP con Juan Costa, el hombre al que apadrinó políticamente hasta colocarle como ministro de Ciencia y Tecnología y que ahora se ha llevado a su vera en el FMI para ocuparse del área latinoamericana. Y es que si ya es importante de por sí que un español ocupe un cargo de esta categoría, para los grandes empresarios de nuestro país fue una alegría doble ya que pensaron que quizás les podría echar una mano en sus negocios latinoamericanos. Sin embargo, si Rato beneficiara los intereses españoles estaría violando el código de conducta del FMI, un reglamento de lo más completo que no solo exige del responsable del Fondo absoluta independencia y neutralidad política, sino que también se mete a reglamentar su integridad moral, y eso significa no solo no aceptar ni regalos ni prebendas sino cumplir, por ejemplo, con sus obligaciones económicas como divorciado con hijos. En cualquier caso a los empresarios españoles no les faltaba motivo para aplaudir el nombramiento ya que se trataba de un amigo, y de lo buenos. Tan bueno que en muchos casos fue su dedo el que les colocó al frente de las empresas hoy ya privatizadas. Hablamos de César Alierta o Francisco González, dos de los hombres que continúan allí donde Rato les dejó, el primero en Telefónica y el segundo en el BBVA, el banco resultante de la fusión de la pública Argentaria y el BBV. Ellos sí siguen al pie del cañón pese a las nunca descartadas incertidumbres -el Gobierno de Zapatero ha puesto en duda su perfil-, sin embargo otros colegas no han conseguido superar la desaparición de Rato y ya han sido sustituidos. Los primeros en caer fueron Pedro Mielgo en REE o Alfonso Cortina en Repsol YPF, y más recientemente José Fernández Olano en Aldeasa -amigo personal- o José Manuel Fernández Norniella, que primero dejó el Consejo Superior de Cámaras de Comercio y hace solo unos días Ebro Puleva. La tranquilidad está en Washington. Casi un año después de ocupar el despacho de la planta 19 de la sede del FMI a Rato se le sigue teniendo en buen concepto. Y eso pese a que al principio hubo ciertas susceptibilidades. Una de las cosas que más llamó la atención de los expertos del Fondo cuando llegó a Washington fue el curriculum del nuevo director. Algunos miembros del organismo pusieron en duda la “calidad” de su formación académica. Su MBA en la Universidad de Berkeley no sólo no es de los master en Económicas más prestigiosos, sino que proviene del centro más activo durante la revolución estudiantil del 68 en California, un progresismo que, desde luego, no ha desarrollado con los años. Por si eso fuera poco, en Estados Unidos les sonaba a práctica de república bananera el doctorado que Rato consiguió en la Universidad Complutense siendo ya vicepresidente de Gobierno. En Washington Rato también ha recobrado la tranquilidad en lo personal. Pese a ser el rostro de uno de los organismos económicos más importantes del mundo, su cara no es, ni de lejos, tan popular como lo era en España, lo que le permite comportarse como un ciudadano más o menos anónimo. Aunque siempre acompañado de sus escoltas, puede pasear, ir al teatro o salir a cenar, si así lo desea, sin levantar revuelos, y de hecho así lo ha hecho en los últimos meses, en muchas ocasiones acompañado por sus hijos o por su actual compañera Alicia González (ver recuadro “Triunfador también en el amor”). Además, aunque Rato nunca ha tenido problemas económicos, su puesto en el FMI ha terminado de arreglarle la vida. Su sueldo ronda los 400.000 dólares anuales libres de impuestos -paga que seguirá recibiendo de forma vitalicia cuando deje el organismo-, suficiente para haber adquirido una casa en una zona residencial cercana a su oficina y lo más protegida posible de los barrios más conflictivos de la ciudad, ya que en la capital estadounidense conviven los dos extremos: la elite mundial con la población con peor índice de criminalidad o analfabetismo.
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