Hemeroteca
Esta semana
Lista Temas de portada
Nº 646 - 25 de abril de 2005

Unanimidad entre los cardenales, división entre los católicos

 

LA IGLESIA, EN EL BUNKER

Nunca llueve a gusto de todos, pero en esta ocasión buena parte de los católicos esperaban que del primer cónclave del siglo XXI saliera un Papa capaz de hacer chispear la esperanza de cambios en una Institución encerrada en sí misma y apartada de la sociedad, que una vez más no se ha atrevido a dar muestras de que quiere adaptarse a los tiempos. Lejos de eso, los fieles se han encontrado con que amenaza aguacero, el del fundamentalismo que caracteriza al nuevo Pontífice y que otros sectores católicos tanto están aplaudiendo. La rapidez con la Ratzinger fue elegido refleja el consenso del Cónclave en un conservador, de avanzada edad, europeo y muy próximo a Juan Pablo II, principal valedor de la doctrina tradicional en las últimas tres décadas. A sus 78 años y con semejante expediente pocos confían en que Benedicto XVI sea el Papa llamado a sacar a la Iglesia de su tradicional búnker.

 

Por Vera Castelló

No tengáis miedo". Esas fueron las palabras que pronunció el fallecido Juan Pablo II cuando se asomó por primera vez al balcón del Vaticano, unas palabras que a muchos les hubiera gustado oír en boca del nuevo Pontífice porque recelo es precisamente lo que muchos católicos -y ateos- han sentido al saber que el cardenal conservador más conocido de la actual Iglesia Católica ha asumido la regencia de la milenaria Institución.

Pero no, Benedicto XVI, en vez de tranquilizar a sus fieles, se presentó ante ellos como "un humilde siervo en la viña del Señor". Humilde pero con vara de mando, báculo que ha empuñado con mano firme en las dos últimas décadas para perseguir, al frente de la congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio), todo aquello que se alejara o amenazara con alejarse del recto camino del dogma católico. Si no, que se lo digan al centenar largo de teólogos a los que ha condenado por intentar poner en práctica el aperturismo del Concilio Vaticano II, el mismo texto que de joven apoyó y como cardenal ha combatido, pese que ahora, como Papa, haya prometido ser fiel.

Entre los pecados que le atribuyen los más progresistas está el haberse mantenido hasta ahora inflexible en asuntos como la moral sexual, el celibato de los sacerdotes, el papel de la mujer y el haberse erigido como freno al acercamiento a otras iglesias cristianas. Mientras que los defensores de la teología de la liberación consideran una contradicción muy grave la batalla que el nuevo Papa quiere dar a la proliferación de sectas  y su aparente insuficiente sensibilidad hacia el hambre, la injusticia, el sida y la escasez de sacerdotes, en la Casa Blanca están encantados. Bush y Joseph Ratzinger coinciden en el rechazo del aborto, del matrimonio entre homosexuales y del uso de anticonceptivos.

Pese a estos antecedentes, el Vaticano ya ha puesto su maquinaria en marcha para lavar la imagen del nuevo pontífice. Multitud de cardenales han salido a la palestra para desmentir que Ratzinger sea frío, ultraconservador o fundamentalista, término del que siempre ha huido. El tiempo lo dirá.

De persistir Ratzinger con ese inmovilismo, la Iglesia corre el riesgo de perder una parte de su base social. Pero el peligro no es solo el de restar feligreses, sino en la posibilidad de no sumar, parando la expansión de catolicismo a nuevas áreas geográficas que con tanto ahinco persiguió su antecesor polaco.

Ese es uno de los principales desafíos de la Iglesia que hereda: luchar contra su declive en los países ricos y la secularización creciente en Europa, en Latinoamérica el catolicismo compite con protestantes y evangélicos. Según los últimos datos, en 1970 había en el mundo un 20% más de católicos que de musulmanes. En el año 2000 había ya unos 1.100 millones de católicos y unos 1.200 millones de musulmanes.

Signo también de continuismo es que el Papa haya confirmado al cardenal italiano Angelo Sodano como secretario de Estado -el equivalente al primer ministro vaticano- y al resto de cardenales y arzobispos jefes de los dicasterios -ministerios- de la curia romana (ver despiece Más de lo mismo en la Curia).

Pero si parece probado el conservadurismo de Su Santidad, no es menos evidente el presentado por los cardenales que le han elegido. Los purpurados ha optado, en una época de agitados cambios sociales, culturales y tecnológicos, en reafirmar sus valores tradicionales y han apoyado a un Pontífice que garantiza la continuidad doctrinal y la polémica obra de Juan Pablo II, al que ha estado tan estrechamente vinculado. Un enroque en toda regla. Y eso, pese a que de entre los 115 purpurados electores, se sentaban representantes de perfil mucho más aperturista, más cercanos al terreno, más conscientes del día a día de sus feligreses.

Qué duda cabe que el Pontífice alemán ha encontrado sus principales apoyos entre los cardenales europeos, pero desde otros continentes se cuestiona la capacidad del nuevo Papa para gobernar la Iglesia en esos países, donde los sacerdotes de base mantienen una estrecha vinculación con la población, muy alejados de la ortodoxa teoría que ha propugnado Benedicto XVI como cardenal. Ese recelo no es gratuito. Ratzinger, al frente del ex Santo Oficio, léase la antigua Inquisición,, se convirtió en el verdadero azote de los teólogos progresistas y de la Teología de la Liberación tan presente en los países católicos menos desarrollados. De hecho, como los liberales y socialdemócratas europeos, la izquierda latinoamericana ve una catástrofe en la elección de Ratzinger.

Esa desconfianza no parece el mejor escenario para que la representación de esos países en la cúpula de la Iglesia cambie: actualmente, con el 45% de todos los católicos del mundo, Latinoamérica sólo aportó 20 cardenales electores. Con menos del 25%, Europa sentó en el Cónclave a 58 cardenales.

Pero de las decisiones de Benedicto XVI no sufrirán o gozarán sus consecuencias solo los católicos. Benedicto XVI aúna en su persona el ser jefe de la Iglesia pero también jefe de Estado, del Vaticano ese territorio cuya independencia concedió el dictador fascista Benito Mussolini, y por ello no se le puede negar un papel político cuya importancia no guarda directa relación con lo eximio del Estado que representa. De hecho, a Juan Pablo II siempre se le consideró todo un político. Su elección no estuvo exenta de razonamiento ideológico y durante sus 26 años de papado tampoco evitó dar su opinión sobre las cuestiones más relevantes del panorama internacional.

Ratzinger ya ha hecho sus pinitos como cardenal. Empezando por su incendiaria homilía, previa al inicio del Cónclave. El alemán tuvo para todos: para el individualismo y el relativismo, para el marxismos y el liberalismo -”hasta llegar al libertinaje”.  Todos los ismos, excepto el fascismo, precisamente sobre el que pese a haber militado en las juventudes nazis siempre ha mostrado crítico con aquella funesta época. De hecho, en su calidad de presidente de la Comisión Teológica Internacional Ratzinger fue el principal inspirador del documento Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado que sirvió de apoyo teológico e histórico a la iniciativa papal de pedir perdón por los pecados históricos de la Iglesia, incluído el silencio sobre el Holocausto. Cuando estuvo en Madrid, en julio de 1989, concelebró una homilía en la que dijo que "Los mensajes de Jesús no predican la lucha de clases, sino la paz". A Benedicto XVI tampoco le han dolido prendas a la hora de oponerse públicamente al eventual ingreso de Turquía en la UE desde una posición de identificación de nuestro continente con los valores del cristianismo -"la fe cristiana sigue siendo el criterio de los valores fundamentales de este continente, que a su vez ha dado a luz a otros continentes", señaló en una misa oficiada en Murcia-, o en criticar con dureza, en noviembre del año pasado, el “destructivo” proyecto de legalización del matrimonio homosexual en España, hoy ya casi una realidad después de que la pasada semana el Congreso lo aprobara.

Nadie duda de que el conservadurismo de Benedicto XVI chocar frontalmente con el laicismo denunciado desde el Vaticano del gobierno Zapatero. De hecho, desde la llegada de la democracia no se había vivido en nuestro país un enfrentamiento tan claro entre Iglesia y Estado, un ambiente que se ha sosegado algo con la salida de Rouco Varela de la cúpula de la Conferencia Episcopal Española, pero que puede no durar mucho si tenemos en cuenta la “preocupación” que demostró Juan Pablo II y se presupone claramente en el nuevo Pontífice.

Nada se sabe sobre cuando visitará el nuevo Papa España, algo que ya ha hecho en cerca de una decena de ocasiones, bien en viaje privado, bien como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe para mediar en varios asuntos en los que se han visto implicados algunos teólogos españoles. 

Si en enero de 1998 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra, en la órbita del Opus Dei, unos años antes, en El Escorial, durante un curso de verano en el que participó, confesó que para defenderse de la continuas críticas que concitaba su labor como guardián de la fe, recitaba el salmo "Es bueno que me humillen". También se pronunció sobre la pena de muerte que el catecismo justifica: "Yo considero deseable la abolición de la pena de muerte, pero no me atrevo a decir que siempre y en cualquier caso sea rechazable".

Hasta el cardenal de Sevilla, Carlos Amigo, uno de los electores en el Cónclave considerado conciliador, ha admitido que el nombramiento de Ratzinger será recibido en nuestro país “con algunas reticencias “. Y así ha sido. El líder de IU, Gaspar Llamazares, ha dado por probado que, no sin buena dosis de sorna, “el Espíritu Santo se puede equivocar”.

Un teólogo firme en el dogma

Decano del colegio cardenalicio desde noviembre del 2002, Ratzinger ha sido el verdadero gobernante de la Iglesia con la sede vacante.

En su homilía previa al Cónclave pidió un pastor como Pontífice, pero los cardenales electores no le hicieron caso y le eligieron a él, un burócrata, un teórico mucho más acostumbrado a los despachos y a los libros que a impartir el evangelio entre la plebe.

Joseph Ratzinger nació en 1927 en la localidad bávara de Marktl am Inn, hijo de un gendarme rural profundamente creyente que no pudo evitar que sus hijos tuvieran que afiliarse a las juventudes nazis. El llamado Panzerkardinal -porque su potencia ideológica es comparable a la de un tanque- fue reclutado a la fuerza, en 1943 y 1944.

Estudia filosofía y teología en el ateneo de Munich y en la escuela superior de Frisinga. En junio de 1951 es ordenado sacerdote y dos años después coronará sus estudios con el doctorado. En 1957 se estrena como profesor en las universidades de Frisinga, Bonn, Münster y Tubinga, donde coincide con uno de los más polémicos teólogos de la época, Hans Küng. Sus cualidades intelectuales le convierten en poco tiempo en uno de los teólogos más prometedores de la Iglesia alemana. En 1962 llega a Roma para participar en las sesiones del Concilio Vaticano II, pero simplemente como consultor del cardenal alemán Fring. A él se le atribuye la intervención del cardenal en que calificaba de "fuente de escándalo" el Santo Oficio, la inquisición vaticana que con otro nombre él acabó por dirigir, sin embargo las revueltas universitarias de 1968 le empujaron hacia un conservadurismo que se ha ido radicalizando con los años.

En 1969 es ya catedrático de Dogmática en la universidad de Ratisbona, y sus méritos impresionan al papa Pablo VI que le nombra obispo de Munich en 1977. Un año después conoce a Karol Wojtyla, durante el cónclave en que fue elegido Juan Pablo I. No es designado prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe hasta noviembre de 1981. Su primero paso es zanjar los trabajos de la comisión mixta que tenía muy avanzada la confluencia entre anglicanos y católicos. Su papel de guardián de la ortodoxia queda claro en 1983, cuando a la desaparición en el Código Canónica de la tradicional condena a la masonería le sigue una inmediata aclaración que recuerda que pertenecer a ella es "pecado grave".

Pero su papel como guardián de la ortodoxia fue aún más allá. En el año 2000, el año de la petición de perdón de Juan Pablo II, Ratzinger hería de muerte el diálogo ecuménico con su documento Dominus Iesu, que dictaminaba que la Iglesia católica es el "único camino de salvación". Y en el 2003, redacta el documento que da instrucciones a los políticos católicos para oponerse a las leyes sobre el aborto, la eutanasia o el matrimonio gay.

Austero (viaja solo y en clase turista), enamorado de Mozart y de la lectura. A sus 78 presenta buen aspecto, sin embargo entre 1991 y 1993, Ratzinger sufrió pequeños derrames cerebrales, de los que se recuperó bastante bien, aunque aún arrastra problemas de vista. Solía decir que está cansado y en los últimos tiempos no acudía a su oficina de forma cotidiana. Desde el 2002 estaba esperando su jubilación, que ahora podría no llegar nunca.

 

Más de lo mismo en la Curia

El inmovilismo del Vaticano ha tenido consecuencias evidentes en la Curia romana, el Gobierno de la Iglesia católica. El fallecimiento de Juan Pablo II parece haber pasado inadvertido por la Santa Sede, que de momento sigue como si nada hubiera pasado el 3 de abril.

El secretario de Estado, el cardenal italiano Angello Sodano, su sustituto y número tres de Roma, el arzobispo argentino Leonardo Sandri, y el secretario para las Relaciones con los Estados que hace las veces de ministro de Exteriores, el arzobispo italiano Giovanni Lajolo, han sido confirmados en el cargo por Benedicto XVI.

El resto de puestos clave en la Curia, los cardenales y arzobispos jefes de los dicasterios y el presidente de la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad del Vaticano, el cardenal Edmund Casimir Szoka, también continuará en el puesto hasta nueva orden. Así lo ha dicho el Santo Padre Joseph Ratzinger, que podría sin embargo y gracias a esta fórmula -en latín, "donec aliter provideatur"- acometer futuros cambios, aunque no se espera que los nuevos rostros purpurados traigan aires de renovación a la férrea composición del Gobierno de la Iglesia.

Ni siquiera en este trámite, Benedicto XVI se ha permitido un mínimo de originalidad, porque es costumbre de los Pontífices recién elegidos cursar el mismo procedimiento, confirmando a todos en un principio y esperar a que los años o las enfermedades hagan mella en su salud para ir relevándoles.

Así las cosas, Angello Sodano, el 'Papa en la sombra' con Juan Pablo II desde 1988, el hombre que movió los hilos discretamente en el Vaticano mientras Wojtyla viajaba por medio mundo guardando con celo las llaves del Apóstol San Pedro, el cardenal que conserva una mancha en su expediente -durante su etapa al frente del Nuncio Apostólico en Chile se convirtió en amigo personal del dictador Augusto Pinochet-, el artífice del ascenso del Opus Dei en Roma para acabar instalándose cómodamente en la ciudad vaticana, seguirá asumiendo una posición privilegiada en la Curia, zanjando definitivamente la posibilidad de que Benedicto XVI consiga endulzar la imagen ultraconservadora que fue dibujando desde que dirigiera con mano de hierro la Congregación para la Doctrina de la Fe, la heredera del Santo Oficio que tantos pecados arrastró durante siglos de represión y torturas y, hoy en día, azote de los teólogos católicos renovadores.


Los pastos envenenados, por Enric Sopena
Hemeroteca
Esta semana
Lista Temas de portada