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Nº 612 - 19 de julio 2004

Rajoy, Zapatero, Mas e Imaz luchan por emanciparse de sus predecesores

MATAR AL PADRE

“Ni tutelas ni tutías”, gritó muy teatralmente Manuel Fraga mientras rompía la carta de dimisión sin fecha que José María Aznar le había entregado. Era 1989 y el gran patrón escenificaba así que el traspaso de poderes dentro del PP era real. Años más tarde Aznar proclamaba que el nuevo líder era Rajoy y que se iba, pero su actitud posterior ha desmentido esas palabras. El nuevo PP de Rajoy no sabe cómo quitarse a Aznar de encima. No es el único en el empeño, aunque cada uno tiene su estilo. Zapatero tuvo que desplegar sonrisa y talante con González, Mas reserva un sillón sin contenido a Pujol mientras Imaz da puñetazos en la mesa para que Arzallus se entere de que su delfín perdió la sucesión.

Por Inmaculada Sánchez

 Todo hubiera sido bien distinto si, tal como estaba previsto en el PP, Rajoy hubiera ganado las elecciones generales. El ex presidente, aunque hubiese querido seguir “dando la batalla de las ideas”, tal como él mismo define su actual presencia en la esfera pública, habría tenido un eco mucho más limitado si su sucesor estuviera instalado en el Palacio de La Moncloa. No hay más que ver a Zapatero. Ya pocos le discuten nada en el PSOE y a Felipe González no se le volverá a ocurrir decir aquello de que no veía en el partido “ni proyecto ni ideas”.

Victorias y fracasos electorales aparte cada uno de los dirigentes de los principales partidos políticos que han tomado el relevo de un gran líder pelean con desigual fortuna con sus antecesores y hasta que no logran “matarlo” –psicológicamente entendida la acepción verbal– no consiguen despegar con vuelo propio.

Quien peor lo lleva, por razones obvias, es Mariano Rajoy. Aznar es apenas dos años mayor que su sucesor y antes de cumplir los 50 ya decidió que se retiraba. Algunos hoy en el Partido Popular aseguran que se precipitó, que, con el casi único objetivo de marcar esas diferencias con un Felipe González con el que llegó a obsesionarse ha perjudicado su todavía inconclusa carrera política y, lo que es peor, al Partido Popular.

Después de su retirada y de la derrota del 14 de marzo Aznar no ha hecho más que poner obstáculos al nuevo PP que Rajoy pretende construir tras el mazazo. Primero fue su gira por todo el país para firmar su libro “Ocho años de Gobierno. Una visión personal de España”, luego, la visita a Estados Unidos en plena polémica sobre las torturas a presos iraquíes en la cárceles por parte de militares estadounidenses. Mientras Rajoy y su equipo intentaban marcar distancias con el espinoso asunto su antecesor no dudó en seguir alabando al presidente Bush e, incluso, ir a ver al secretario de Estado, Donald Rumsfeld, principal implicado en el escándalo.

Sus últimas apariciones públicas están resultando, si cabe, más graves para Rajoy. Hace unos días en la inauguración de un curso de verano de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, la FAES de la que es presidente, arremetió contra el Gobierno socialista y contra dos decisiones sobre las que Rajoy había anunciado diálogo.

Para empezar, la reforma constitucional pretendida por el Gobierno de Zapatero era un grave error, “error” sobre el que Rajoy ya había anunciado su disposición a dialogar. Y para seguir, la Constitución europea recién aprobada, que Rajoy ya ha dicho que el PP apoyará, merecía una “reflexión” sobre la posición en que había quedado España respecto al resto de potencias antes de darle el sí. Casi nada.

En Génova empezaron a sonar alarmas. Ya no se trataba sólo de inoportunas visitas o de protagonismos no deseados. Aznar daba opinión sobre asuntos claves de la política nacional contradiciendo la doctrina oficial del partido. Rajoy ha tenido que hablar públicamente y decir que, aunque su antecesor tiene todo el derecho a manifestar las opiniones que quiera, quien marca la política del PP es él. Nadie se atreve ya a asegurar en el partido si este cruce de declaraciones entre Aznar y Rajoy sumará próximos episodios.

Los fieles al nuevo líder se apresuran, pues, a diseñar una estrategia de urgencia para arrinconar al ex presidente al que empiezan a percibir casi como a un enemigo dentro de la que el próximo congreso nacional, previsto para octubre, se presenta como una pieza básica.

La inicial elección de sus más directos colaboradores respondía ya al diseño que Rajoy hizo de su “despegue” de Aznar. Así, atraer hacia sí y a su propio proyecto a hombres hasta el momento identificados con la guardia pretoriana del ex presidente, aunque visto, en principio, como un seguidismo respecto a la anterior etapa, pretendía, también, desactivar a dirigentes que podrían seguir nutriendo los alrededores de Aznar. Por eso, según explican en el PP, a Acebes, el ministro que llegó a ser el alter ego de Aznar, Rajoy lo ha situado a su vera como también ha contado, y seguirá contando, con Carlos Aragonés, el hombre en la sombra del ex presidente desde hace más de una década.

Acebes y Aragonés, de quien Aznar parece haberse distanciado en los últimos tiempos, estarían dispuestos a nutrir el núcleo duro de Rajoy  frente a los movimientos que ya se perciben en el seno del partido respecto al futuro de su liderazgo. Esta desafección se habría dejado entrever en los fichajes realizados por Aznar  para su equipo de la FAES.

Cuando una mayoría de dirigentes del PP suponía que Aragonés seguiría a Aznar a su retiro ideológico en la fundación éste optó por incorporarse al equipo de Rajoy y, desde esta nueva posición está resultando mucho más activo de lo que aparecía con el ex presidente. De hecho, nunca como ahora se había oído a Aragonés opinar sobre estrategia en las reuniones del comité nacional o discutir y participar en las sesiones plenarias del Congreso de los Diputados.

Lo que hasta hace poco había querido ser interpretado dentro del PP como la todavía larga mano de Aznar ejerciendo a través de Aragonés está dando paso a la sospecha de que entre ambos las cosas ya no funcionan igual. Esta argumentación explicaría por qué Aragonés no se ha ido a FAES con Aznar y por qué éste tampoco ha contado con Baudilio Tomé, ex secretario de Estado en el Ministerio de Ciencia y Tecnología y hombre de la órbita de Timmermans, ex subdirector del gabinete monclovita, y del mismo Aragonés.

Tomé, que fue designado por Aznar para dirigir FAES desde la macrofusión de todas las fundaciones del PP al objeto de prepararla para cuando él llegara ha sido sustituido por hombres que ahora pasan por ser los más cercanos al ex presidente: Javier Fernández-Lasquetty, ex subdirector del gabinete de presidencia, o Javier Zarzalejos, ex secretario general de Moncloa.

 Sumar apoyos. Quienes conocen la vida interna del PP también miran para escudriñar el futuro los movimientos de dirigentes tan significativos como el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, la presidenta de la Comunidad madrileña, Esperanza Aguirre, o el ex ministro Eduardo Zaplana, sumido, de momento, en su batalla valenciana con los hombres de Francisco Camps.

El secretario general del PP ha anunciado que en el próximo congreso Ruiz-Gallardón hará un discurso inaugural. Esta prerrogativa, que ha querido explicarse en base a su condición de alcalde de la ciudad anfitriona del congreso pero que nunca había tenido semejante relieve en los tiempos de Alvarez del Manzano como regidor de la capital, es entendido como un movimiento de Rajoy para sumar fuerzas caso de presentarse batalla frente a un Aznar incómodo en su actual papel fuera del guión o, incluso, frente a una Esperanza Aguirre con aspiraciones futuras o cualquier otro dirigente que no vea claro su liderazgo.

Sólo el tiempo, y las siguientes citas electorales, dirán si Rajoy ha sabido alejar de su camino a quien le designara sucesor. La autonómicas gallegas son el siguiente examen y, para ellas, el también gallego podría volver a contar con Fraga, si su salud se lo permite, como candidato y garantía de éxito. Si el presidente fundador no se siente con fuerzas para un nuevo mandato Rajoy podría imponer a su fiel Ana Pastor como candidata y de los resultados dependería que Aznar, o los aznaristas aún disgustados con su marcha, continúen poniéndole piedras en el camino. Aún quedarían las siguientes generales y, caso de nuevo fracaso, quizá sería el momento para Aznar, que haría buenas las predicciones que aseguraban que su marcha no era definitiva.

Para evitar semejante peligro, del que nadie en estos momentos sabe calibrar su alcance, Rajoy debe salir reforzado en el próximo congreso del que ya asoma una nueva duda: ¿propondrá Rajoy a Aznar como presidente honorífico? La “patada hacia arriba” suele ser buena táctica, usada desde antiguo, para evitarse molestos acompañamientos siempre que las relaciones no acaben en ruptura. Tal como están ahora las cosas en el PP poco puede asegurarse de firme respecto a Aznar. ¿Callará?, ¿Volverá a hablar? ¿Forzará nuevos pronunciamientos de Rajoy sobre quién tiene la batuta?

Algunas voces señalan también a la comisión de investigación sobre el 11-M como una de las claves para atisbar el futuro. Las tomas de posición de Aznar tendrían buena parte de su origen y empuje, según estas fuentes, en el juicio público que se está realizando de la gestión del último gobierno del PP ante el que el ex presidente se estaría viendo forzado a aparecer para “lavar su imagen”, una imagen que nunca pensó quedase tan dañada antes de los trágicos acontecimientos de Madrid y la posterior derrota electoral. También podría influir en el desarrollo de las relaciones Aznar-Rajoy, antes que las todavía lejanas próximas elecciones generales, las más cercanas, en el tiempo, elecciones presidenciales norteamericanas.

A pesar de tener el océano Atlántico de por medio el mantenimiento de George W. Bush en la Casa Blanca influirá, y no poco, en que Aznar se acomode definitivamente a su nueva situación de ex presidente. Aparte de que sus actividades docentes, como las clases que comienza a impartir el próximo curso en la universidad de Georgetown, o las llamadas para pronunciar conferencias con la consiguiente financiación se vean incrementadas si su “buen amigo” Bush sigue siendo presidente, el prestigio de su figura recibirá una inyección de ánimo.

Todo lo contrario de lo que sucedería si John Kerry consigue desalojar a los republicanos del poder e inicia una nueva política exterior dentro de la que los argumentos que Aznar viene repitiendo con machacona insistencia quedarían desacreditados. Zapatero podría ver reforzada la posición de su gobierno y la capacidad de maniobra del PP para hacer oposición sufriría un serio revés.

Los métodos que Rajoy adoptará entonces para mantener a raya a Aznar aún no se conocen, los que sí se han visto ya han sido los de Rodríguez Zapatero con el líder emblemático para los socialistas, Felipe González: una mezcla de cariño y autoridad. Y, sobre todo, haber ganado las últimas elecciones generales.

 “Nada de esconder a Felipe”. El actual presidente del Gobierno tuvo mucho cuidado, cuando se presentó candidato a secretario general del PSOE, sabiendo que no gozaba entonces del respaldo del ex presidente, de no relacionar su propuesta de renovación como una ruptura con el pasado. “Nada de esconderse detrás de Felipe, pero nada de esconder a Felipe, amigas y amigos, nada de esconder a Felipe”. Dijo arrancando sonoros aplausos el todavía candidato Zapatero en el congreso de su elección. Ya antes de decidir presentarse Zapatero recabó el “permiso” del líder y tuvo discretos encuentros con él para asegurarse su no beligerancia. González debía creer tan poco en sus posibilidades que le dejó hacer.

Tras su sorprendente victoria el nuevo líder socialista eligió apresuradamente un equipo de novatos que sufrió un importante desgaste en sus primeros pasos por las críticas internas hacia su bisoñez. González fue uno de los que participó en los ataques cuando, con Zapatero delante durante la presentación pública del libro “El relevo” del periodista Gonzalo López Alba, le espetó que no veía proyecto ni ideas tras su equipo.

Zapatero tragó saliva, sonrió, como es habitual en él, y, aparentemente, aceptó la regañina.

Desde el principio, el líder socialista, buen conocedor de la idiosincrasia de su partido, sabía que nunca un enfrentamiento con Felipe González podría resultarle rentable, por muchas ganas que tuviera de su silencio. Así, poco a poco, fue haciéndole un hueco especial como asesor privilegiado. El Siglo publicó en enero de 2003 una reveladora portada titulada “El oráculo. Felipe encuentra su sitio en el nuevo PSOE”. El hueco se lo había hecho a medida Zapatero cuando apenas un año antes esta revista había titulado otro reportaje sobre la situación del ex presidente “Felipe busca sitio. Zapatero le quiere cómplice, pero en la sombra”.

En el proceso fue clave la labor de dos personas, usadas por el nuevo líder como puentes entre él y González: Trinidad Jiménez, que tejía complicidades entre ambos en la materia que más apasiona al ex presidente, la política exterior, y Alfredo Pérez Rubalcaba, ex ministro de González y convertido rápidamente por Zapatero en su asesor de cabecera en asuntos de Estado del calibre de la política antiterrorista.

Jiménez trabajó con Felipe González desde la secretaría de Internacional de Ferraz y Rubalcaba fue nombrado director general de la Fundación a la que dedica el ex dirigente sus mayores esfuerzos, la Progreso Global. Zapatero le cuidó en lo que pudo y González, aunque a distancia, se dejó querer. Ahora, tras el triunfo y al igual que otros barones del partido, alaba como virtudes lo que antes eran defectos. Así, se permite afirmar en público que él, con su experiencia, no habría decidido la retirada tan apresurada de las tropas de Iraq, pero añade que, precisamente, la inexperiencia de Zapatero le permitió evitar las presiones que desde Estados Unidos le hubieran puesto difícil cumplir su promesa semanas más tarde.

En el PSOE el 14-M ha relegado casi todas las tensiones y ya nadie duda de que Zapatero ha tomado el relevo, de verdad, y que el hijo ha sucedido al padre “matándolo” sin dolor. La última prueba son los signos de complicidad personal entre ambos que la esposa del presidente ha puesto de manifiesto recientemente con unos simples pendientes: los que lució en la boda del Príncipe eran diseño de Felipe González, como oportunamente se dio a conocer.

 Suceder en la oposición. Menos plácido puede resultar el traspaso de poderes en Convergencia i Uniò, sobre todo, porque se ha inaugurado, al igual que en el caso del PP, con una derrota electoral. En la oposición siempre es más difícil cimentar un liderazgo todavía incipiente y Artur Mas, que por unos días acarició la presidencia de la Generalitat tras adelantar en número de escaños al PSC, está recomponiendo su equipo y su estrategia para alejar la sombra del durante tanto tiempo omnipresente Pujol.

De momento, en el reciente congreso de la formación ha conseguido el apoyo de más del 90 % de los delegados aunque su padre político, Jordi Pujol logró 2,4 puntos más que él en el honorífico puesto que Mas todavía le reserva, el de presidente del partido.

El nuevo líder de Convergencia ya ha dado muestras, no obstante, de que no va a ceder poder: ha renovado al 60 % de la ejecutiva colocando a sus hombres más fieles en los puestos claves y se anuncia que resucitará el comité permanente de la misma, una especie de núcleo duro que gobernará el día a día de la organización.

En él se asegura que no estará Pujol con lo que su poder quedará reducido a una mera función representativa. Curiosamente, y, al contrario que en el caso del PP de Rajoy, Mas lidera un equipo mucho más radicalmente nacionalista que el conducido durante tantos años por Pujol, en tanto que el líder popular no ahorra esfuerzos para intentar demostrar que su PP es mucho más moderado y dialogante que el de Aznar. Cuestión de análisis de por qué se ha perdido la confianza de los electores.

Artur Mas tiene, además, un elemento a su favor: el hecho de que uno de los hijos del ex President de la Generalitat se cuenta entre los suyos en ese giro independentista que el cambio de líder ha llevado a CDC, Oriol Pujol, que se ocupa de la relevante cartera de Estudios y Programas en la nueva ejecutiva.  El factor personal y familiar no debe ser despreciado en estas delicadas operaciones de emancipación.

Pero el secretario general de Convergencia, debido a las características de su formación, tradicionalmente coaligada a Uniò Democrática de Catalunya, con la que ahora forma una federación, tiene que luchar para afianzar su puesto en otro frente, el de las nunca ocultas aspiraciones de Duran Lleida, su socio más fuerte, actualmente portavoz del grupo parlamentario en el Congreso de los Diputados.

Precisamente, tras concluir el congreso de CDC fue desde Uniò desde donde “corrigieron” lo que se entendió como un “exceso” del cónclave de los convergentes cuando aprobaron que rechazarían la Constitución europea si no admitía el catalán como lengua oficial de la UE. Desde Uniò se dijo que, a pesar de esa reivindicación, que mantendrían, negarse a apoyar la Constitución sería un error de gravísimas consecuencias.

 Imaz frente a Egibar. Para el sucesor de otro de los “gigantes” de la política española durante la transición, Xavier Arzallus, el problema arranca de haber llegado al puesto con la oposición de su antecesor. Arzallus promovió y apoyó a Joseba Egibar para la presidencia del Partido Nacionalista Vasco que él abandonaba pero las bases votaron por Josu Jon Imaz, más próximo al lehendakari Ibarretxe y con un talante percibido como más dialongante por el resto de formaciones del complejo y tenso mapa político vasco.

El problema es que Egibar, aun habiendo perdido la presidencia, mantiene una nada desdeñable cuota de poder en la estructura provincial del PNV, además de ser el actual alcalde de Lizarza. Allí acaba de proponer ceder tres concejalías a Batasuna pero Imaz no se lo ha permitido. Ha vetado la propuesta y ha conseguido que la ejecutiva del partido le dé la razón.

Egibar ha desistido pero es muy probable que éste no sea el último pulso que plantee a Imaz. En el PNV la sucesión ha alumbrado divisiones y en este caso, más que con el padre hay problemas con toda la familia.

El padre puede matar al hijo, por Enric Sopena
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