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"Esto
no habría pasado con Alfonso Guerra". Es la frase preferida
de quienes desde dentro del PSOE se muestran críticos con las primeras
señales de descoordinación exhibidas por el Ejecutivo de
Rodríguez Zapatero. No sólo se trata de que los vicepresidentes
hayan tenido que salir ya en más de una ocasión a rectificar
apresurados anuncios de otros ministros, sino que algunos nombramientos
en segundos niveles no presentan el perfil político necesario para
hacer frente a un PP oxigenado por el resultado de las europeas. El 13-J
ha ratificado la victoria, sí, pero también ha dado a Rajoy
las alas que necesitaba. Desde Moncloa se habla de los apenas 60 días
que lleva el Gobierno funcionando y desde algunos sectores del PSOE de
que hay que aprender deprisa y no dejar huecos libres al enemigo.
Por Inmaculada
Sánchez
Cualquier
manifestación libre se vive como una discrepancia porque venimos
de un gobierno de pensamiento único", se defiende la vicepresidenta,
Maria Teresa Fernández de la Vega. "Todo lo que hemos aprobado
hasta ahora en el Consejo de Ministros ha sido por unanimidad, y con escasa
discusión", remacha a El Siglo.
La número dos del Gobierno, sin embargo, sabe que esa sensación
de cierta descoordinación ha logrado traspasar los comentarios
de despacho y está empezando a servir de artillería a la
oposición aunque lo atribuye al "borbotón" de
iniciativas y decisiones que el Ejecutivo ha tomado en apenas sesenta
días desde que tomó posesión.
El tiempo es el argumento esgrimido por la cúpula de la dirección
socialista (Ver entrevista a Joan Lerma, portavoz en el Senado en páginas
16 a 18 de este mismo número) para justificar algunas aparentes
contradicciones públicas entre miembros del Gobierno pero los resultados
de las recientes elecciones europeas han confirmado a quienes se están
mostrando más críticos -todavía en privado- de que
la reacción necesaria no puede nutrirse sólo de que pasen
los días y las semanas.
Los "choques" entre ministros empezaron con alguna "inocente"
impericia, como el anuncio de la titular de Cultura, Carmen Calvo, de
que iba a rebajar el IVA de libros y discos cuando semejante medida no
está en la mano del Gobierno sin un previo acuerdo de Bruselas.
Hubo de ser la vicepresidenta quien la rectificara a los pocos días.
"Es la expresión de un deseo porque hay normas comunitarias
que tenemos que cumplir", dijo entonces.
Los siguientes pueden mostrar el típico desencuentro entre el área
económica gubernamental, siempre pendiente de cuadrar las cuentas,
y los ministerios de gasto, como ocurrió con unas explosivas declaraciones
del secretario de Estado de Hacienda, Miguel Angel Fernández Ordóñez.
El secretario de Estado se mostró partidario de privatizar parte
de RTVE y RENFE. Las dos máximas responsables de ambas entidades
apenas tardaron horas en contestar. La directora general de la radiotelevisión
pública, Carmen Cafarell, difundió una nota oficial del
ente calificando lo expuesto por Fernández Ordóñez
como una simple "opinión más" dentro del debate
sobre su futuro. La ministra de Fomento, Magdalena Alvarez, llegó
a hablar de "zapatero a tus zapatos" para exigir que la dejaran
manejar sus competencias.
Pero la persistencia de estos lances ha empezado a alarmar en algunos
circuitos socialistas. "El problema no son las personas, sino las
políticas", expone preocupado uno de los dirigentes consultados.
Así, los anuncios de la ministra de Vivienda, Maria Antonia Trujillo,
y las desautorizaciones que, posteriormente, ha tenido que escuchar por
boca del vicepresidente Solbes han hecho mucho daño al "estado
de gracia" con la ciudadanía del que, por el momento, aún
parece disfrutar el Gobierno.
Trujillo ya tuvo su primer traspiés cuando rebajó las 180.000
viviendas prometidas en el programa electoral a la categoría de
"actuaciones". Poco después abogó por sustituir
las actuales deducciones fiscales en la compra de vivienda por la concesión
de ayudas directas. Solbes llegó a calificar de "simplistas"
propuestas como la de la ministra para intentar resolver el problema de
la vivienda, aunque, naturalmente, no la citara expresamente.
Una respuesta parlamentaria del Gobierno venía a darle la razón
unos días después. En ella el Ejecutivo, contestando al
diputado de CiU Josep Sánchez Llibre, descartaba "a corto
plazo" modificar la fiscalidad de la vivienda. "No se considera
oportuno acometer, en este momento, una modificación del régimen
de deducción por inversión en vivienda habitual", decía
textualmente la respuesta.
"De momento", "a corto plazo"... Los desencuentros,
hasta ahora, han estado matizados por el factor tiempo. "Lo que llevamos
en el programa es para toda la legislatura, no hay que hacerlo todo en
el primer año", explica una fuente cercana a Moncloa.
Ese tiempo es el que también, aseguran, traerá el acuerdo
entre los titulares de Economía e Industria, Solbes y Montilla,
en cuanto a los horarios comerciales y los festivos que se permita abrir.
Fuentes de ambos departamentos afirman que sólo son matices en
los que hay que ponerse de acuerdo. "No tengo ningún problema
con Solbes", asegura Montilla a El siglo. Y añade: "Estamos
de acuerdo en el nuevo modelo".
¿Seguimos, por tanto, ante una discusión interministerial
que ese tiempo reclamado traerá resuelta? Algunos veteranos del
PSOE conocen de anteriores discusiones de este tipo, y de mayor calado,
a las que, sin embargo, no se dejó traspasar el umbral de los despachos.
Durante el primer gobierno de Felipe González, en 1982, algunos
de sus miembros recuerdan que suplían la inexperiencia con dos
reuniones de Consejo de Ministros, si era necesario, a la semana. Y, sobre
todo, con un exhaustivo control de los temas en la previa comisión
de subsecretarios.
"Ahí está buena parte del problema", afirma uno
de los críticos. "Con la política de nombramientos
light impulsada por este Gobierno, tenemos algunos subsecretarios
que no tienen el control político que deberían tener para
que no ocurran estas cosas", señala.
Otro ex ministro abunda en la importancia política que, en anteriores
gobiernos socialistas, incluso después de la marcha de Alfonso
Guerra de la vicepresidencia, tenía la citada comisión.
"A veces, otro ministro más experto te decía "esto
no lo pases por subsecretarios, que te lo tiran y no llega al Consejo",
explica.
Falta
cocina. Para quienes sostienen que parte de los iniciales errores
del Gobierno tienen mucho que ver con la bisoñez de algunos de
sus miembros el reciente espectáculo dado por el Centro de Investigaciones
Sociológicas (CIS) con motivo de las elecciones europeas no es
más que un perfecto ejemplo.
La encuesta dada a conocer por el organismo público antes de la
cita electoral dio un mensaje tranquilizador a los votantes del PSOE que
pudo resultar fatal el 13-J. Según sus datos publicados el PSOE
ganaría con una holgura de siete puntos al PP y la participación
superaría el 70 %. Tras la jornada electoral, hasta desde la oposición
se ha pedido el cese de su flamante director, Fernando Vallespín,
reconocido catedrático de Ciencias Políticas además
de colaborador habitual en distintos medios del grupo Prisa.
Desde el CIS se ha reconocido que los datos de la macroencuesta se dieron
"tal cual" sin pretender maquillar en nada el posible engaño
del encuestado, que se resiste a reconocer que no va a ejercer su derecho
al voto. Sociólogos de distintos ámbitos a los que se ha
consultado estos días en los medios con motivo de la estrambótica
encuesta han salido en defensa de la "cocina" demoscópica,
tan criticada en otras ocasiones pero que, profesionalmente, resulta imprescindible
para corregir errores y tener una visión cierta de la realidad
social.
Esta apuesta de Rodríguez Zapatero por "teóricos"
que aterrizan por primera vez en política -al igual de Vallespín,
Carmen Cafarell ha realizado toda su trayectoria profesional hasta ahora
en el mundo académico-, es otro de los elementos que mantiene en
alerta a algunos sectores socialistas.
El error del CIS llevó al propio José Blanco, a pedir en
la primera reunión de la ejecutiva federal socialista tras las
europeas que se impida al Centro realizar encuestas electorales en el
futuro. Lo propuso a título particular argumentando que, al tratarse
de un organismo público, no debería entrar en la contienda
electoral pero quienes lo escucharon vieron tras sus palabras parte del
susto que se vivió en Ferraz la noche de las elecciones, antes
de conocer los resultados exactos, cuando se vió que la participación
no llegaba ni al 50 por ciento.
Carmen Cafarell, por su parte, ha vuelto a disgustar a los sectores más
críticos con ella dentro del Partido Socialista con sus recientes
declaraciones afirmando que el posible control político de los
medios públicos estaría legitimado por las urnas.
Lo que ha dicho Cafarell no dista mucho de lo que pueden pensar sus principales
críticos socialistas aunque, precisamente, ha sorprendido que haya
dado esa baza a la oposición cuando su política de nombramientos
en el ente ha pretendido seguir la bandera de la independencia enarbolada
por Rodríguez Zapatero en su campaña electoral para disgusto
de más de uno.
"Al igual que hay que cocinar los datos de las encuestas para
que luego no te lleves sustos, también hay que llevar guisados
los temas al Consejo de Ministros, y me parece que en este gobierno, todavía
no hay cocinero", aventura, irónico, una fuente muy cercana
a Ferraz.
En la sede socialista cuentan los días para el próximo congreso
de julio, previsto para su primer fin de semana. Pasadas con aprobado
las elecciones europeas -aunque se hubiera preferido un notable-, urge
una ceremonia de aclamación y apoyo al líder y su primer
gobierno, que llegará, justamente, a punto de cumplir sus primeros
tres meses de andadura.
Pero, además del escenario, en Ferraz necesitan llenar los despachos
-"últimamente vas por allí y no hay nadie", informa
un cargo territorial-. Como suele ocurrir cuando un partido gana las elecciones
el trasvase de dirigentes de la estructura orgánica a la nueva
Administración deja desguarecido el aparato y en este caso el PSOE
no iba a ser la excepción. El secretario de Organización,
José Blanco, es quien pilota casi en solitario el barco, asistido
por quien se está convirtiendo en un hombre clave para la organización
en estos momentos, Alvaro Cuesta, secretario de Ciudades y Política
Municipal, cargo que lo mantiene en contacto permanente con todos los
territorios y sus respectivos dirigentes.
Cuatro ministros -Jesús Caldera, Cristina Narbona, Jordi Sevilla
y Juan Fernando López Aguilar-, dos Secretarios de Estado -Consuelo
Rumí y Leire Pajín- y el Presidente y la Vicepresidenta
del Congreso -Manuel Marín y Carmen Chacón- son secretarios
con cargo de la ejecutiva federal socialista. Una más, Micaela
Navarro, se ha ido con Chaves como consejera de Igualdad y Asuntos Sociales.
Este vacío podría estar, también, jugando su papel
en la criticada descoordinación. No en vano, una mayoría
de los consultados señalan al ministerio de Jesús Caldera
como el ejemplo a seguir ya que, a pesar de la enjundia y el volumen de
sus proyectos, aún no ha tenido ningún percance reseñable.
Quienes así lo refieren llaman la atención respecto al ministro
y a su perfil de partido. No hay más que ver sus nombramientos,
añaden las mismas fuentes, para ver que se apoya en gente que puede
suplir su inexperiencia en la Administración con un amplio bagaje
político. Dos de sus secretarios de Estado, Amparo Valcárcel
y Consuelo Rumí, eran portavoz parlamentaria y miembro de la ejecutiva
federal, y su secretario general de Empleo, Valeriano Gómez, tiene
un amplio historial de gestión tanto en el PSOE como en la UGT.
Algunos van más allá y se lamentan de que la autoexigida
paridad haya excluído a Caldera de una vicepresidencia que parecía
estar esperándole antes de las elecciones y que, finalmente, se
ha repartido en dos muy solventes y experimentados dirigentes pero a los
que les podría faltar un hilo conductor con el partido superior
al que tienen, especialmente en el caso del "independiente"
Solbes -la vicepresidenta primera tampoco tiene carné pero sólo
debido a su condición de magistrada, hándicap que la ha
impedido hacer vida orgánica en el mismo-.
Los relatados chirridos acontecidos hasta ahora podrían, no obstante,
adquirir categoría de serio problema en temas de la envergadura
de la reforma fiscal prometida por Zapatero en su programa.
La última de las matizaciones realizadas por Solbes ha tenido a
los impuestos como protagonistas. El ministro de Economía aseguró
hace unos días que las plusvalías continuarían tributando
con el típo mínimo del 15 por ciento que estableció
el PP durante su mandato, contradiciendo lo prometido en el programa socialista
a las elecciones generales que anunció elevarlas para equiparar
la tributación de las rentas del trabajo y las del capital.
Poco después, informaciones publicadas y no desmentidas por el
Ministerio de Economía, aseguraban que el departamento estudiaba
no elevar la tributación de las sociedades utilizadas habitualmente
por las grandes fortunas para pagar menos impuestos, las denominadas SIMCAV
(sociedades de inversión mobiliaria de capital variable), que actualmente
pagan el 1 por ciento y que, en la anterior legislatura fueron azote de
los parlamentarios socialistas, quienes pedían elevar ese porcentaje
al 30.
El calibre de la polémica obligó al mismísimo Zapatero
a aclarar públicamente lo que cabía esperar de las intenciones
fiscales del nuevo Gobierno aun encontrándose fuera de España.
Tranquilizó a sus votantes al señalar que habrá reforma
fiscal en la segunda parte de legislatura. "Hay tiempo suficiente
para debatir y hablar", afirmó, fiel a su estilo, desde Ginebra
al término de una intervención suya en la Organización
Internacional de Trabajo. ¿Marcará el reloj de Rajoy los
mismos minutos?
Victoria para el PSOE,
oxígeno para el PP
No fue fácil
vivir la noche electoral del 13 de junio pasado en la sede socialista
de Ferraz, aunque los resultados se tuvieran pronto. La elevadísima
abstención hizo sudar a muchos de los congregados en los despachos
de la dirección temiéndose lo peor. La encuesta del CIS
había pronosticado una participación por encima del 70 por
ciento y, aunque se la supusiera magnánima, tampoco los socialistas
esperaban una caída por debajo del umbral del 50 por ciento como
finalmente se produjo.
Los malos augurios al comienzo del recuento permitieron, posteriormente,
que los discretos resultados se vivieran como una gran victoria y los
semblantes de los dirigentes que comparecieron ante los medios fueran
de auténtica alegría. No votó cerca del 55 por ciento
de los ciudadanos pero los que lo hicieron eligieron la papeleta del PSOE,
con José Borrell a la cabeza, en un 43,30 por ciento. Los que llevaban
la del PP, con Jaime Mayor Oreja como cabeza de lista, sólo alcanzaron
el 41,30 por ciento.
Un suspiro de alivio recorrió Ferraz. En Génova, la sede
del PP, por el contrario, los abrazos y los brindis reflejaban su euforia.
El PSOE se había salvado. Volvía a ganar y nadie podría
restar ya legitimidad a su legislatura. Pero el PP había logrado
algo más, salvar el liderazgo de Rajoy y conjurar, al menos de
momento, a las tradicionales peleas cainitas en la derecha española.
A la semana siguiente se anunciaba la convocatoria de su próximo
congreso, que tendrá lugar la última semana de septiembre
o la primera de octubre, y en él ya no se representará el
drama de elegir un nuevo líder entre el vacío de la derrota.
Ahora, Rajoy, que ha conseguido en apenas tres meses sobreponerse al inesesperado
desalojo del poder, lograba reducir a dos los puntos de diferencia con
el PSOE.
Quien se ha visto obligado a convocar una asamblea extraordinaria para
reconducir la estrategia y, tal vez, sustituir a los dirigentes que la
ejecuten, es Izquierda Unida, cuyos resultados, después de haberse
sentido partícipe de la victoria del PSOE en las generales, la
han sumido nuevamente en la desesperación.
Ha pasado de cuatro a dos eurodiputados dejándose 600.000 votos
en el camino. Los críticos a Gaspar Llamazares ya argumentan que
el "entreguismo" al PSOE que le achacaban es el principal responsable
del desastre aunque la altísima abstención se ceba más
aún en opciones más a la izquierda que la socialista.
Por el contrario, los gobiernos de Cataluña y el País Vasco
han recibido los resultados de las europeas como un veraninego regalo
de Navidad. Para el Ejecutivo que preside Maragall ha representado el
refrendo a sus seis meses de andadura ya que el PSC ha resultado vencedor
y, sobre todo, CiU, que se presentaba en coalición con el PNV y
el BNG en la candidatura denominada Galeusca ha pasado a ser la tercera
fuerza después del PP, situación inédita durante
la era Pujol.
El lehendakari
Ibarretxe y Josu Jon Imaz también han tenido motivos para la celebración.
El PNV volvía a erigirse en el partido más votado de Euskadi
y han sido precisamente sus votos los que han salvado a Galeusca, que
además encabezaba el dirigente convergente Ignaci Guardans, de
una derrota sin paliativos. Han logrado tres eurodiputados con lo que
cada una de las principales formaciones de la coalición -también
se integraban el PSM balear y el Bloc Valenciano- tendrán un eurodiputado
en Estrasburgo.
El último escaño del Parlamento europeo correspondiente
a España será para Europa de los Pueblos, candidatura de
ERC, EA, Chunta Aragonesista y PSA. Aunque la lista la encabezaba el catalán
Bernat Joan i Marti, el escaño será compartido también
por el vasco Mikel Irujo.
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