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Nº 605 - 31 de mayo 2004

Su nueva vida, clave para el porvenir de la monarquía

SE JUEGAN LA CORONA

La boda celebrada el pasado 22 de mayo en la Catedral de La Almudena ha podido gustar más o menos, pero lo de menos es la estética de la ceremonia. El enlace ha despejado incertidumbres sobre el porvenir de la monarquía. El heredero de la Corona ha sentado la cabeza para poner rumbo a su futuro como jefe de Estado, una tarea no exenta de complicaciones que requiere del ejercicio diario de su papel institucional y de su presencia en lugares clave donde lograr la adhesión de la ciudadanía. De momento, Don Felipe y su esposa han empezado con buen pie. Su recorrido por ciudades históricas de la geografía española nada más comenzar su luna de miel ha sido del agrado de la opinión pública y les ha distanciado de los ambientes elitistas que hasta ahora habían frecuentado. Sólo cabe esperar que los Príncipes de Asturias sigan trabajando en beneficio de la institución y en el suyo propio.

Por V. M.

Los fastos de la boda ya han quedado atrás. Madrid ha vuelto a la normalidad y los Príncipes de Asturias han concluido su peregrinaje por las altas instituciones del Estado con el único objeto de recibir las felicitaciones de su próximo enlace. Ahora les ha llegado la hora de demostrar lo que son capaces de hacer por la institución a la que representan.

Don Felipe tiene claro cuáles son sus prioridades, aunque de momento no ha logrado concretarlas suficientemente. En una entrevista concedida a TVE con motivo de su 30 cumpleaños, dijo: “No enfoco el tiempo que media hasta la sucesión como una etapa ociosa, llena tan sólo de actos protocolarios, sino como una fase de mi vida caracterizada por el trabajo y esencialmente en una doble vertiente: que sea un trabajo útil al servicio de España y que en el terreno de los personal me satisfaga y me llene. Y ello porque creo que ambas facetas, la profesional y la personal, creo que son indispensables para el equilibrio en la vida de una persona”. De aquello ya han pasado más de seis años y todavía no se le ha visto hacer otra cosa que acudir a actos protocolarios. Y trabajar, lo que se entiende por trabajar, aún no ha empezado. Porque si bien es cierto que intervenir en presentaciones oficiales, entrevistarse con los representantes del Gobierno y las Comunidades Autónomas, pronunciar discursos en la sede de fundaciones sociales y culturales o acudir a las tomas de posesión de los mandatarios latinoamericanos requiere de cierto esfuerzo o por lo menos de su presencia y saber estar, lo que se entiende por trabajo no ha sido todavía contemplado por sus asesores de la Casa Real. Don Juan Carlos sí llegó en cierta ocasión a plantearse esta posibilidad. José García Abad lo relata en su libro “La soledad del Rey”. Según una fuente segura, personas cercanas al monarca le habían sugerido la conveniencia de que el Príncipe de Asturias se pusiera a trabajar. Después de consultar a gente de su confianza sobre el empleo más adecuado para su hijo, llegó a la conclusión de que lo más conveniente sería ocuparle en un puesto con contenido internacional. Fue entonces cuando se le ocurrió proponerle a Don Felipe que entrara a formar parte de la ‘plantilla’ del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos. Cuando llamó a capítulo a su hijo, éste le sorprendió con una respuesta inesperada, aunque no exenta de razón: “El Príncipe no debe trabajar en una fundación tan sesgada políticamente hacia el Partido Popular. El Príncipe de Asturias sólo puede comprometerse con instituciones, aceptadas por todos en razón de su apoliticismo o su carácter suprapartidario, donde esté garantizado el pluralismo político interno o bien en aquellas que persigan fines sociales o humanitarios”.

El trabajo. Don Felipe hizo bien en rechazar esta oferta, pero tanto él como su padre cometieron el error de no buscar con más ahínco una nueva ocupación acorde con su estatus. Porque aunque para algunos la monarquía está exenta de desempeñar las mismas tareas que el común de los mortales, para otros sería conveniente que se adaptara a la vida civil de la que, de hecho, forman parte. El Príncipe de Asturias aún carece de la responsabilidad que conlleva la jefatura del Estado y la Constitución no le asigna función alguna –salvo la de ser heredero de la Corona-, quizá para no generar algún tipo de bicefalia entre el Rey y su hijo. La Carta Magna sólo se refiere al Príncipe en tres artículos: para legitimar sus títulos (56.2), para prestar juramento a la Constitución y fidelidad al Rey al alcanzar la mayoría de edad (61.2) y para ejercer la regencia en caso de inhabilitación del Rey (59.2). Todo ello sería compatible con el ejercicio de algún tipo de trabajo, que podría compaginar con la agenda oficial diseñada por Zarzuela.

Otra posibilidad, apuntada a lo largo de los últimos días, es la de crear un estatuto que defina las funciones del heredero de la Corona y cubrir el vacío legal existente. Sin embargo, la tarea no es fácil, y menos aún si se tiene en cuenta que acaba de entrar en escena la Princesa de Asturias, de la que no existe referencia alguna en la legislación.

La Casa Real no es de la misma opinión. Dicen que el Príncipe ya está trabajando, que además de la cantidad de actividades que rellenan su agenda diaria todos los días acude a su despacho para contestar a centenares de solicitudes de muy diversas instituciones y organismos que solicitan su presencia en presentaciones, conferencias o entrevistas.

Por eso, a partir de ahora, Don Felipe seguirá ejerciendo el mismo papel que se le ha visto desempeñar hasta ahora, aunque con ciertas variaciones. A partir de ahora, el heredero de la Corona ya no estará solo. Le acompañará su esposa Doña Letizia, que tal y como publicó EL SIGLO hace tres semanas (ver número 602 “Letizia dibuja su papel de Princesa”), a partir del próximo verano la futura reina empezará a acompañar a su marido a los actos oficiales a los que él acuda y a medio y largo plazo comenzarán a compaginar este tipo de actividades con agendas separadas. De entre todas las solicitudes que lleguen a La Zarzuela, la Casa Real seleccionará el tipo de actos a los que podrá acudir la Princesa de Asturias. La presidencia de fundaciones de carácter social o cultural o la asistencia a las presentaciones convocadas por este tipo de instituciones serán, grosso modo, los principales escenarios por donde Doña Letizia comenzará a moverse en solitario.

Por otra parte, los Príncipes de Asturias se dejarán ver en público en más ocasiones con el objeto de acaparar mayor protagonismo. Lo hicieron la pasada semana, nada más comenzar su luna de miel. El baño de multitudes de la pareja en Cuenca, Albarracín, Zaragoza, Olite (Navarra) y San Sebastián fue todo un acierto de la Casa Real, que diseñó de antemano las visitas turísticas de la pareja por algunas ciudades históricas. Como contrapunto a las férreas medidas de seguridad que blindaron Madrid durante la boda, el tour de Don Felipe y Doña Letizia Ortiz por la geografía española se organizó con el objeto de permitirles una mayor cercanía a los ciudadanos. Porque la gente tiene estas contradicciones. Aunque no comulgue con la monarquía, sale a la calle a su encuentro, se afanan por estrechar la mano de la Familia Real y se agolpan a su paso para tratar de inmortalizarles con su cámara de fotos. Si ni siquiera esto pudieran, su entusiasmo se iría apagando poco a poco y con él la simpatía que despiertan los miembros de la Corona española. Por eso resultan ineludibles estos encuentros esporádicos y bien calculados. Como el de San Sebastián, una ciudad cuyas particularidades la convierten en un destino especialmente peligroso para los Borbones que sin embargo supo valorar el detalle de la visita echándose a la calle para ver a los Príncipes paseando por la playa de La Concha.

Al margen del futuro que les espera a los próximos Reyes de España, la boda ha tenido otros efectos colaterales. Desde hace algunos años, junto al Palacio Real se erige la Catedral de La Almudena. Sin embargo, desde el enlace, su presencia física ha adquirido mayor dimensión. La alfombra roja que unía los dos monumentos el pasado 22 de mayo para que por ella transitara el cortejo nupcial estaba cargada de simbolismo. El ex presidente de la Comunidad de Madrid y colaborador de EL SIGLO, Joaquín Leguina, recordaba hace algunos días en El País lo que en cierta ocasión le comentó el alcalde ‘profesor’ Enrique Tierno Galván: “Me malicio que con esta obra –la de la catedral de Madrid- intentaron volver a unir “el trono y el altar”. Una idea tan vieja como peligrosa”. Vieja, porque fue en épocas pasadas ya superadas cuando la monarquía aparecía ligada a la Iglesia más reaccionaria. Y peligrosa, porque contradice el espíritu constitucional de la España laica. La boda de Estado ha pasado por alto los preceptos de esta ley suprema vinculando la Corona, que es de todos los españoles, a la doctrina católica, que sólo es norma de fe no vinculante para su congregación de fieles. 

Tal vez sea por eso, por la vinculación de la Familia Real a la Iglesia, por lo que no se vio la escena de Don Felipe y Doña Letizia comulgando. Al principio se achacó a la realización de TVE, que por este y otros detalles ha sido duramente criticada. Sin embargo, Javier Montemayor, el realizador de la transmisión, lanzó la pelota al tejado de la Casa Real, diciendo que había cumplido órdenes de Zarzuela. Ésta, preguntada por la ausencia de imágenes, ha dicho que pretendieron preservar la intimidad de la pareja y el resto de invitados. La explicación no resulta convincente ya que durante la boda de la Infanta Elena sí se emitió la escena en que los duques de Lugo tomaban la sagrada forma. Teniendo en cuenta que Doña Letizia tuvo que pasar revista ante la jerarquía eclesiástica para explicar por qué ya se había casado por lo civil si formaba parte de la comunidad cristiana desde que recibiera el santo sacramento del bautismo, todo induce a pensar que tras las imágenes ‘censuradas’ existen otro tipo de motivaciones. Como por ejemplo, que la Conferencia Episcopal haya recomendado a los monarcas discreción a la hora de mostrar este tipo de escenas a la espera de que la Princesa de Asturias vaya mitigando su “frialdad” religiosa hasta abrazar la doctrina de la Santa Madre Iglesia.

Y hablando de frialdad, la que le han achacado a los contrayentes y sus familias en la boda. Los millones de espectadores que siguieron en directo la ceremonia religiosa echaron en falta algún detalle anecdótico. Después de ver la semana anterior a Federico de Dinamarca derramar lágrimas de emoción ante el altar de la catedral de Copenhague, los españoles esperaban que Don Felipe o Letizia Ortiz rompieran el protocolo haciendo un guiño de complicidad a su público. Pero nada de nada. Si no es por los expertos en la lectura de labios –han descubierto que don Felipe dijo a su novia “Te quiero, te quiero, guapa”- los españoles ni se enteran de que aquello era una boda por amor. Pero visto lo visto, a veces es mejor quedarse corto que emocionarse en exceso. Si no que se lo digan a Jesús Ortiz, el padre de la novia, que en su breve discurso en el Patio del Príncipe tras finalizar el almuerzo –ver despiece “Los brindis de la boda- quiso hacer un alarde de ingenio y acabó comparando a su hija con la Cenicienta y a Don Felipe con el Principito de Saint-Exúpery. Sólo le faltó rizar y rizo y acabar diciendo aquello de “y fueron felices y comieron perdices”.

Por último, no se puede hablar de la boda del siglo sin hacer referencia a los gastos que han generado todos los preparativos de la ceremonia. Entre unas estimaciones y otras y a falta de cifras oficiales, los fastos del enlace han costado entre 20 y 40 millones de euros. Haciendo una media entre las cifras barajadas, de las arcas públicas del Ayuntamiento de Madrid salieron 9 millones de euros para engalanar la capital española –2,11 millones en jardinería-, adecentar los edificios al paso de la comitiva nupcial -5 millones en decoración- y pagar la iluminación. Por cierto, que el Consistorio intentó ahorrarse un par de millones de euros tratando de convencer a las compañías eléctricas para que corrieran ellas con los gastos. Éstas se negaron y el Ayuntamiento tuvo que sufragar ella sola los haces de luz que durante varios días causaron tal colapso en el centro de la ciudad que el día antes de la boda tuvieron que retirarlos por motivos de seguridad. La retransmisión de televisión tampoco se queda corta. Según la directora general de RTVE, Carmen Caffarel, al ente público le ha costado emitir las imágenes 4,5 millones de euros, aunque la cifra podría variar a falta de realizar los últimos cálculos. La Almudena y el Palacio Real también ha requerido de un importante desembolso. Cerca de 3 millones de euros han sido necesarios para cubrir las excavaciones de La Catedral, acondicionar el Patio del Príncipe y rematar la fachada del Palacio. El presupuesto para seguridad es casi equiparable al asumido por el Consistorio. 8 millones de euros han sido necesarios para pagar a 15.000 policías y otros 20.000 agentes de los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado. El transporte de los invitados a la ceremonia ha sido más barato. Las empresas de coches han ofrecido algunos de sus modelos más lujosos y el Ministerio del Interior se ha limitado a asumir el coste de la gasolina. El resto de las gastos son más modestos aunque nada desdeñables: el menú de los 1.700 invitados al almuerzo en Palacio costó más de 300.000 euros, el vestido de la novia 6.000 euros, el del novio 5.000 euros, la peluquería y maquillaje puestos a disposición de los invitados más selectos más de 500.000 euros, el alojamiento de las personalidades más destacadas un millón de euros y las pantallas instaladas en lugares estratégicos de Madrid 120.000 euros. Dicen que habría costado 1.000 millones de euros la publicidad que la boda le ha dado a la capital en todo el mundo. Sólo cabe desear que los Príncipes de Asturias sigan promocionando ésta y todas las ciudades españolas, pero que sean más austeros.

Los brindis de la boda

Del enlace entre el Príncipe Felipe y Doña Letizia Ortiz se ha dicho que fue demasiado frío y protocolario, que las emociones estaban contenidas y que los protagonistas de la ceremonia fueron demasiado comedidos. Tal vez se estaban reservando para el brindis posterior al almuerzo. Don Juan Carlos, el Príncipe y Jesús Ortiz pronunciaron sus respectivos discursos, unos más emocionados que otros, para manifestar lo que se habían estado reservando hasta los postres. A continuación, reproducimos íntegramente sus palabras.

Rey Don Juan Carlos

Muchas gracias a todos por vuestra presencia y afecto al querer compartir con mi Familia la profunda emoción de este día. Gracias asimismo por las muy generosas expresiones de cariño que los españoles nos están brindando.

Desde lo más hondo de mi corazón, quiero expresar la enorme ilusión con la que he esperado esta fecha, una ilusión especialmente compartida por la Reina y también por toda mi Familia.

Hoy siento una felicidad enorme, siempre difícil de contener, como padre pero también como Rey.

Queridísima Letizia, te recibimos con los brazos abiertos y con el mayor cariño en el seno de nuestra Familia. Gracias por la alegría a raudales que Felipe y tú nos habéis aportado al sellar hoy de forma solemne vuestra unión. La Reina y yo os deseamos toda una vida colmada de felicidad y entrega mutua.

Vuestra unión que nace del amor y del más firme compromiso mutuo es, a la vez, símbolo de esperanza, semilla de continuidad dinástica y garantía de estabilidad para la Monarquía Parlamentaria que establece nuestra Constitución.

Como Rey estoy convencido de que Felipe y Letizia sabrán cumplir siempre con rectitud, esmero y ejemplaridad sus obligaciones y responsabilidades, primero como Príncipes de Asturias y, llegado el momento, también como Reyes.

Pensad siempre en España y dedicad, con amor y devoción, lo mejor de vuestros esfuerzos a los españoles, para aunar sus esperanzas, compartir sus ilusiones y poderos fundir siempre con sus sentimientos y dificultades. Sé que os anima la pasión de servir a este gran país, diverso y plural, orgulloso de su convivencia en democracia y libertad.

Gracias al Gobierno por su afectuosa declaración de hondo sentido institucional emitida en el día de ayer y por su decisivo apoyo al buen desarrollo de esta celebración. Gracias también por el calor brindado desde todas las demás Instituciones y Comunidades Autónomas aquí representadas, en particular al Ayuntamiento de Madrid y a sus ciudadanos por volcar tanta generosidad y afecto hacia esta boda, una gratitud que hago extensiva a toda la Comunidad Autónoma de Madrid.

Ahora os pido a todos que brindéis conmigo por la felicidad de Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, por su dicha familiar y por la continuidad institucional que encarnan. Para que, en suma, su felicidad sea siempre la nuestra.

Príncipe de Asturias

No puedo ni quiero esconderlo, imagino que salta a la vista: Soy un hombre feliz. Y tengo la certeza de que esta condición me la da sentir la emoción de ver y protagonizar la realización de un deseo: Me he casado con la mujer que amo. Conjugar la razón con la fuerza del amor y del sentimiento ha sido siempre un objetivo en mi vida. Por eso, estamos celebrando hoy que Letizia y yo unamos nuestras vidas en una comunión de amor, responsabilidad, trabajo, respeto y entrega mutua. Nuestra unión para siempre se la ofrecemos a nuestras familias y sobre todo a nuestro destino, íntimamente ligado al futuro de los españoles.

Afrontamos nuestro futuro con una ilusión y una esperanza muy profundas. El servicio a los españoles es el gran compromiso personal e institucional con el que Letizia y yo iniciamos ahora una nueva etapa en nuestra vida.

En ella estamos seguros de encontrar la felicidad duradera que toda familia busca y desea. Aspiramos a fundar una familia. Y queremos alcanzar el necesario equilibrio entre lo público y lo privado, entre las obligaciones - que lo son de por vida - y la legítima y necesaria vida familiar; sabiendo que nuestro trabajo requiere una serenidad, una dedicación, una constancia y una mesura tales que permitan hilar el tiempo político con el tiempo humano.

Letizia: hace poco mas de un año dimos los primeros pasos que, con amor y serenidad, nos han traído hasta aquí. No es mucho tiempo ni poco; el suficiente para habernos descubierto mutuamente, con transparencia y sinceridad, como la persona que deseábamos tener a nuestro lado para toda la vida. El conocimiento y respeto recíprocos, nuestra complementariedad y complicidad han ido día a día cimentando lo que con tanta fuerza nos acercó e impulsó para llegar a nuestro matrimonio. Es también muy importante - y tú me lo dices tanto - que sepamos encontrar el uno en el otro el remanso necesario para reflexionar, disfrutar y compartir todo aquello que nos hace crecer como personas, enorgullecernos y sobrellevar la intensidad de nuestras vidas. Y lo es tanto más por cuanto ha de ser fuente de gozo y armonía familiar. Se que lo conseguiremos sin duda.

Señoras y Señores

El compromiso que Letizia y yo hemos asumido hoy transciende de lo meramente personal. Desde muy pequeño he sido consciente de mis responsabilidades y la lealtad al Rey junto al sentido del deber han guiado mi vida. Pues bien me siento orgulloso de que Letizia se incorpore desde hoy a este proyecto con convicción y responsabilidad; Y quiero que todos sepan lo agradecido que estoy a Letizia por su entrega y determinación a lo que dicho proyecto conlleva.

En el camino que hemos de recorrer contamos con el ejemplo impagable de Sus Majestades los Reyes.

De Su Majestad el Rey, que junto a una generación de grandes patriotas consiguió la reconciliación de los españoles, protagonizó el establecimiento y la consolidación de la democracia y ha ejercido de forma impecable sus funciones constitucionales. De Su Majestad la Reina, con su apoyo constante y permanente al Rey, su sensibilidad, su disponibilidad y su ejemplo. Ambos han conseguido que la Corona sea una institución útil al servicio de España y respetada y querida por los españoles.

Y aunque las circunstancias serán diferentes y también las personas, mi vocación de continuidad con ese modelo y con su ejemplo de servicio es rotunda y firme. Deriva de una intima convicción y mi compromiso permanente de que la Corona siga contribuyendo a la estabilidad institucional de España, a la integración y cohesión de los españoles y a ser garantía de su libertad y progreso.

Majestad: no tengáis ninguna duda de que siempre pensaremos en España y de que toda nuestra vida estará dedicada al bienestar de los españoles.

Hoy hemos sellado nuestro amor ante Dios y ante la sociedad; todos sois testigos de ello y de la autenticidad que nos mueve. Por eso estamos especialmente contentos de poder compartir con vosotros, con los madrileños y con todos los españoles este momento tan crucial en nuestras vidas.

Queremos agradecer las constantes muestras de cariño y generosidad llegadas desde tantos puntos de la geografía española, incluso de fuera de nuestro país. También el afecto, el esfuerzo y la dedicación de las Instituciones y de muchos miles de personas que han contribuido al buen desarrollo de estos días de celebración. Sería deseable, aunque imposible, hacer llegar a todos ellos personalmente nuestra gratitud. Como también es imposible tener aquí a tantas personas especiales para nosotros, pero a las que dedicamos un cariñoso recuerdo desde aquí.

En este capítulo de agradecimientos y recuerdos queremos tener uno especial para nuestras familias. Somos resultado en parte de sus desvelos y hemos recibido de ellas durante todos estos meses su apoyo y comprensión, que ha sido sustento vital y lo seguirá siendo. Además, llegar hasta aquí no hubiera sido posible sin el concurso de ellas y de muchas personas, entre las que quiero especialmente destacar a mis hermanas, las Infantas y a sus maridos. Pero, sobre todo, no hubiera sido posible sin SSMM los Reyes. Es mucho lo que como hijo tengo que agradecerles a lo largo de mi vida. Y hoy, en el día de mi boda, quiero dejar constancia publica de mi más profundo agradecimiento por su cariño y apoyo permanente. No es posible entender mi felicidad sin la suya.

Hoy yo recibo dos padres y dos hermanas más, y también cuatro abuelos - que yo ya no tengo-. De los míos sigo recibiendo inspiración y su memoria me acompaña y enorgullece. De los suyos recibo una calurosa cercanía y el valioso aprendizaje de sus vidas. Recibid mi respetuosa y cariñosa gratitud.

M de Madrid, de Mayo y de Memoria; en ella siempre estarán los ausentes, los que no les fue permitida criminal y brutalmente seguir viviendo sus ilusiones y desvelos; y también los que hoy no pueden disfrutar con ellos, libre y cívicamente de la primavera madrileña que nos acoge y nos levanta el ánimo.

Con su recuerdo presente, permitidme levantar mi copa por Letizia, por Sus Majestades los Reyes y por España.

Jesús Ortiz, padre de la Princesa de Asturias y padrino del enlace

Majestades, Altezas Reales, Altezas, Excelentísimos señoras y señores, señoras, señores, amigos.

El corazón, terco de recuerdos las más de las veces, me ponía estos días en pantalla la imagen de S. A. R. la Princesa de Asturias cuando, vestida de Cenicienta recién tocada por la varita del hada madrina, allá por sus seis o siete años, bailaba un vals imposible con el príncipe azul imaginario, siempre presto a seguirla a todas partes a la hora de la merienda.

Seguramente, con más o menos intensidad, la mayoría de las niñas sueñan lo mismo; es lo que ven en los cuentos. Mi hija, como todas ellas, sabía que esos sueños no suelen cumplirse. Y ha sucedido ¡que no se ha hecho realidad, afortunadamente! El siglo XXI no está para galanes edulcorados montados en blancos corceles, presas fáciles de intrigantes, sino para quienes saben ser al tiempo, y con la misma calidad humana, hombres, compañeros y estadistas. Esta ilusión sí que se ha hecho realidad.

Cuenta el tópico que los amigos del padre de la novia, elementalmente consternado porque su pequeña ya no va a reclamarle a diario para cuitas y alegrías o para rotos y descosidos, suelen consolarle con la frase : «No pierdes una hija; ganas un hijo».

Creo que, en este caso, yo gano algo más que esa idea de hijo al uso: adquiero el convencimiento de que dos personalidades bien definidas, firmes, constantes, se han sabido tomar mutuamente el pulso para decidir que merece la pena reír al unísono y aprender juntos a superar escollos. Y gano también, como diría el zorro al Principito en la obra de Antoine de Saint-Exúpery, por los colores rojo y gualda.

Alzo mi copa por esta promesa viva de un tiempo de paz. ¡Por el futuro que representáis, Altezas Reales, y que empieza hoy.

 
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