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Su nueva vida, clave para el porvenir de la monarquía SE JUEGAN LA CORONA |
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La boda celebrada el pasado 22 de mayo en la Catedral de La Almudena ha podido gustar más o menos, pero lo de menos es la estética de la ceremonia. El enlace ha despejado incertidumbres sobre el porvenir de la monarquía. El heredero de la Corona ha sentado la cabeza para poner rumbo a su futuro como jefe de Estado, una tarea no exenta de complicaciones que requiere del ejercicio diario de su papel institucional y de su presencia en lugares clave donde lograr la adhesión de la ciudadanía. De momento, Don Felipe y su esposa han empezado con buen pie. Su recorrido por ciudades históricas de la geografía española nada más comenzar su luna de miel ha sido del agrado de la opinión pública y les ha distanciado de los ambientes elitistas que hasta ahora habían frecuentado. Sólo cabe esperar que los Príncipes de Asturias sigan trabajando en beneficio de la institución y en el suyo propio. Por V. M. Los fastos de la boda ya han quedado atrás. Madrid ha vuelto a la normalidad y los Príncipes de Asturias han concluido su peregrinaje por las altas instituciones del Estado con el único objeto de recibir las felicitaciones de su próximo enlace. Ahora les ha llegado la hora de demostrar lo que son capaces de hacer por la institución a la que representan. Don Felipe tiene claro cuáles son sus prioridades, aunque de momento no ha logrado concretarlas suficientemente. En una entrevista concedida a TVE con motivo de su 30 cumpleaños, dijo: “No enfoco el tiempo que media hasta la sucesión como una etapa ociosa, llena tan sólo de actos protocolarios, sino como una fase de mi vida caracterizada por el trabajo y esencialmente en una doble vertiente: que sea un trabajo útil al servicio de España y que en el terreno de los personal me satisfaga y me llene. Y ello porque creo que ambas facetas, la profesional y la personal, creo que son indispensables para el equilibrio en la vida de una persona”. De aquello ya han pasado más de seis años y todavía no se le ha visto hacer otra cosa que acudir a actos protocolarios. Y trabajar, lo que se entiende por trabajar, aún no ha empezado. Porque si bien es cierto que intervenir en presentaciones oficiales, entrevistarse con los representantes del Gobierno y las Comunidades Autónomas, pronunciar discursos en la sede de fundaciones sociales y culturales o acudir a las tomas de posesión de los mandatarios latinoamericanos requiere de cierto esfuerzo o por lo menos de su presencia y saber estar, lo que se entiende por trabajo no ha sido todavía contemplado por sus asesores de la Casa Real. Don Juan Carlos sí llegó en cierta ocasión a plantearse esta posibilidad. José García Abad lo relata en su libro “La soledad del Rey”. Según una fuente segura, personas cercanas al monarca le habían sugerido la conveniencia de que el Príncipe de Asturias se pusiera a trabajar. Después de consultar a gente de su confianza sobre el empleo más adecuado para su hijo, llegó a la conclusión de que lo más conveniente sería ocuparle en un puesto con contenido internacional. Fue entonces cuando se le ocurrió proponerle a Don Felipe que entrara a formar parte de la ‘plantilla’ del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos. Cuando llamó a capítulo a su hijo, éste le sorprendió con una respuesta inesperada, aunque no exenta de razón: “El Príncipe no debe trabajar en una fundación tan sesgada políticamente hacia el Partido Popular. El Príncipe de Asturias sólo puede comprometerse con instituciones, aceptadas por todos en razón de su apoliticismo o su carácter suprapartidario, donde esté garantizado el pluralismo político interno o bien en aquellas que persigan fines sociales o humanitarios”. El trabajo. Don Felipe hizo bien en rechazar esta oferta, pero tanto él como su padre cometieron el error de no buscar con más ahínco una nueva ocupación acorde con su estatus. Porque aunque para algunos la monarquía está exenta de desempeñar las mismas tareas que el común de los mortales, para otros sería conveniente que se adaptara a la vida civil de la que, de hecho, forman parte. El Príncipe de Asturias aún carece de la responsabilidad que conlleva la jefatura del Estado y la Constitución no le asigna función alguna –salvo la de ser heredero de la Corona-, quizá para no generar algún tipo de bicefalia entre el Rey y su hijo. La Carta Magna sólo se refiere al Príncipe en tres artículos: para legitimar sus títulos (56.2), para prestar juramento a la Constitución y fidelidad al Rey al alcanzar la mayoría de edad (61.2) y para ejercer la regencia en caso de inhabilitación del Rey (59.2). Todo ello sería compatible con el ejercicio de algún tipo de trabajo, que podría compaginar con la agenda oficial diseñada por Zarzuela. Otra posibilidad, apuntada a lo largo de los últimos días, es la de crear un estatuto que defina las funciones del heredero de la Corona y cubrir el vacío legal existente. Sin embargo, la tarea no es fácil, y menos aún si se tiene en cuenta que acaba de entrar en escena la Princesa de Asturias, de la que no existe referencia alguna en la legislación. La Casa Real no es de la misma opinión. Dicen que el Príncipe ya está trabajando, que además de la cantidad de actividades que rellenan su agenda diaria todos los días acude a su despacho para contestar a centenares de solicitudes de muy diversas instituciones y organismos que solicitan su presencia en presentaciones, conferencias o entrevistas. Por eso, a partir de ahora, Don Felipe seguirá ejerciendo el mismo papel que se le ha visto desempeñar hasta ahora, aunque con ciertas variaciones. A partir de ahora, el heredero de la Corona ya no estará solo. Le acompañará su esposa Doña Letizia, que tal y como publicó EL SIGLO hace tres semanas (ver número 602 “Letizia dibuja su papel de Princesa”), a partir del próximo verano la futura reina empezará a acompañar a su marido a los actos oficiales a los que él acuda y a medio y largo plazo comenzarán a compaginar este tipo de actividades con agendas separadas. De entre todas las solicitudes que lleguen a La Zarzuela, la Casa Real seleccionará el tipo de actos a los que podrá acudir la Princesa de Asturias. La presidencia de fundaciones de carácter social o cultural o la asistencia a las presentaciones convocadas por este tipo de instituciones serán, grosso modo, los principales escenarios por donde Doña Letizia comenzará a moverse en solitario. Por otra parte, los Príncipes de Asturias se dejarán ver en público en más ocasiones con el objeto de acaparar mayor protagonismo. Lo hicieron la pasada semana, nada más comenzar su luna de miel. El baño de multitudes de la pareja en Cuenca, Albarracín, Zaragoza, Olite (Navarra) y San Sebastián fue todo un acierto de la Casa Real, que diseñó de antemano las visitas turísticas de la pareja por algunas ciudades históricas. Como contrapunto a las férreas medidas de seguridad que blindaron Madrid durante la boda, el tour de Don Felipe y Doña Letizia Ortiz por la geografía española se organizó con el objeto de permitirles una mayor cercanía a los ciudadanos. Porque la gente tiene estas contradicciones. Aunque no comulgue con la monarquía, sale a la calle a su encuentro, se afanan por estrechar la mano de la Familia Real y se agolpan a su paso para tratar de inmortalizarles con su cámara de fotos. Si ni siquiera esto pudieran, su entusiasmo se iría apagando poco a poco y con él la simpatía que despiertan los miembros de la Corona española. Por eso resultan ineludibles estos encuentros esporádicos y bien calculados. Como el de San Sebastián, una ciudad cuyas particularidades la convierten en un destino especialmente peligroso para los Borbones que sin embargo supo valorar el detalle de la visita echándose a la calle para ver a los Príncipes paseando por la playa de La Concha. Al margen del futuro que les espera a los próximos Reyes de España, la boda ha tenido otros efectos colaterales. Desde hace algunos años, junto al Palacio Real se erige la Catedral de La Almudena. Sin embargo, desde el enlace, su presencia física ha adquirido mayor dimensión. La alfombra roja que unía los dos monumentos el pasado 22 de mayo para que por ella transitara el cortejo nupcial estaba cargada de simbolismo. El ex presidente de la Comunidad de Madrid y colaborador de EL SIGLO, Joaquín Leguina, recordaba hace algunos días en El País lo que en cierta ocasión le comentó el alcalde ‘profesor’ Enrique Tierno Galván: “Me malicio que con esta obra –la de la catedral de Madrid- intentaron volver a unir “el trono y el altar”. Una idea tan vieja como peligrosa”. Vieja, porque fue en épocas pasadas ya superadas cuando la monarquía aparecía ligada a la Iglesia más reaccionaria. Y peligrosa, porque contradice el espíritu constitucional de la España laica. La boda de Estado ha pasado por alto los preceptos de esta ley suprema vinculando la Corona, que es de todos los españoles, a la doctrina católica, que sólo es norma de fe no vinculante para su congregación de fieles. Tal vez sea por eso, por la vinculación de la Familia Real a la Iglesia, por lo que no se vio la escena de Don Felipe y Doña Letizia comulgando. Al principio se achacó a la realización de TVE, que por este y otros detalles ha sido duramente criticada. Sin embargo, Javier Montemayor, el realizador de la transmisión, lanzó la pelota al tejado de la Casa Real, diciendo que había cumplido órdenes de Zarzuela. Ésta, preguntada por la ausencia de imágenes, ha dicho que pretendieron preservar la intimidad de la pareja y el resto de invitados. La explicación no resulta convincente ya que durante la boda de la Infanta Elena sí se emitió la escena en que los duques de Lugo tomaban la sagrada forma. Teniendo en cuenta que Doña Letizia tuvo que pasar revista ante la jerarquía eclesiástica para explicar por qué ya se había casado por lo civil si formaba parte de la comunidad cristiana desde que recibiera el santo sacramento del bautismo, todo induce a pensar que tras las imágenes ‘censuradas’ existen otro tipo de motivaciones. Como por ejemplo, que la Conferencia Episcopal haya recomendado a los monarcas discreción a la hora de mostrar este tipo de escenas a la espera de que la Princesa de Asturias vaya mitigando su “frialdad” religiosa hasta abrazar la doctrina de la Santa Madre Iglesia. Y hablando de frialdad, la que le han achacado a los contrayentes y sus familias en la boda. Los millones de espectadores que siguieron en directo la ceremonia religiosa echaron en falta algún detalle anecdótico. Después de ver la semana anterior a Federico de Dinamarca derramar lágrimas de emoción ante el altar de la catedral de Copenhague, los españoles esperaban que Don Felipe o Letizia Ortiz rompieran el protocolo haciendo un guiño de complicidad a su público. Pero nada de nada. Si no es por los expertos en la lectura de labios –han descubierto que don Felipe dijo a su novia “Te quiero, te quiero, guapa”- los españoles ni se enteran de que aquello era una boda por amor. Pero visto lo visto, a veces es mejor quedarse corto que emocionarse en exceso. Si no que se lo digan a Jesús Ortiz, el padre de la novia, que en su breve discurso en el Patio del Príncipe tras finalizar el almuerzo –ver despiece “Los brindis de la boda- quiso hacer un alarde de ingenio y acabó comparando a su hija con la Cenicienta y a Don Felipe con el Principito de Saint-Exúpery. Sólo le faltó rizar y rizo y acabar diciendo aquello de “y fueron felices y comieron perdices”. Por último, no se puede hablar de la boda del siglo sin hacer referencia a los gastos que han generado todos los preparativos de la ceremonia. Entre unas estimaciones y otras y a falta de cifras oficiales, los fastos del enlace han costado entre 20 y 40 millones de euros. Haciendo una media entre las cifras barajadas, de las arcas públicas del Ayuntamiento de Madrid salieron 9 millones de euros para engalanar la capital española –2,11 millones en jardinería-, adecentar los edificios al paso de la comitiva nupcial -5 millones en decoración- y pagar la iluminación. Por cierto, que el Consistorio intentó ahorrarse un par de millones de euros tratando de convencer a las compañías eléctricas para que corrieran ellas con los gastos. Éstas se negaron y el Ayuntamiento tuvo que sufragar ella sola los haces de luz que durante varios días causaron tal colapso en el centro de la ciudad que el día antes de la boda tuvieron que retirarlos por motivos de seguridad. La retransmisión de televisión tampoco se queda corta. Según la directora general de RTVE, Carmen Caffarel, al ente público le ha costado emitir las imágenes 4,5 millones de euros, aunque la cifra podría variar a falta de realizar los últimos cálculos. La Almudena y el Palacio Real también ha requerido de un importante desembolso. Cerca de 3 millones de euros han sido necesarios para cubrir las excavaciones de La Catedral, acondicionar el Patio del Príncipe y rematar la fachada del Palacio. El presupuesto para seguridad es casi equiparable al asumido por el Consistorio. 8 millones de euros han sido necesarios para pagar a 15.000 policías y otros 20.000 agentes de los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado. El transporte de los invitados a la ceremonia ha sido más barato. Las empresas de coches han ofrecido algunos de sus modelos más lujosos y el Ministerio del Interior se ha limitado a asumir el coste de la gasolina. El resto de las gastos son más modestos aunque nada desdeñables: el menú de los 1.700 invitados al almuerzo en Palacio costó más de 300.000 euros, el vestido de la novia 6.000 euros, el del novio 5.000 euros, la peluquería y maquillaje puestos a disposición de los invitados más selectos más de 500.000 euros, el alojamiento de las personalidades más destacadas un millón de euros y las pantallas instaladas en lugares estratégicos de Madrid 120.000 euros. Dicen que habría costado 1.000 millones de euros la publicidad que la boda le ha dado a la capital en todo el mundo. Sólo cabe desear que los Príncipes de Asturias sigan promocionando ésta y todas las ciudades españolas, pero que sean más austeros.
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