Hemeroteca
Esta semana
Lista Temas de portada
Nº 604 - 24 de mayo 2004

Social-liberales, ‘progres’, gestores y ‘zapateristas’ puros se reparten el Ejecutivo junto al inclasificable Bono

LAS FAMILIAS DEL GOBIERNO

Cuando Zapatero ganó el 35 Congreso del PSOE proclamó el fin de las familias en el partido. Y, en efecto,
así ocurrió. Nadie se identifica ya con los renovadores ni los guerristas. Sin embargo, su primer Gobierno no puede evitar que entre sus distintos miembros convivan diferentes sensibilidades de la gran familia socialista, tal y como los primeros choques entre algunos ministros han dejado ver. El vicepresidente segundo
y ministro de Economía, Pedro Solbes, lidera el ala más social-liberal, mientras que la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega es ubicada a la cabeza de los más progres, entendidos en el sentido más clásico de la socialdemocracia. Junto a ellos, gestores con un perfil más técnico que ideológico o recién aterrizados
en la arena política por su relación personal con Zapatero como principal equipaje comparten la mesa del Consejo de Ministros junto al titular de Defensa, José Bono, único en su especie social-cristiana,
más cercana al centro.

 

Por Inmaculada Sánchez y A.P.V.

Todos son de Zapatero. El nuevo líder quiso borrar con su victoria en el 35 Congreso las viejas peleas que habían herido al PSOE en sus años de gobierno entre los partidarios de Felipe González y los fieles a Alfonso Guerra.

Ya no hay felipistas ni guerristas pero la amplia familia socialista acoge sensibilidades que no pueden calificarse de idénticas. Lo dejó ver claramente el secretario de Estado de Hacienda, Miguel Angel Fernández Ordóñez, cuando hace unos días habló sin tapujos en una entrevista concedida a El País de la posibilidad de privatizar parte de RTVE o, incluso, de RENFE.

El colaborador de Solbes había pronunciado una palabra casi tabú en la más pura ortodoxia socialista y algunos compañeros de Gabinete salieron a contestar. El desencuentro no era el primero de ese estilo vivido en un gobierno socialista. Ni será el último. La avalancha de reformas que el Gobierno de Rodríguez Zapatero pretende imprimir en su gestión permite aventurar tensiones entre los miembros de su Ejecutivo que, aun compartiendo un programa electoral de los más concretos que se conocen, no tiene todos sus renglones escritos y puede abordarse con distintos métodos y tiempos.

Bueno será, para analizar con criterio futuras pugnas, acercarnos al perfil que este primer gobierno presenta agrupando a sus miembros en unas familias sin lazos de sangre entre sí.

Social-liberales

Este apelativo, viejo conocido en el PSOE para designar despectivamente a quienes se salían de la ortodoxia socialista, ya fue utilizado en los prolegómenos del 35 Congreso para desdeñar al entonces pequeño grupo que apoyaba a Zapatero para la secretaría general y se hacía llamar Nueva Vía. El fuerte componente social del programa electoral que luego defendió Zapatero  en su campaña hizo olvidar hace tiempo esa reivindicación del “individualismo creador”, tal como lo definía el hoy ministro Jordi Sevilla en su libro De Nuevo Socialismo y del que Nueva Vía hacía bandera, frente al insolidario individuo del neoliberalismo. Ahora, sin embargo, ese debate ideológico, vistos desde el Gobierno, muestra nuevos límites entre ministros.

La elección de Solbes como vicepresidente y ministro de Economía dejaba bien claro en manos de quién quería poner Zapatero tan delicada área. Solbes fue el último titular de Economía del PSOE  y siempre se le ha reconocido como un defensor de la ortodoxia financiera. Su paso de cinco años por la Comisaría de Asuntos Económicos y Monetarios de la Unión Europea así lo han dejado ver cuando ha defendido el Pacto de Estabilidad frente a los países que han incurrido en mayores déficits de los permitidos.

El ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, lleva ya tiempo conviviendo con el calificativo de liberal dentro del PSOE, aunque él siempre añada a su autodefinición el “socialista a fuer de liberal” de Indalecio Prieto. No en vano inició su carrera política como jefe de Gabinete de Solbes cuando éste era secretario de Estado.

Sevilla no oculta sus posiciones, aunque se habrá permitido alguna ironía privada cuando, tras la irrupción de Miguel Sebastián entre los notables de Zapatero el economista levantó las iras de algunos compañeros de partido y le arrebató  el honor de ser el más liberal en las cercanías del líder.

También se puede incluir en esta familia sin condición de grupo a la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez. Al igual que Sevilla, el salto a la política activa de esta doctora en Económicas y Empresariales lo dio con Solbes, quien la nombró directora general de Incentivos Económicos y Regionales. Luego se la recomendó a Chaves para su Junta, en donde ha ejercido de consejera durante ocho años, y el presidente andaluz, finalmente, la hizo valer ante Zapatero.

En el Gobierno andaluz ha sido la guardiana de los dineros y ahora, el presidente la ha puesto al frente del ministerio del gasto por excelencia. Su perfil, por tanto, puede variar en función de su actual departamento –ya la hemos visto responder a Fernández Ordóñez respecto a RENFE, frenando sus ímpetus privatizadores– aunque su formación y trayectoria la señalen, de momento, más cerca de los social-liberales.

Progres

La número dos del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, lleva el cartel de pogre colgado a la espalda desde que accedió a la Administración, cuando el ministro de Justicia en 1982, Fernando Ledesma, la sacó de Justicia Democrática y se la llevó a dirigir su Gabinete. La vicepresidenta primera y ministra de la Presidencia es una feminista incansable, que se curtió en la primera y última etapa del Gobierno González, con momentos tan duros para ese sentir como cuando el Ministerio de Justicia (1982-1985) se convirtió en la diana de los ataques más cruentos de la derecha ultraconservadora, sus medios afines y la cúpula eclesiástica por sacar adelante proyectos como la despenalización del aborto. Aguantó con firmeza esta etapa y, lejos de recular, terminó de arraigar su cultura democrática y progresista. La prueba es que, tras desvincularse de Ledesma y realizar un intensivo tour fuera de la Administración de la Justicia, pero siempre vinculada a ésta -en la Mesa del Comité de Cooperación Jurídica del Consejo de Europa, en el Consejo General del Poder Judicial, en la magistratura o en la vocalía del CGPJ-, regresó al Ministerio, entonces duplicado en Interior y Justicia, y se hizo cargo de la Secretaría de Estado de esta última, o sea, del ministerio en la sombra, mientras el titular, Juan Alberto Belloch, se volcaba en las tareas de Interior. Esta vez lidió con la etapa más dura, la de la caída en picado del Gobierno González, que agonizó hasta morir con los escándalos de corrupción y las acusaciones de terrorismo de Estado. De la Vega batalló incansable, igual que posteriormente en la oposición e igual que hace ahora, de nuevo, en el Gobierno, desde el puesto más alto después del presidente.

Y seguramente, aunque el vasto currículo de Miguel Ángel Moratinos tiene en dónde elegir, su cultura socialdemócrata se forjó en su etapa como testigo de excepción del conflicto palestino-israelí, cuando, tras ser nombrado embajador en Israel en 1996, a los pocos meses, los ministros de Exteriores de la Unión Europea lo eligen su enviado especial para Oriente Medio, una zona en conflicto, que, hoy en día, se agudiza sin remedio aparente, antes al contrario, pues EE UU hace oídos sordos a la llamada internacional que le pide que ponga freno a Ariel Sharon. Después de siete años en el cargo y unos meses de reflexión, el hoy ministro de Asuntos Exteriores acudió a la llamada de la política nacional de la mano de Zapatero, que lo incluyó en su comité de notables encargado de pergeñar las políticas programáticas para unas elecciones generales que llevarían al PSOE a la victoria el pasado 14-M. El de Miguel Ángel Moratinos fue uno de los cargos que se dio por hecho desde el principio, y el nuevo jefe del Ejecutivo no lo desmintió, sino que empezó a actuar como jefe de la Diplomacia española desde el mismo 15 de marzo. La alegría del líder palestino, Yasser Arafat, cuando se enteró del nombramiento del diplomático dejó constancia sin ninguna duda de su talante.

Quien, en principio, parecía estar llamado a estar en Moncloa al lado del presidente, su mano derecha hasta la victoria del 14-M, Jesús Caldera, se configura como el segundo puntal de los ministros más cercanos a la socialdemocracia clásica.

No sólo por la cartera que ha asumido y que se perfila como una de las estrellas del nuevo Gobierno, sino por el propio perfil de Caldera, que se ha visto, además, confirmado con los nombramientos realizados en los segundos puestos de su departamento.

La secretaria de Estado de Inmigración y Emigración, Consuelo Rumí, tiene una larga trayectoria sindical previa a la política –ha ejercido diversos cargos en FETE-UGT, su federación de enseñanza– y su secretario general de Empleo, Valeriano Gómez, también llegó de una larga colaboración con el sindicato que lidera Cándido Méndez, a quien solucionó la liquidación de IGS, su fallida cooperativa de viviendas. Amparo Valcarce, su otra secretaria de Estado, procede del León natal de Zapatero y se la supone cercana tanto al presidente como al ministro, con lo que Caldera puede presumir de tener un equipo compacto y, previsiblemente, homogéneo en primera línea de política social.

Por su parte, el único ministro catalán del Gobierno, José Montilla, también se ubica claramente dentro de los considerados más a la izquierda del Gabinete. El primer secretario del PSC (cargo equivalente al de secretario general en el PSOE) es fiel exponente de uno de los dos mimbres que ahorman el socialismo catalán: la burguesía catalanista liberal, que podría representar el President Maragall, y las clases emigrantes catalanizadas que forman la típica base social del PSOE en el resto de España, a la que se adscribiría Montilla.

No en vano, el titular de Industria es natural de un pueblo cordobés y de familia andaluza y ha sido alcalde de Cornellá, una de las localidades del metropolitano cinturón rojo de Barcelona.

Menos conocida es María Antonia Trujillo, la titular del nuevo Ministerio de Vivienda, aunque su calidad de persona de confianza del presidente extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra ya ejerce de eficaz carta de presentación. Aunque viniendo de la Consejería de Fomento extremeña y llegando a un departamento de claros perfiles económicos pudiera parecer una ministra más técnica, nada más lejos de la realidad. Trujillo llevaba ejerciendo de consejera de Fomento apenas ocho meses y ha sido en la más puramente política Consejería de Presidencia donde ha cimentado durante cuatro años esa confianza con Rodríguez Ibarra que la ha llevado ahora al Gobierno de Zapatero. Trujillo es doctora en Derecho y una experta en conflictos competenciales entre el Estado central y autonómico. Su voz, es previsible, no se alejará de las tesis mantenidas  por su mentor, Rodríguez Ibarra, tanto en materia competencial como, sobre todo, en las previsibles discusiones sobre cuestiones relativas a la igualdad, no sólo de oportunidades, sino también de servicios, entre las distintas autonomías.

Cristina Narbona, cultura progresista por excelencia forjada en los Gobiernos González, cree que el PP, durante su mandato, "ha hecho que Medio Ambiente se convierta en un cero a la izquierda del Gobierno" al no dotarlo ni de "voluntad política ni de importancia económica". Cultura ecoprogre la de esta madrileña que, con sólo 37 años, se convertía en la mujer con un cargo más alto en la banca pública española como directora general de Producción en el Banco Hipotecario y que, finalmente, en 1993, se afilió al PSOE, aunque no fue éste su estreno en política. Hacía dos años que ocupara los puestos de directora general para la Vivienda y secretaria de Estado de Medio Ambiente y Vivienda con el último Gobierno de Felipe González y a la sombra de su mentor político, el ministro de Obras Públicas y Transportes, José Borrell, cuya adscripción a los progres, aunque ahora como líder del PSOE europeo, es indiscutible. Narbona fue, junto a Alfredo Pérez Rubalcaba, una superviviente de la anterior administración socialista. Zapatero la rescató cuando fue elegido secretario general del PSOE para la Ejecutiva, concretamente para las tareas en las que es una experta, la gestión del Medio Ambiente. Para lo mismo, y con la contundente paralización del Plan Hidrológico Nacional (PHN) del Gobierno Aznar y la garantía del cumplimiento de Kioto como iniciativas prioritarias, ha sido nombrada ministra en el nuevo Ejecutivo socialista.

Gestores

El "viento de ilusión" que dice Elena Salgado que recorre España tras la llegada del Gobierno Zapatero la ha arrastrado consigo otra vez a la cosa pública -de la que esta ourensana se declara firme defensora- desde la empresa privada, en donde ocupaba la presidencia de la compañía 11811 Nueva Información Telefónica, filial española de la multinacional alemana Telegate AG. La admiración confesa que siente por el número uno socialista en las listas europeas, José Borrell, la podría haber marcado políticamente con un puesto entre los más progres de los ministros -participó en el inicio del proceso de liberalización del sector de las telecomunicaciones y en la transformación de Correos-, si no fuera porque sobresale con más fuerza su actividad gestora, que la ha llevado por puntos tan diferentes de la Administración como la Dirección General de Comunicaciones del Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente durante el último Gobierno de Felipe González, y la Dirección General de la Fundación Teatro Lírico, encargada de la gestión del Teatro Real, en la que cesó con el PP. Zapatero la ha nombrado ministra de Sanidad y, de momento, lo ha afrontado con la puesta en marcha de un buen número de iniciativas que incluyen la controvertida investigación con células madre, con bastante posibilidad de que resulte en los términos con los que las autoridades eclesiásticas se rasgan las vestiduras.

La otra representante de la cuota gallega que pactó el secretario general de los socialistas de Galicia, Emilio Pérez Touriño con Zapatero, según apuntaron en su día desde esta región, es la ministra de Agricultura y Pesca, cuyo único perfil político es, tal vez, haber sido alumna en la Universidad compostelana de Ciencias Económicas y Empresariales de quien la propuso para el ministerio, el líder del PSOE regional. Elena Espinosa es una técnica desde la cabeza hasta los pies, de carrera fulgurante, pero sin destello político de ningún tipo. Con sólo 25 años, fue nombrada gerente de la Zona Urgente de Reindustrialización de Vigo, en donde le tocó dirigir el operativo para tratar de mitigar los terribles efectos de la reconversión naval. En 1988, fue nombrada presidenta de la Autoridad Portuaria de Vigo, con otro socialista gallego de pro, Abel Caballero, como ministro de Transportes. Zapatero la sacó, influido por Pérez Touriño y José Blanco, de la asesoría del presidente de astilleros Rodman, pero la ministra no tuvo buena suerte en su estreno, encima, en Europa, en donde cargó con la responsabilidad de una negociación que llevaba nueve meses y cuyos resultados perjudican al sector olivarero español, aunque finalmente fueran mitigados.

Otra de las que, según la mayor parte de las fuentes consultadas, podría ubicarse en el bloque de ministras con un perfil más de gestión que puramente político es la titular de Cultura. Curiosamente son mujeres la mayoría de las que se pueden citar en este bloque debido a que su elección, en parte, ha venido determinada por su género y han sido buscadas entre profesionales acreditadas de las que existe un menor número disponible con experiencia en la Administración. Al menos, así lo argumentan algunos dirigentes del partido, críticos con las rigideces de la democracia paritaria. Calvo pidió el carné del PSOE hace apenas tres meses, aunque llevaba ocho años colaborando con  el Gobierno de Chaves en Andalucía, después de figurar en las listas electorales del partido como independiente. Procedente del mundo de la universidad; ha sido vicedecana de la facultad de Derecho de Córdoba y, en su etapa en la Junta, ha destacado por su gestión de eventos culturales  –se la considera madre del Museo Picasso de Málaga– tanto como por su capacidad de comunicación política. Quizá esa confianza en su instinto mediático sea la que la ha llevado a cometer el primer patinazo de su andadura como ministra, cuando anunció la rebaja del IVA cultural siendo esta medida una prerrogativa imposible para el Gobierno español, ya que depende de Bruselas.

Más novata que ella en la pelea política es la titular de Educación y Ciencia, María Jesús San Segundo, mujer de confianza del rector de la Universidad Carlos III de Madrid, de la que ha sido vicerrectora y toda una autoridad en Economía de la enseñanza. Su perfil resulta difícil de clasificar dentro del gobierno Zapatero, ya que se trata de uno de sus miembros con menor experiencia política –tan sólo ejerció un tiempo de asesora del secretario de Estado de Universidades e Investigación en 1994, antes de retornar a la labor investigadora, su verdadera pasión-. San Segundo siempre ha estado del lado de los progresistas en el mundo universitario, incluso durante los años del PP en el poder, pero pocos se atreven a aventurar hasta dónde llegará su perfil ideológico dentro de una disputa entre ministros, si llegara el caso, ya que se enfrentaría a una situación inédita en su carrera, por lo que muchos de los consultados prefieren ubicarla, de momento, dentro de los ministros gestores de los que tirará más el impulso político de Zapatero que el propio.

Zapateristas

El ministro canario -no se apea este adjetivo desde que el presidente dijo la ya famosa frase: "Habrá un canario en el Gobierno"-, responsable de Justicia, es zapaterista hasta la médula, aunque algunos sectores hayan tratado de inclinar su balanza hacia el felipismo recurriendo a las antiguas responsabilidades de Juan Fernando López Aguilar como jefe de Gabinete del ex ministro Jerónimo Saavedra. Apoyó el cambio tranquilo de Zapatero desde el principio y, cuando contra todo pronóstico, éste triunfó, pasó automáticamente a su núcleo duro como secretario de Libertades Públicas y Desarrollo Autonómico del PSOE. A él tocó negociar el Pacto de la Justicia con el PP y a él correspondió asimismo anunciar su ruptura, aunque Zapatero mantuvo íntegra su confianza en este catedrático de Derecho Constitucional, que le ha guiado por todos los vericuetos de la Justicia con mano firme y, según demuestran los hechos, con éxito. Se ha tomado con mucha calma y determinación, dos rasgos de su carácter, la batería de iniciativas legales que ha lanzado el Gobierno Zapatero. Apenas pasaron unos días de su nombramiento y el ministro de Interior, José Antonio Alonso, se convirtió en las portadas de todos los periódicos por sus declaraciones y los argumentos de ataque no diferían mucho: sin experiencia política, compañero de pupitre en sentido peyorativo y juez, algo que algunos sectores consideran incompatible con la política. Alonso es amigo de Zapatero desde la infancia de ambos en León y sus responsabilidades han estado siempre vinculadas a la Justicia, aunque sus compañeros coinciden en señalar que la política es "innata" al titular de la cartera más delicada. Tras licenciarse en Derecho, ingresó por oposición en la carrera judicial sólo tres años después; fue portavoz de Jueces para la Democracia y en 2001 resultó elegido vocal del CGPJ a propuesta del PSOE. De ahí, fue número uno en la lista socialista por León y saltó al ministerio. Progresista, sí, pero, sobre todo, zapaterista.

…Y Bono

El ex presidente de Castilla-La Mancha, desde su lealtad a Zapatero, en la que ha insistido una y otra vez cada vez que ésta era cuestionada, se ha convertido en uno de los ministros más influyentes del nuevo Gabinete. Le tocó lidiar con Defensa, con los votantes socialistas aguardando la promesa firme del presidente de retirar las tropas españolas de Iraq antes del 30 de junio, así que José Bono le dijo a Zapatero en cuanto tomó posesión: "¿Vas a retirar las tropas? Pues para qué demorarse; hazlo ya". Y el presidente lo hizo. Bono nunca ha disimulado que es católico practicante y mantiene unas excelentes relaciones con la cúpula eclesiástica. Además, los cruces de reproches que ha mantenido con los nacionalistas le han colgado el letrero de españolista, como al presidente de Extremadura, Rodríguez Ibarra, aunque éste es un guerrista de pro. Por otro lado, las políticas sociales de Castilla-La Mancha constituyen un referente para el progresismo socialista -la Ley Integral contra la Violencia de Género es el eco nacional de la norma contra el maltrato aplicada por la Junta-. Zapatero necesita a Bono porque sabe que, sobre todo, ha ganado elecciones y eso garantiza al PSOE una buena cantidad de votos centristas, aunque no haya forma de encajarlo en ninguna de sus familias.

LAS CUOTAS TERRITORIAL Y FEMENINA

El equilibrio del Gobierno con respecto al sentir del PSOE que lo sustenta es indiscutible, pero, además, el presidente ha tenido en cuenta dos factores claves para su formación y que debió convertir la constitución del Gabinete en una proeza: la representación territorial y la paridad prometida. En el Gobierno Zapatero hay un catalán, José Montilla; un canario, López Aguilar; una extremeña, Trujillo; dos andaluzas, Álvarez y Calvo; dos gallegas, Espinosa y Salgado, y un castellano-manchego, Bono. Ha conseguido, pues, satisfacer a las secretarías regionales más potentes del PSOE. Por otro lado, ha respetado escrupulosamente la paridad, con ocho mujeres en el Gobierno, y una que es su número dos -Fernández de la Vega, Álvarez, San Segundo, Espinosa, Calvo, Salgado, Narbona y Trujillo-, y otros tantos varones -Solbes, Moratinos, López Aguilar, Bono, Alonso, Caldera, Montilla y Sevilla-.

Perfiles socialdemócratas , por Enric Sopena
Hemeroteca
Esta semana
Lista Temas de portada