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Nº 599 - 19 de abril 2004

Fernández de la Vega y Serrano,
los amos de las llaves de La Moncloa

PRETORIANOS


Son los que, a partir de este lunes, van a estar más cerca de José Luis Rodríguez Zapatero. María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta primera y ministra de Presidencia, y José Enrique Serrano, jefe del Gabinete de Moncloa, tendrán en sus manos las llaves más importantes del Palacio presidencial: las que abren la puerta a la información, la estrategia y el acceso directo al presidente. Ambos son cincuentones, veteranos en las cocinas del poder y ajenos a la vida interna del PSOE, en el que no militan. Se entienden bien, a decir de quienes les conocen, y prometen largas jornadas de trabajo a sus equipos. Poco de lo que ocurra a partir de esta semana en Moncloa se hará sin su visto bueno.

Por Inmaculada Sánchez y Ana Pardo de Vera

El nuevo inquilino de Moncloa conoce a su vicepresidenta de primera mano, ya que trabajaron juntos en el Grupo Parlamentario Socialista de la anterior legislatura. De Serrano, sin embargo, le llegaron referencias, de las mejores, y se ha fiado. El jefe del Gabinete monclovita, además, puede servir a ambos de cicerone en las dependencias del Palacio, pues las ocupó ya, en distintos despachos, entre 1991 y 1996. La extrema discreción de ambos y la sólida formación jurídica que comparten y les permite llevar el Estado “en la cabeza” serán las principales armas de estos pretorianos, que ya empiezan a suscitar envidias en algunos círculos socialistas.

A la primera persona que causó sorpresa su nombramiento fue a María Teresa Fernández de la Vega (Valencia, 1949). Y no porque no le hayan llovido flores –incluso, de entre sus adversarios políticos– desde que Zapatero la eligió como número dos de su Gobierno, sino porque es cierto que esta mujer discreta y reservada, pero con un potencial político “apabullante”, en palabras de sus colaboradores, lleva trabajando para el PSOE desde que su mentor Fernando Ledesma la sacó de Justicia Democrática, fundada por él y que es ahora Jueces para la Democracia, y la llevó a dirigir su Gabinete de ministro de Justicia en 1982.

Si Felipe González, aconsejado por Gregorio Peces-Barba, con quien Ledesma había colaborado antes de que aquél interviniese como ponente constitucional, vio en quien ocuparía la primera cartera socialista de Justicia unas profundas convicciones democráticas, sin duda, Ledesma apreció en su joven pero sólida colaboradora lo que más tarde su sucesor en 1994, Juan Alberto Belloch, expresó de forma contundente: “Yo creo que es una de las mujeres más valiosas de la esfera política” (La memoria recuperada, María Antonia Iglesias, Editorial Aguilar)

María Teresa Fernández de la Vega, doctora en Derecho y jueza, no se da un respiro. Adora su trabajo y se ha entregado en cuerpo y alma a un partido en el que no milita. Precisamente, este aspecto le ha permitido mantenerse al margen de los chirridos provocados por las disputas internas que surgen inevitablemente en la pesada e intrincada maquinaria de la calle Ferraz. Hoy, ésta la controla José Blanco, quizás la única pieza bien encajada por los medios desde el 14-M, cuando su nombre no figuró en apenas ninguna quiniela de ministrables, porque todos coincidían al señalar que la influencia decisiva del secretario de Organización en la campaña y en la victoria no permitía a Zapatero prescindir de él en Ferraz, ni aun repartiéndose tarea con alguna vicepresidencia o ministerio.

A la mujer que domina con inteligencia, responsabilidad y vastísimos conocimientos todo el entramado judicial, le toca ahora tomar las riendas de la Vicepresidencia política, la Primera, que le obligará a tener controlados los ministerios que no sean del área económica, competencia éstos de Pedro Solbes. Ella se ha encargado, en las semanas pasadas, de preparar la estructura del nuevo Gobierno, que se estrena esta semana, lo que le ha llevado a despachar continuamente con Zapatero, quizás con más frecuencia que ningún otro dirigente socialista.

Y eso que, de ser militante, comentan en su entorno, Fernández de la Vega no hubiese apostado en su día por el presidente del Gobierno como secretario general del PSOE. Sin embargo, desde que la flamante vicepresidenta supo que Zapatero era el líder socialista, le faltó tiempo para trabajar para él con un ahínco y entrega admirables, como ha hecho siempre, “y por eso el partido le debe tanto”, asegura una persona cercana.

La nueva coordinadora de las labores de Gobierno vuelve a éste curtida en las dos etapas más difíciles del PSOE de González; la primera, como jefa de Gabinete de Ledesma (1982-1985) y directora general de Servicios de este ministerio (1985-1988), y la última, como secretaria de Estado de Justicia, con Belloch (1994-1996) De su primera experiencia, siempre recuerda a quienes le rodean cómo el Ministerio de Justicia se convirtió en la diana de los ataques más duros de la derecha ultraconservadora. Los ciudadanos habían puesto mucha ilusión en los cambios que el nuevo Gobierno socialista iba a emprender en este área, cambios que afectaban al núcleo duro de un sistema judicial con fuertes reminiscencias de la dictadura y que había que democratizar urgentemente.

Entonces, en el departamento que se había convertido en su casa, Fernández de la Vega y los demás miembros recibieron con amargura, pero sin desmoronarse –“Nunca lo hace, parece que tuviera fuerza infinita a pesar de la fragilidad de su apariencia”, resaltan de ella–, los ataques más cruentos de la cúpula eclesiástica, el sector conservador y de sus medios afines con la presentación, a principios de 1983, de los proyectos de ley que afectaban a la despenalización del aborto. Se les llegó a llamar “asesinos de niños”, pero ella no se dio por aludida y, como feminista de pro, aún hoy cree que se podría haber hecho más. Algo en lo que, sin duda, pensó y aplaudió cuando las urnas dieron la victoria al PSOE el pasado 14 de marzo.

Entre los azotes de esa difícil trayectoria, es frecuente oírle resaltar la figura del diputado por Zamora, José María Ruiz-Gallardón, padre del alcalde de Madrid, que echaba en cara una y otra vez a los socialistas su responsabilidad en el aumento de la delincuencia en España por haber emprendido entonces la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

En esa etapa, el ritmo vertiginoso al que se sucedía la reforma y aprobación de leyes (Habeas Corpus, Derecho de Réplica y Rectificación, de Asilo, Objeción de Conciencia y Prestación Social Sustitutoria, Reguladora del Derecho de Reunión, Extradición Pasiva, etc.) le permitió construir en su privilegiada cabeza una auténtica enciclopedia sobre la Administración de la Justicia, que iría alimentando con sus muchas dedicaciones posteriores en  la Dirección General de Servicios del Ministerio de Justicia, la Mesa del Comité de Cooperación Jurídica del Consejo de Europa (1986), el Cuerpo de Secretarios de las Magistraturas de Trabajo del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) (1988), en la magistratura (1989), en la vocalía del CGPJ (1990) y en la Secretaría de Estado de Justicia (1994)

A ésta llegó de la mano del biministro Belloch, que, como Fernández de la Vega, no era militante socialista –se afilió en 1996, cuando el PSOE perdió las elecciones– y que depositó en ella toda su confianza, pues buena parte del tiempo del hoy alcalde de Zaragoza se iba en el Ministerio de Interior, convulsionado por los escándalos del GAL. “María Teresa fue, sin ninguna duda, la ministra en la sombra, porque aunque a Belloch le hubiese gustado dedicarse más a Justicia que a Interior, el momento no se lo permitió”, asegura una persona muy amiga de ambos. En definitiva, que la gestión de Gobierno en primera fila no queda ni mucho menos grande a la vicepresidenta.

Y tampoco le es desconocido el ámbito parlamentario, sino todo lo contrario: ha sido vicepresidenta de la Mesa de Justicia e Interior del Congreso y secretaria general del grupo parlamentario socialista. En este puesto se ganó la confianza de Zapatero y trabajó mano a mano e incansablemente con el hoy ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, Jesús Caldera, con el que ha hecho un tándem perfecto, resaltan a su alrededor.

“No es difícil trabajar con ella –señalan en el PSOE–, aunque sí seguirle el ritmo”. La nueva vicepresidenta, que siempre ha llevado una relación de respeto mutuo con la prensa, “tiene su carácter” y no soporta la manipulación, por lo que no duda jamás en pedir cuentas a quienes considera que han hecho uso de ella, aunque los mismos que dicen haber recibido alguna reprimenda de Fernández de la Vega subrayan que es una persona entrañable, sencilla y cercana. Pero, sobre todo, destacan su discreción y falta de ambición personal: “Que nadie piense que ella ha tenido algo que ver con su nombramiento, porque con la victoria del PSOE ya estaba plenamente satisfecha”. A pesar de todo, y de la abrumadora responsabilidad que le reporta su nuevo cargo, está muy contenta con él. Lo que desconocen a su alrededor es cómo hará para trabajar más, porque “no hay horas en el día”.

Estos días, María Teresa Fernández de la Vega, lectora empedernida y autora de varios libros y ensayos de su especialidad (entre otros, La informática jurídica: el proyecto Inforius, La reforma de la jurisdicción laboral o Derechos humanos y Consejo de Europa), se ha convertido en el centro del foco mediático, y palabras para ella tuvieron hasta algunos comentaristas de moda, que la incluyen entre las mujeres más elegantes del núcleo socialista y parlamentario. Y es que si las cámaras no le provocan especial entusiasmo, tras su elección, tendrá que acostumbrarse, y mucho, a ellas.

El rey de la discreción

“Estar con José Enrique te da mucha tranquilidad porque cuando te dice que ahí hay agua puedes tirarte a la piscina sin dudarlo”. Esa “garantía” en la forma de trabajar del nuevo jefe de Gabinete monclovita de la que habla un antiguo compañero ha jugado un papel fundamental en su elección. Al contrario que con María Teresa Fernández, el líder socialista no había trabajado con Serrano en ningún momento, pero tenía en su cabeza desde hace meses la búsqueda de un nuevo jefe de Gabinete, caso de ganar en las elecciones, porque quien le ha acompañado en ese puesto desde que asumiera la Secretaría General, José Andrés Torres Mora, ya le había manifestado su interés por ser diputado en la siguiente legislatura.

Dicen quienes conocen parte de cómo se fraguó su elección que Zapatero ya había anotado el nombre de Serrano durante la Conferencia Política del partido del pasado enero al quedar impresionado por la intervención de Manuel Chaves en la misma, un discurso que en su día llegó a dar que hablar sobre las intenciones del presidente del partido ya que, para algunos, llegó a ensombrecer el de Zapatero.

Tras esa intervención estaban la pluma y los papeles de José Enrique Serrano, quien, desde la extrema discreción que le caracteriza, trabajaba asesorando a Chaves desde que éste tomara las riendas del partido tras la dimisión de Almunia. Las referencias del presidente de la Junta andaluza, aseguran las mismas fuentes, fueron definitivas para la decisión de Zapatero, a pesar de no conocerle en profundidad.

Con Serrano, el nuevo presidente lleva a su Gabinete el hombre que peleó desde la retaguardia en los peores años del PSOE. Desde su puesto como secretario general de la Vicepresidencia del Gobierno, primero, y como director del mismo Gabinete que va a volver a dirigir ahora, después, Serrano vivió en Moncloa las dos últimas legislaturas del PSOE. Entre el 93 y el 96, su nombre y su cara, apenas conocidos hasta entonces, salieron , aunque brevemente, a la luz, al hilo de las famosas maniobras contra el Gobierno de Mario Conde –él fue quien se entrevistó con su famoso abogado, el controvertido Jesús Santaella– e, incluso, tuvo que acudir a declarar ante el juez a raíz de unas declaraciones de Luis Roldán, quien le acusó de haber pagado el inexistente informe Crillón  con el que el ex director de la Guardia Civil pretendía involucrar al Gobierno de Felipe González en un supuesto espionaje ilegal.

Tras la derrota del PSOE, Serrano continuó siendo el hombre clave a la sombra del sucesor de Felipe González y ejerció de jefe de Gabinete de Joaquín Almunia durante toda su etapa como secretario general. Después de las elecciones de 2000, la mayoría absoluta del PP y la dimisión de Almunia, Serrano retornó a su universidad, la Complutense de Madrid, para volver a dar clases de Derecho del Trabajo, tal como hacía 13 años atrás, justo antes de que Narcís Serra le ofreciera su primer cargo político como director general de Personal del Ministerio de Defensa.

Pero no abandonó Serrano la política por la docencia, ya que, aunque sin la dedicación de un jefe de Gabinete, Chaves también le pidió, desde que se hiciera cargo de la comisión gestora que llevó al partido al congreso en el que, inesperadamente, ganó Zapatero, que le asesorara e hiciera determinados papeles y documentos.

A ambas actividades, el jefe del Gabinete monclovita añadió otra inédita hasta ahora en su carrera profesional y de la que, al parecer, se siente especialmente orgulloso. Durante tres años trabajó como asesor jurídico de la productora de cine Azalea y, hace dos, le ofrecieron hacer de productor ejecutivo de una película dirigida por Miguel Hermoso. Serrano abandonó entonces su pasión política para dedicarse a poner en marcha la cinta que protagonizaron Alfredo Landa, Nino Manfredi y Kiti Manver y que se estrenó en enero de 2003 bajo el título La luz prodigiosa. Su argumento jugaba con la hipótesis de que Federico García Lorca no hubiera fallecido en su fusilamiento y que deambulara por la Granada actual. Serrano, a quien le gusta mucho el cine, disfrutó especialmente con el trabajo.

Aquello fue “una experiencia” que, por el momento, no había vuelto a repetirse cuando el 14 de marzo, Zapatero sorprendió a España y al mundo con su victoria y, a los pocos días, le llamara para ofrecerle ocupar, junto a él, su antiguo despacho en el palacio de la Moncloa.

Serrano, aunque es natural de Madrid –nació en la capital hace 54 años–, lleva sangre castellana en sus venas y, por carácter y estilo, quienes lo conocen aseguran que será muy fácil que conecte personalmente con Zapatero. También hay quien añade otro elemento para que la necesaria confianza entre ambos aflore sin problemas: la no afiliación de Serrano y su alejamiento de la vida interna del PSOE le preserva de enfrentamientos y peleas por el poder. En su primera etapa como secretario general, por el contrario, las relaciones entre su jefe de Gabinete, José Andrés Torres Mora, y el secretario de Organización, José Blanco, mantuvieron una tirantez nada beneficiosa para el liderazgo de Zapatero. Con Serrano no habrá lugar a tensiones con nadie porque, dicen los que han trabajado con él, al igual que su antecesor en la etapa del PP, el conocido Carlos Aragonés, su ambición política se circunscribe a su despacho de Moncloa.

 “Además es que, durante años, no le he visto que se lleve mal con nadie”, señala un antiguo colaborador. “Es muy elegante en el trato, discreto y respetuoso”, añade.

“Tiene una combinación curiosa, porque aunque es reservado y austero en el trato, no es frío en absoluto sino, al contrario, resulta afectuoso y afable”, explica un declarado “admirador”, condiciones que, quienes tratan al flamante presidente de Gobierno también se atreven a reconocer en el leonés, al tiempo que otro rasgo de sus caracteres que parecen compartir: una aparente calma y tranquilidad en las situaciones de estrés.

El origen familiar del jefe de gabinete de Zapatero es Cuenca, en uno de cuyos pequeños pueblos, Tribaldos, vive todavía su madre. En la vieja casa familiar se dan cita los hijos y especialmente los Serrano, que no tienen hijos, y que acuden de vez en cuando a disfrutar de su tranquilidad.

Es en esta antigua casa conquense –pertenecía ya a sus abuelos– donde José Enrique Serrano puede dar rienda suelta a una de sus pasiones, la lectura. Quienes le conocen señalan sin duda a los libros como los principales destinos de su ocio, muchas veces devorados por la noche ya que, al igual que la vicepresidenta, su capacidad de trabajo no parece tener horarios .

Al volver a traspasar el umbral del Palacio de la Moncloa Serrano habrá dejado atrás nuevamente a su facultad, donde se licenció en Derecho y especializó en Derecho del Trabajo, materia de su afán docente y de muchas de sus publicaciones, alguna de las cuales también ha dedicado específicamente a la educación universitaria.

En la Complutense fue donde inició su carrera llegando a ser vicesecretario y vicedecano de la Facultad de Derecho e, incluso, secretario general de la universidad. Allí nació una amistad clave para su trayectoria política, la de Gustavo Suárez Pertierra, todavía hoy uno de sus mejores amigos, con quien comparte ocio y vacaciones.

El ex ministro de Educación y de Defensa durante la última legislatura del  PSOE también fue vicedecano de la facultad de Derecho y secretario general de la universidad Complutense antes de ser nombrado director general de Asuntos Religiosos en el primer Gobierno socialista de 1982. Nueve años después, en 1991, Suárez Pertierra, que llevaba un año de subsecretario en Defensa, sugirió su nombre a Narcís Serra para el puesto de director general de Personal del ministerio. Desde entonces, aunque no haya tomado la decisión de pedir el carné, más por cuestión de oportunidad que por convicción, Serrano no ha separado su trayectoria de la del Partido Socialista, en el poder y fuera de él. Ahora, a pesar de la nueva etapa, el nuevo líder y los aires de cambios que éste preconiza, será quien estuvo al frente de la cocina de Moncloa durante años con Felipe González el mismo que acompañe y ayude en su debut al novel Zapatero.

Se buscan mujeres para completar organigrama

Son 16 ministerios y decenas de altos cargos, además de puestos en determinadas empresas y entes públicos, los que van a cambiar de titular en esta semana y muchos más los movimientos que cada nombramiento reúne a su alrededor. Antes de su primera reunión de Consejo ya conocíamos los nombres de los ministros y de muchos de sus principales colaboradores y el resto se irán conociendo en los próximos días, nombres a los que se irán asociando amigos, cercanos, beneficiarios y perjudicados.

Por ejemplo. Quien con toda probabilidad encabezará la lista del PSOE a las elecciones europeas, José Borrell, puede alardear de contar en el nuevo Consejo de Ministros con dos personas de su entera confianza: su compañera sentimental, Cristina Narbona, titular de Medio Ambiente, y su amiga Elena Salgado, titular de Sanidad, aunque la influencia del ex ministro catalán podría llegar a algún otro departamento.

Por el contrario, quien albergaba posibilidades de ser titular de Infraestructuras, el diputado canario José Segura, ha visto cómo ha sido la andaluza Magdalena Álvarez la elegida. El canario quedó destinado, por tanto, para secretario de Estado del mismo departamento, pero, ya sea porque, como aseguran unas fuentes, él mismo no ha aceptado el ofrecimiento debido al fuerte carácter que se le supone a la ministra, o, porque, como afirman otras, fue la ministra quien no quiso ni oír hablar de él, lo cierto es que podría ser ubicado en otro puesto más tranquilo como el despacho en Las Palmas de la Delegación del Gobierno en Canarias.

Quién sí ha aceptado ser el segundo tras la mujer elegida ha sido el sindicalista Fernando Moraleda, quien hará tándem con la ministra de Agricultura y Pesca, Elena Espinosa, como secretario general. De su entendimiento dependerá el éxito en la gestión y no son pocos los que mirarán con detalle la marcha del departamento debido a la inicialmente nula confianza personal entre sus dos primeros espadas.

La búsqueda de mujeres preparadas está resultando otra de las claves de los nombramientos de segundo nivel. Jesús Caldera, uno de los damnificados de la paridad en las vicepresidencias ha conseguido, en resarcimiento, ser el único departamento que ha podido engordar en secretarías de Estado y ya ha colocado a dos mujeres en dos de ellas: Consuelo Rumí en Inmigración y Amparo Valcárcel en Igualdad.

En el área económica, Solbes no ha tenido difícil cubrir una parte de cuota femenina al rescatar a Juana Lázaro como subsecretaria. La ex directora general de la Agencia Tributaria, fue represaliada por el PP tras su retorno a su trabajo de funcionaria y hoy ha visto cómo su trayectoria profesional se ha visto nuevamente reconocida.

Del mismo modo, Enrique Martínez Robles, ex secretario de Estado de Hacienda, será nombrado presidente de SEPI, desde donde algunos atisban a ver posibles tensiones futuras en materia de competencias con Economía, dado que este primer Gabinete de Zapatero ha resucitado al Ministerio de Industria. José Montilla, su titular, ya parece estar teniendo que librar una batalla con el poderoso cuerpo de los técnicos comerciales del Estado, que preferían estar bajo la órbita de un Solbes más cercano a su perfil. Miguel Ángel Fernández Ordóñez y David Vegara, por su parte, ocuparán las secretarías de Estado del Ministerio de Economía.

Bono, en Defensa, tampoco parece estar cumplliendo mucho con la paridad recomendada por el presidente y, por el momento, se está trayendo a Madrid a parte de su equipo de confianza en Toledo.

Los próximos días serán pródigos en nombramientos. Quedan lugares muy sensibles políticamente de los que aún no se conocen sus responsables, como el Centro de Investigaciones Sociológicas, para el que se baraja el nombre de Inés Alberdi, hoy diputada en la Asamblea de Madrid con Rafael Simancas. Veremos, finalmente, qué nivel de paridad consigue el organigrama de la nueva Administración.

Algún tímido entusiasmo, por Enric Sopena
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