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Nº
426
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4/9/2000
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El ministro de Interior afronta su peor momento ¿Se gana el sueldo? A Jaime Mayor Oreja lo hemos visto este verano de funeral en funeral. Pero al duro trago de consolar a las familias de las víctimas de ETA el titular de Interior ha sumado en cada ocasión una declaración solemne, un ataque político al nacionalismo y una foto que, para muchos, miraba básicamente a las próximas elecciones autonómicas vascas. Su condición de candidato no oficial a lehendakari por el PP está distorsionando, según la oposición, su labor al frente del departamento, una gestión que, por otra parte, arroja serias dudas sobre su eficacia. El PSOE, que hasta ahora le había tratado con guante blanco, estudia hincarle el diente en cuanto se abra el Parlamento. Inmaculada Sánchez ¿Cómo es posible que estalle el escándalo del guineano muerto en la comisaría de Arrecife y al ministro del Interior ni le salpique? ¿Que cada vez que se conoce un delito cometido por una nueva mafia extranjera instalada en nuestro país parezca algo inevitable? ¿Cómo mantenerse entre los ministros mejor valorados por los españoles después de que ETA haya recrudecido su ofensiva hasta retroceder 20 años en el panorama de la lucha antiterrorista? “Es que habla despacito”. Así resume irónicamente un parlamentario del PP, crítico con Mayor Oreja, el exquisito cuidado que pone el ministro en sus declaraciones públicas y en el tratamiento de su imagen. Las críticas al titular de Interior por la eficacia en su gestión apenas han tenido hasta ahora eco en los medios y escasamente se reflejan en el diario de sesiones del Congreso o el Senado. Sin embargo, últimamente, el recrudecimiento de la ofensiva etarra y las cifras que, aun contrastando con las oficiales del ministerio, salen de la fiscalía (ver recuadro Cada uno con sus cifras) reflejando un preocupante estado de la seguridad ciudadana están haciendo aflorar un conato de rebelión hacia la bula que hasta ahora parece proteger la impecable figura del ministro. Incluso dentro del Partido Popular, donde están haciendo estragos los sucesivos asesinatos de sus concejales en el País Vasco, hay quien reconoce en privado que la situación “se le está yendo de las manos” a Mayor Oreja aunque también sabe que su “campaña” no oficial a lehendakari está resultando un éxito. “La culpa, en parte, la tenemos nosotros porque en la etapa de Belloch era imposible hacerle ninguna crítica de enjundia. Ahora mantenemos nuestra inquebrantable lealtad en la lucha antiterrorista pero no hay que confundir esto con un contrato de adhesión a su persona”, reconoce incómodo un dirigente socialista. En el PP están expectantes sobre cómo pueda afrontar la nueva dirección socialista sus relaciones con el Gobierno en esta materia y, aunque José Luis Rodríguez Zapatero ha reiterado en más de una ocasión a lo largo del verano que el PSOE estará siempre del lado del Ejecutivo en la lucha contra ETA, intuyen que el periodo de gracia hacia el ministro del Interior se acaba. De hecho, el grupo socialista en el Congreso requerirá la presencia del ministro para dar explicaciones en la Cámara sobre el caso del guineano Eduardo Fonseca, muerto durante su detención en la comisaría de Arrecife, en Lanzarote, y cuya segunda autopsia ha desvelado que podría haber fallecido a consecuencia de un golpe. El escándalo, destapado en las últimas semanas de agosto al conocerse los resultados de la necropsia encargada por la familia, sólo ha sido afrontado por los mandos policiales y políticos en las islas en tanto que ni el ministro ni ninguno de sus altos cargos más cercanos ha querido dar explicación alguna del tenebroso asunto. En el Senado los socialistas van a ir más allá y su portavoz en la Comisión de Interior, Juan Barranco, ya presentó durante el mes de julio una batería de preguntas al ministro sobre la evolución de la delincuencia para respuesta por escrito y otra, de mayor calado político, para que Mayor Oreja responda oralmente en el pleno de la Cámara sobre la “idoneidad de mantenerse como titular de Interior y ejercer de candidato de su partido para las próximas elecciones autonómicas vascas”. El balance de la gestión del ministro, que ahora afronta su segundo mandato, ya arrojaba notables sombras a mitad de la anterior legislatura, aunque siempre amortiguadas por su “buena prensa”. Entre ellas estaba el ya iniciado enfrentamiento, directo y personal, del ministro con el PNV lo que, en opinión de los expertos en lucha antiterrorista, bloqueaba, ya entonces, cualquier intento de mantener una línea coherente y firme de actuación frente a ETA y, sobre todo, debilitaba una de sus patas fundamentales: la información. En opinión de diversas fuentes solventes, los servicios de información han sufrido un notable deterioro desde la llegada de Mayor Oreja a Interior, algo que quedó meridianamente en evidencia cuando ETA anunció su tregua indefinida, noticia que pilló totalmente desprevenido el Gobierno y al presidente Aznar de viaje en Suramérica. Además del deliberado enfrentamiento con el PNV y la consecuente falta de colaboración con la Ertzaintza –un problema que, aunque ya se daba con los Gobiernos del PSOE, nunca había llegado a los actuales niveles de desconfianza– varias habrían sido las causas de esta desactivación de los servicios de información. Por un lado, los cambios impulsados no sólo por Mayor Oreja a su llegada al departamento en 1996 sino principalmente por Francisco Álvarez Cascos, que entonces no quería responsables en Interior vinculados con la anterior etapa y, por otro, la experiencia vivida por los profesionales de la lucha antiterrorista durante toda la última legislatura del PSOE, cuyo Gobierno fue acosado por el PP con los casos de guerra sucia detectados a comienzos de los años ochenta. “Ello provoca que los policías actúen como Blancanieves en estos servicios, que no se atrevan a hacer nada que no sea estrictamente reglamentario. Y eso, en información, equivale a decir que los resultados son nulos”, explicaba en su día a El Siglo una fuente policial vinculada a la lucha antiterrorista (ver número de febrero de 1998). Hoy, poco más de dos años después y tras un año de tregua de ETA, el número y nivel de atentados cometidos por la banda recuerda dramáticamente a esos primeros ochenta en que se contaban los asesinatos por semanas. El propio ministro reconocía recientemente que, para atajar esta nueva ola de violencia etarra hacía falta “tiempo”. Otra de las “lagunas” que los críticos con Mayor Oreja detectan en su gestión se refiere a la delincuencia común, área en el que la aplicación de su conocido proyecto “Policía 2000” no ha arrojado los resultados deseados aunque, esto sí, con gran discrepancia respecto a la opinión de Interior, donde se concluye que su aplicación está resultando todo un éxito. El fondo de la estrategia, que imita el modelo americano aplicado por el famoso alcalde de Nueva York, Rudolf Giuliani, consistente en atacar el pequeño delito para prevenir y disuadir el mayor, es el que ha creado la llamada “policía de proximidad” y se ha centrado en el objetivo de delitos como tirones o robo de vehículos donde, según ha dicho el ministro, se han cosechado grandes éxitos: en Sevilla o Alicante los tirones se han reducido un 60% en el primer trimestre del año mientras que los robos de vehículos lo han hecho en un 30% en el mismo periodo. “Sí, pero ello es a costa de desmantelar las brigadas de investigación”, señala el senador socialista Juan Barranco para quien esto ha permitido la llegada y el asentamiento de numerosas mafias internacionales en nuestro país que mueven y controlan un creciente número de delitos mucho más graves, como atracos, asesinatos o secuestros, tal como reflejan las noticias de cada día. “España se ha convertido en el paraíso de las mafias y nadie parece decir nada”, añade. El propio Mayor Oreja, sin embargo, lo reconocía en su comparecencia ante el Congreso de los Diputados en junio pasado al señalar que “España va a tener cada día una mayor inseguridad por delitos de criminalidad organizada”, pero situaba en la colaboración internacional y el avance en la creación de la Europol los pilares para poder atajarla. Entre los logros que presentó a los diputados antes del cierre de sesiones por el verano el pasado junio estaba la reducción de la criminalidad entre el primer trimestre de 1999 y el mismo periodo de 2000 en un 5,4 %, datos de los que la oposición recela (ver recuadro) aunque, apenas semana y media después en el Senado reconocía ante los senadores de la Comisión de Interior que en esas cifras iban englobadas muchas cosas: “Yo nunca he dicho que el número de homicidios y de asesinatos haya disminuido en España en estos años, pero sí el número de delitos”, dijo a sus señorías en el turno de preguntas cuando sus cifras le fueron contestadas. Tras el asesinato del décimo concejal del PP caído a manos de ETA, el joven Manuel Indiano, Mayor oreja ha convocado a todos los partidos políticos con representación parlamentaria a una ronda de contactos de la que nadie tiene muy claro qué puede resultar dado que tanto el Gobierno como el PNV no han variado sus posiciones a pesar de los sucesivos atentados a lo largo del verano. La última vez que se encontraron oficialmente el ministro y un responsable del PNV para hablar, en su comparecencia ante la Comisión de Interior el pasado junio el propio, Mayor Oreja cerró su intervención marcando claramente distancias con el portavoz peneuvista, con quien había tenido un enfrentamiento dialéctico. “No quiero cerrar este debate con el señor Txabarri”, dijo. “Lo que quiero hacer es agradecer a todos sus incorporaciones, sus reflexiones y decirles que estoy a disposición de los grupos parlamentarios que de verdad quieren hablar y dialogar en cuestiones esenciales para la seguridad de todos los españoles”. Evidentemente, entre ellos no incluía a los nacionalistas. |
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Cada uno con sus cifras Según el Ministerio de Interior, el número de delitos entre 1996 y 1999, periodo en el que ha gobernado el PP, ha descendido de 930.782 a 918.052, esto es, un 1,37%. Para la oposición, sin embargo, éstos, a lo largo de los mismos años han ido subiendo más de un 1% cada ejercicio hasta sumar un 3,3% de incremento a finales del 99 y llegando a superar el 1.800.000 en los primeros meses de 2000, alcanzando ya un crecimiento del 4% desde 1995. La disparidad se encuentra en la fuente de los datos. Mientras el ministerio utiliza las cifras que arrojan sus comisarías, centralizadas en la secretaría de Estado, la oposición, que no suele tener acceso a ellas, toma las memorias de la fiscalía, que contabiliza denuncias e investigaciones iniciadas. ¿Cuáles son más fiables? La oposición recela del control político de los datos reunidos en el ministerio mientras que para Interior en la fiscalía se suman todas las diligencias previas incoadas, algunas de las cuales no quedan en nada mientras que otras no son más que duplicidades porque hay datos que llegan al juzgado de guardia y se vuelven a incluir cuando son remitidos al turno para su reparto. Por partes, el ministerio señala que los delitos menores han disminuido un 5,4% desde que se implantó el proyecto Policía 2000 en tanto que, según los datos de la Fiscalía de Madrid, los delitos violentos y sexuales han subido en la capital nada menos que un 16% entre diciembre de 1995 y diciembre del 99. |
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El trato “especial” al ministro de Interior La forma en que la oposición debe tratar al responsable de la seguridad de los españoles es punto y aparte en la estrategia política de cualquier partido. Los ataques al ministro de Interior pueden desequilibrar algo tan delicado como es, y en España más aún debido al problema del terrorismo etarra, la seguridad del Estado. Pero eso no significa que todos los partidos actúen igual. Recientemente, el senador socialista Juan Barranco desveló en la Cámara ante el propio Mayor Oreja una anécdota que ilustraba la actitud que su partido hubo de soportar cuando el PP estaba en la oposición. Según su relato, el entonces jefe de la oposición fue a mantener una primera entrevista con el ministro de Interior socialista en la que le planteó “que a partir de aquel momento nada quedaría fuera de la acción política de la oposición”. “En aquel momento el ministro le dijo que le parecía muy bien pero que concretamente en ese departamento se trataban temas tan importantes y delicados como el terrorismo y la seguridad ciudadana sobre los cuales siempre había habido diálogo y una voluntad de acuerdo de todos los grupos políticos y de los Gobiernos democráticos –añadió Barranco–. El dirigente político de la oposición le volvió a insistir y dijo: usted no ha entendido nada, señor ministro, cuando digo que nada quedará fuera, quiero decir nada, incluidas las materias de su departamento”, concluyó. No le hizo falta mucho tiempo a ese ministro para darse cuenta de que el José María Aznar recién llegado al liderazgo del PP hablaba en serio. |
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Arzalluz, Mayor, capitanes y marineros Josu MONTALBÁN* E l verano ha sido complicado y sangriento. ETA ha matado en exceso, sin contemplaciones. EH no ha regateado ni un solo esfuerzo para mostrar que está completamente del lado de los asesinos. El PNV ha amagado con dar un quiebro y abandonar Lizarra, pero tampoco lo ha dado del todo. El PP y el Gobierno de España siguen, erre que erre, la senda que marcaron, nada proclive al diálogo. El PSOE continúa dispuesto a la lealtad con los partidos democráticos en política antiterrorista. Es decir, inmovilismo: todos atalayados en sus posiciones, remisos y tristes. De lo dicho hasta ahora poco cabe puntualizar, salvo que la escalada terrorista ha sido brutal, la lucha callejera especialmente atroz e intensa y la eficacia de ese Estado de Derecho con que Aznar amenazó a ETA a mediados de julio, más bien escasa. Sin embargo, cabe hablar de debate político desarrollado principalmente en los medios de comunicación por los partidos democráticos. Está contrastado a estas alturas que en ese debate tienen puestas sus esperanzas tanto el PP como el PNV, los unos para conquistar el poder y los otros para no perderlo. Así que Euskadi es, hoy por hoy, un hueso que se disputan dos perros a los que les importa, exclusivamente, quedarse con él al final de la pelea. Si la pelea se va a visualizar en unas elecciones, anticipadas o no, tratan de que los demócratas vascos no vean en el horizonte más que las dos opciones, por eso al ensimismamiento nacionalista vasco del PNV, el PP responde con una pócima en la que mezcla Constitución, Estatuto, unos chorretes de nacionalismo español y algo de victimismo. Hay perlas con las que se puede recalcar cuanto he dicho. A principios del verano el Ministerio del Interior aconsejó a los cargos públicos de Euskadi del PP y PSOE que se alejaran del País Vasco mientras durara la escalada terrorista. ¿Es eso lo que debe hacer Mayor Oreja, o debe articular políticas y estrategias que ataquen la raíz del problema? Porque parece evidente que, a falta de medidas concretas, la ofensiva etarra terminará cuando a ETA le dé la gana. Si el Estado de Derecho no actúa con contundencia sólo cabe esperar la conmiseración de los terroristas. Y si esto no se da, ¿cómo conseguir que todos los cargos públicos del PP y PSOE estén alejados el tiempo necesario? Abandonar los cargos institucionales, ¿no es dejar expedito el camino a los nacionalistas? ¿Abandonarán asimismo sus ocupaciones y trabajos los muchos concejales que tienen que ganar su sueldo al margen de su representación institucional? ¿Estarán las empresas dispuestas a aceptar tales ausencias? Además, constituye un agravio la propuesta para los empresarios, periodistas, miembros de los cuerpos de seguridad y demás personas amenazadas. Por eso al PP hay que exigirle menos frivolidad y más firmeza. Resulta sorprendente que Mayor Oreja haya alcanzado su alto grado de aceptación y valoración a base de rubricar sus fracasos con su presencia en los entierros y manifestaciones cada vez que ETA ha matado. Una cosa es acompañar a los familiares de los asesinados y acudir a actos de reafirmación democrática, y otra es tapar la inoperancia con el mero voluntarismo. Si, como supongo, considera excepcional que los entierros y manifestaciones se repitan con tanta frecuencia, que se ponga a trabajar articulando las medidas excepcionales que la Constitución le autoriza, o que se siente a dialogar sin condiciones, con el único objetivo de salvar las vidas de quienes están en el punto de mira. …Y la otra perla es Arzalluz, ese hombre de mentón prominente que quiere parecerse totalmente al inefable Sabino Arana, pero sin barba. Este hombre, junto a su apuesto escudero Egibar, está dispuesto a llevar al nacionalismo democrático a un callejón sin salida. Sus peroratas, rodeado de incondicionales, no tienen como objetivo la solución de los problemas que aquejan a todos los vascos, sino su perpetuación toda vez que, como un caudillo, incita a sus gentes a la radicalidad. Aún están recientes sus palabras en el batzoki de Zarauz. Tras mandar a la mierda, con todas las letras, al popular Iturgaiz, la emprendió con los periodistas y ¡asómbrense!, con los nacionalistas del PNV que no piensan como él. Refiriéndose a éstos su frase fue terminante: “Donde manda capitán no manda marinero”. Está claro que él es el capitán y que los críticos, mientras no abandonen la nave del PNV, sólo son marineros. Sin embargo, obsesionados los marineros, reflexivos con la extraña forma de gobernar el barco de su capitán, están provocando demasiadas zozobras. Arzalluz vive en una profunda contradicción. Empavonado en su capitanía peneuvista no ha valorado aún su condición de simple marinero dentro del complicado entramado nacionalista generado en Lizarra. En esa compleja red, Arzalluz y su grupo pretenden ocupar el mismo espacio crítico de los Atutxa, Guevara, Arregi y demás dentro del PNV. ¿Cómo reaccionaría Arzalluz si la voz de ETA le recordara que “donde manda capitán no manda marinero”? Porque en esa nave que se las daba de infalible, construida por los artesanos nacionalistas en Lizarra, todos han comprobado ya quién ocupa el puente de mando, y ese no es Arzalluz. Arzalluz vive, además, envalentonado. Engallado y erguido hasta las nubes no dudó en afirmar que “un partido no puede tener gente asustada después de todo lo que ha pasado”. De nuevo yerra el “insigne capitán” porque debe saber que hay muchos militantes del PNV, gentes de bien y honrados ciudadanos, que viven asustados, pero no por miedo a España y su Gobierno sino por miedo a ETA. Sería bello que el próximo verano no sea un duplicado de éste y nos ayude a olvidarlo. Los nuevos tiempos exigen firmeza, imaginación, tolerancia y diálogo, pero exigen sobre todo que estemos dispuestos a correr algún riesgo, siempre con el objetivo puesto en la paz y la libertad. n *Diputado Foral del PSE por Vizcaya. |
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Basta ya, por supuesto ¿y qué más? Eduardo Sotillos* A l desplegar su ofensiva de terror este verano, ETA ha dejado las cosas más claras y, al tiempo, ha hecho más difícil que quienes deseamos su derrota sigamos escudándonos en una argumentación repetitiva, autocomplaciente e inútil. Al matar a Juan María Jáuregui, socialista euskaldún, con familia militante en la radicalidad abertzale, y a Manuel Indiano, madrileño, concejal del PP, pasando por un dirigente empresarial nacionalista, ETA ha vuelto a liquidar el discurso de que estamos frente a una limpieza étnica. La transposición automática y sin un punto de reflexión del calificativo de nazismo a las criminales prácticas etarras sólo conduce al error de perspectiva, al fallo en el diagnóstico, que impide la aplicación de una correcta terapia. ETA ha matado –tengo la impresionante lista delante– a muchos hombres con sonoros apellidos vascos, pertenecientes a familias de profunda estirpe vasca. ETA ha matado también a Yoyes y tiene en el punto de mira a muchos antiguos compañeros de filas, no porque hayan dejado de ser vascos; no porque, en un momento de la reciente historia, no alentaran la euskaldunización del país, sino porque habían mostrado su horror ante la transformación de una lucha armada contra lo que consideraron un sistema agresor, dictatorial, en una acción terrorista salvaje. En la retórica cada vez más ineficaz de los comunicados que siguen a los crímenes, queda bien decir que ETA es enemiga de la democracia y la libertad –pues claro que sí lo es– pero no es cierto que esos sean sus principales objetivos. ETA ha matado con la misma saña a políticos y policías al servicio de la dictadura, ha cometido atentados muy crueles durante la transición y ha continuado haciéndolo durante los años democráticos. ETA ha visto pasar ministros del Interior que aseguraban que la iban a perseguir hasta el infierno, ministros que pudieron conseguir que alguna fracción etarra se sumara a la lucha partidaria gracias a una amnistía, ministros que aceptaron negociar directamente con la cúpula dirigente, y un actual responsable de la cartera, que ha tenido la oportunidad excepcional de un extenso periodo de tregua, que sólo cuando terminó tuvo la delicadeza de comunicarnos que él ya sabía que era un engaño. Ahora también, siempre apoyado en un impecable ejercicio mediático, que le proporciona un alto grado de popularidad y respalda su carrera política hacia la presidencia del Gobierno vasco, justifica el recrudecimiento de la violencia en la oportunidad que tuvo ETA para reorganizarse durante esos meses. Y nadie parece atreverse a preguntarle cómo es posible que, con tan gran clarividencia, no hubiera tomado las medidas exigibles para contrarrestar esa estrategia. Nadie –ni yo tampoco– puede formular reparo alguno a la consigna de la unidad frente al terrorismo. Gobierno y oposición deben trabajar juntos, como han anunciado. Pero eso no debe suponer la aceptación de políticas bienintencionadas pero erróneas. Mayor Oreja también tendría que realizar, en silencio, una reflexión autocrítica. Y los dirigentes partidarios practicar la discreción en sus contactos, aunque se reduzca la duración de los telediarios. Tengo la profunda convicción de que será la propia ETA la que terminará empujando de nuevo al nacionalismo vasco democrático al espacio plural de encuentro en las instituciones donde colaboró tanto con socialistas como con populares. Mucha gente del PNV y de EA han llorado estos días –todos los hemos visto– junto a los cadáveres de las víctimas de ETA. Sería mezquino y, en todo caso, poco inteligente no anotar en el haber del PNV y no hacérselo explícito a sus votantes el gota a gota de su ruptura con EH en los ayuntamientos, ni los enérgicos discursos condenatorios de Ibarretxe o la fusión, al fin, de sus representantes con los dirigentes no nacionalistas en la manifestación de San Sebastián, tras una misma pancarta que decía, escuetamente, “ETA no”. Ahora, en Zumárraga, una sola frase diferente en la que portaban los nacionalistas, “El pueblo tiene la palabra”, sumada al “ETA no, basta ya” común, ha impedido la manifestación conjunta y ha dado lugar a un nuevo bombardeo de descalificaciones entre quienes coincidían en lo fundamental. El nacionalismo vasco cometió un error en Lizarra y hay signos de que es consciente de ello. Pero no resulta responsable dificultar su salida con permanentes discursos de criminalización. En Euskadi no está Canossa, sino Vergara. No cabe, tampoco, echarse las manos a la cabeza y descubrir, como por sorpresa, que el programa máximo del PNV es el soberanismo. Cuando todavía el lehendakari Ardanza visitaba Madrid entre sonrisas, un grupo de periodistas recibimos, como respuesta a una pregunta insistente, su declaración. “Lo lamento, no debo engañarles, yo no me siento español, pero intento ser leal con el Estado al que represento en Euskadi”. Hay testigos. Los que deseamos que Euskadi siga siendo territorio español, pero creemos, de verdad, que en una democracia todos los objetivos deben tener un cauce político, con exclusión del uso de la violencia, tenemos que esforzarnos por conseguir, también nosotros, conquistar día a día las voluntades. El legado que nos ha dejado Jáuregui, con el que seguramente no contaban sus asesinos, es el de la imagen del alcalde nacionalista de Legorreta, llorando con desconsuelo la muerte de su íntimo amigo. No creo, sin embargo, que debamos esperar a hacer camino sobre la sangre de más inocentes. La inteligencia debe vencer a la irracionalidad, el análisis sin anteojeras y sin ambiciones ocultas de poder, a las emotividades espasmódicas. Los pueblos tienen el derecho de gritar y de decir basta. Los dirigentes, la obligación de hacer innecesarios los gritos y las lágrimas. Nada se comprende sin aceptar la evidencia de que detrás de ETA aún se alienan miles de ciudadanos convencidos de que esos crímenes que quiero creer que muchos rechazan, porque no se atrevan a pronunciar la palabra “condena”, forman parte de lo que entienden como su guerra de la independencia. Todos, también muchos nacionalistas vascos, hemos argumentado, desde muy celebrados ensayos hasta la improvisación de las tertulias, sobre la escasa viabilidad de ese proyecto independentista en el marco real de la política española y en el contexto europeo. No hemos debido dar sin embargo con el discurso adecuado, cuando un dirigente de HB –hay testigos–, después de haberle expuesto todo el catálogo de inconvenientes, terminó confesándome que a él no le importaría en absoluto que, en vez de turista, hubiera rebaños de cabras pasando por la Concha de San Sebastián, si a esa situación se llegaba tras un proceso de independencia. Este no es, a buen seguro, un artículo “políticamente correcto”, pero es la muestra de un ejercicio de libertad, ese territorio sin fronteras físicas que, en estos momentos, en España, sólo impide disfrutar un tiro en la nuca. Y ese es el monopolio de los etarras. *Periodista |