Nº 410
1/5/2000

Caen los ultras, Rajoy adelanta a Rato y se refuerza Piqué

DERECHA CIVILIZADA

El segundo Gabinete de José Maria Aznar nace con tendencia moderada y con la aparente vocación de encarnar, en esta nueva etapa, el talante de derecha civilizada y dispuesta a dialogar que presentó el presidente en su investidura ante el Parlamento. Pero también ha mantenido, hasta el último momento, sorpresas, como la de colocar, por delante de Rodrigo Rato, a Mariano Rajoy, que asume el papel dejado vacante por el degradado Francisco Álvarez Cascos. De esta forma, la carrera para la sucesión de Aznar a cuatro años vista queda abierta y sin un solo candidato único. Por otro lado, destaca el reforzamiento de Josep Piqué, quien, a pesar de sus problemas judiciales, pasa a Exteriores y coloca en Ciencia y Tecnología a una persona de su absoluta confianza como es Anna Birulés.

Catherine MORDOS

Mantuvo el misterio hasta el último minuto. El segundo Gobierno de José María Aznar aparece más equilibrado, razonable y centrado que el primer Gabinete de 1996, aunque con algunos matices y varias incógnitas que el tiempo revelará. Uno de los primeros datos que saltan a la vista del nuevo equipo de gobierno es la solidez del que ya se ha empezado a llamar el núcleo duro, compuesto, sobre todo, por las dos figuras preeminentes del Gabinete: Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Este último, en una de las mayores sorpresas que tenía reservadas Aznar, no ocupa el puesto que todos le adjudicaban, como recompensa a su buena gestión al frente de área económica. Y en lugar de colocarse en la vicepresidencia primera, mantiene el papel de vicepresidente segundo y ministro de Economía que ya le asignaron en 1996. Sobre el papel sigue como estaba, pero, según algunas versiones, se trataría de un paso atrás. Otras interpretaciones apuntan a que con este movimientos, en realidad, Aznar habría querido arropar a Rato, con el fin de no quemarle prematuramente de cara a la carrera por la sucesión.

En este sentido, la nueva composición del Ejecutivo puede resultar reveladora de las intenciones de Aznar ante su sucesión. Tal y como ha anunciado el presidente, ésta es su última legislatura como jefe del Ejecutivo y su claro propósito, a la vista de la composición de su nuevo Gabinete, parece ser la de dejar abierta la batalla por el delfinato, que habría quedado prácticamente zanjado si hubiera ascendido a Rato a la primera vicepresidencia, con el riesgo que ello conlleva de desgastar prematuramente al candidato único. En todo caso, ha llamado la atención el hecho de que Rato tampoco ha logrado colocar como ministra ‑sonaba en Agricultura a Elena Pisonero, una persona de su entorno más cercano.

Mariano Rajoy, ungido por Aznar como verdadero número dos del Gobierno, es un hombre muy cómodo para colocarle en el puesto de número dos, en la medida en que su falta de ambición aleja todo peligro de que se abra una batalla política peligrosa en los núcleos más delicados del poder. El dirigente gallego, hasta ahora ministro de Educación, es no sólo el titular de la cartera de Presidencia, sino vicepresidente primero, lo que le confiere el papel de presidente en funciones en las ausencias de Aznar.

Artífice de la victoria electoral del 12 de marzo, Rajoy también puede, desde su nuevo puesto de privilegio, aspirar a relevar a Aznar cuando acabe la legislatura. En todo caso, su presencia muy cerca del presidente ‑tanto física como políticamente‑ indican que el nuevo ministro de la Presidencia es el hombre llamado a ocupar el lugar dejado libre por Francisco Álvarez Cascos, desplazado a posiciones más modestas.

Resulta significativo que en las quinielas que circulaban en Moncloa en la tarde del pasado jueves figurara, como ministra de Sanidad, Ana Pastor, una persona que goza de la confianza de Rajoy y que habría sido un elemento de apoyo para el vicepresidente primero. Pero quizás la reconocida falta de ambición personal del ministro de la Presidencia le haya impedido batallar a fondo por ella, por lo que, a última hora, fue desplazada por el desconocido Miguel Arias Cañete.

El cambio de papeles entre Cascos y Rajoy va a resultar determinante sin duda de cara a la imagen que ofrezca en el futuro el nuevo Gobierno y a su propio talante como gestor. La personalidad de Rajoy es más abierta, dialogante y flexible que la de Cascos y concuerda mucho mejor con la línea centrista propugnada por Aznar, plasmada en las ofertas de diálogo lanzadas en el reciente debate de investidura en el Congreso.

Rato, a pesar de su paso atrás real, se presenta como una de las figuras con mayor poder. Tiene control absoluto sobre el área económica, que se refuerza con la división en dos partes del antiguo Ministerio de Economía y Hacienda. En este sentido se puede interpretar el nombramiento de Cristóbal Montoro como titular del nuevo departamento de Hacienda, con el encargo de elaborar para el año que viene la segunda reforma de IRPF El equipo bajo la directa supervisión de Rato se completa con la permanencia del recientemente nombrado Juan Carlos Aparicio al frente de Trabajo.

Detrás de Rato y Rajoy se colocan tres hombres clave, con papeles muy concretos. Jaime Mayor Oreja mantiene Interior, de manera que queda refrendada y respaldada la estrategia de dureza emprendida por el político vasco. También en su discurso de investidura Aznar dio muestras de este apoyo, al atacar agriamente al PNV. Pero por encima de Mayor Oreja destaca el papel reservado a Josep Piqué, un hombre que, como se recordará, ha sido blanco de no pocos ataques por su implicación en el caso Ercros. De hecho, ha estado ‑y sigue estando, ya que los tribunales catalanes pueden decidir en cualquier momento su procesamiento‑ bajo investigación judicial en el Supremo.

A pesar de ello, Aznar ha querido recompensarle su fidelidad y su buen hacer como portavoz dándole un ministerio escaparate como es Asuntos Exteriores, pero sobre todo concediéndole que coloque en el nuevo departamento de Ciencia y Tecnología a una persona de su total confianza y amiga, como es Anna Birulés. La hasta ahora consejera delegada de Retevisión proviene de un pequeño grupo que ha prosperado, integrado por Piqué y Miquel Puig, actual director general de la Radio Televisión Catalana, que trabajó hace años en la Generalitat bajo las ordenes de Juan Hortalá, entonces consejero de Industria y hoy presidente de la Bolsa de Barcelona. Birulés ya había sido tentada, en las pasadas elecciones autonómicas catalanas, por el PP para ocupar un puesto en sus listas. Rechazó la oferta y algunos sectores del partido no han ocultado su malestar por el hecho de que Birulés rechazara el trabajo que conlleva presentarse a unas elecciones y aceptara, poco después, un cargo de relevancia al frente de un ministerio.

El nombramiento de Piqué en Exteriores, por otro lado, abre una incógnita. Se trata de saber cómo compaginará el dirigente catalán el cargo de responsable de la diplomacia española ‑con lo que ello conlleva de desplazamientos fuera del país‑ con su papel como futuro candidato del PP a la presidencia de la Generalitat.

Otra de las novedades sorprendentes introducidas por Aznar ha sido el fichaje de Pío Cabanillas como ministro Portavoz. Cabanillas era quizás uno de los pocos nombres que no habían sido citados en ninguna quiniela. Cabanillas, al frente de RTVE, ha tenido una gestión positiva, ya que cumplió con su papel de cara amable, que llegó al ente con la misión, que parece haber cumplido razonablemente bien, de pacificar el ambiente en una de las empresas más conflictivas.

El nuevo ministro Portavoz desplaza a Javier Arenas, secretario general del PP y el nombre que, hasta el último momento, muchos daban como seguro Portavoz. Este cambio parece dejar al dirigente andaluz un tanto aislado en el aparato del PP. Sin embargo, trabajo no le faltará en los próximos meses, hasta el congreso del PP en 2003. Según fuentes solventes, la lista de agraviados por no haber logrado ser nombrados en algún cargo va a llevar a que puedan surgir movimientos críticos en el partido,

La designación de Federico Trillo en Defensa causó tanta extrañeza como el nombramiento de Acebes en Justicia. Acebes nunca ha tenido contactos reseñables con el mundo de la judicatura y tiene a su favor el no presentarse como un hombre alineado con los sectores más duros de la justicia, integrados en la Asociación Profesional de la Magistratura, que aspiraban a colocar en ese ministerio a una persona dé su cuerda. Jaume Matas, en Medio Ambiente, Jesús Posada, en Administraciones Públicas, o la presencia de un desconocido Miguel Arias Cañete en Agricultura han sido algunas de las novedades anecdóticas que han dejado en tierra a candidatos del peso de Juan José Lucas y llevado a que un desprestigiado Rafael Arias-Salgado abandonara el Gobierno. Por el contrario, Celia Villalobos, con la que Aznar logra el doble objetivo de cubrir la representación de mujeres y de andaluces, ha cumplido sus aspiraciones nunca ocultadas, en tanto que Pilar del Castillo, ya tentada en 1996 con un ministerio que rechazó, ha visto recompensada su buena labor al frente del Centro de Investigaciones Sociológicas. Su forma inteligente de dosificar los sondeos ha tenido su parte de mérito en la victoria electoral del 12 de marzo pasado.


Rato y Rajoy: dos pilares para Aznar

A pesar de la incertidumbre, en todo momento quedó clara la intención de Aznar de mantener un núcleo duro en su Gobierno, compuesto por valores en alza como son Rodrigo Rato, Mariano Rajoy y, en menor medida, Jaime Mayor Oreja y Josep Piqué. Estos cuatro nombres fueron, desde un principio, fijos en todas las quinielas que se barajaron en torno al misterio del cuaderno de tapas azules. Las dudas eran, sobre todo, si Mayor Oreja se mantendría en Interior, a pesar de su duro enfrentamiento con el PNV, y si Piqué asumiría Ciencia y Tecnología, un ministerio que parecía creado a su medida, o bien pasaría a ocupar otra responsabilidad de mayor relevancia, como Exteriores. Tanto si a Piqué se le confiaba un departamento u otro, estaba claro que Aznar no estaba dispuesto a renunciar a él a pesar de sus problemas judiciales con el caso Ercros.

Pero, sin duda, el elemento de mayor, trascendencia política se ha centrado desde el principio en los papeles que finalmente se les han asignado a los dos hombres que mayor peso tienen en el nuevo Gobierno, es decir, Rato y Rajoy. De la importancia que ambos han adquirido en los últimos tiempos para Aznar, nadie alberga ninguna duda. No en vano, Rato es en buena medida el artífice de la buena gestión económica que ha sido una de las más solventes bazas que ha podido presentar Aznar para defender su gestión. Lograda en parte gracias a la bonanza económica internacional, pero también gracias a algunos indiscutibles aciertos, Rodrigo Rato se ha apuntado el éxito de conseguir colocar a España en los puestos de cabeza en la carrera hacia la Unión Monetaria Europea, cumpliendo todos los requisitos que exigía el Tratado de Maastricht. Tan sólo cierto descontrol con la inflación ha empañado una gestión cuyos resultados, de hecho, han servido de base para el segundo discurso de investidura de Aznar. Además, este brillante palmarés del ministro de Economía y vicepresidente segundo parecía colocar a Rato en inmejorable situación de cara a la anunciada sucesión de Aznar, si bien sus aspiraciones frustradas por el ascenso de Rajoy trastocan los planes.

Rato, en 1996, no parecía destinado a ocupar un puesto de tanta relevancia en el equipo de Aznar. De hecho, no faltaban las voces que subrayan ciertos recelos de Aznar hacía este dirigente, heredado de la etapa Fraga y que nunca ha formado parte de su equipo de absoluta confianza, De hecho, las procedencias y talantes de Rato y Aznar son radicalmente distintos. Mientras que Aznar ha labrado su carrera a base de tesón, el empresario Rato es hijo de familia adinerada y todo parece haber sido mucho más fácil para él. Así, cuando, en 1996, Aznar configuró su primer Ejecutivo, pensó en Rato para ocupar Exteriores. Sin embargo, el actual número dos del Gobierno pidió, por razones familiares y personales, otro ministerio, y fue encargado de ocuparse del área económica, desde una vicepresidencia segunda supeditada al poder, entonces floreciente, de Álvarez Cascos.

En cuanto a Rajoy, su estrella ha empezado a brillar desde hace tiempo, pero es a raíz de las elecciones del pasado 12 de marzo cuando se ha visto confirmado como el tercero de a bordo y el único capaz de hacerle sombra a Rato. Para muchos, incluido el presidente, este gallego, hoy ministro de la Presidencia, es en gran parte el artífice de la victoria electoral que le dio a Aznar la mayoría, absoluta.

Mariano Rajoy agrada a Aznar por su talante escasamente ambicioso y su fidelidad a toda prueba, lo que le convierte en alguien en quien el presidente puede establecer una relación de confianza similar a la que mantuvo en su momento con Álvarez Cascos. Con la ventaja añadida de que Rajoy es capaz de ejercer como fontanero sin crear el rechazo frontal que provocaba Cascos con sus salidas de tono.


La caída controlada de Cascos

Algunos le daban como una de las bajas seguras del segundo Gobierno Aznar. Pero no contaban con la costumbre del presidente de recompensar fidelidades y pagar por los servicios prestados. Francisco Álvarez Cascos ha visto su estrella política apagarse desde hace tiempo y su valoración como político, tanto entre los dirigentes del PP como entre los propios ciudadanos, está por los suelos a raíz de varios errores de bulto y un talante poco dado a la transigencia. Pese a todo y a todos los que pedían, desde el propio partido, que fuera apartado de las labores de gobierno, Aznar ha optado por mantenerlo, aunque en un puesto de menor relevancia, al frente de un ministerio técnico como es Fomento.

Álvarez Cascos ocupó un papel fundamental en la etapa en la que el PP ejercía una oposición dura contra el PSOE a través de denuncias judiciales, y el hombre que, según muchas fuentes, tenía en la mano todos los hilos de la conspiración que acabó con la administración socialista. De siempre ha asumido al parecer con comodidad este papel de azote de la oposición y cabeza visible del ala más dura y radical del PP, al tiempo que controlaba con mano férrea la estructura del partido.

Su progresivo distanciamiento del núcleo de poder se produjo como consecuencia de algunos errores de cálculo y torpezas que se iniciaron con el enfrentamiento mantenido en Asturias con el entonces presidente autonómico Sergio Marqués, y que llevó a que el PP perdiera el poder en esa comunidad. Se enfrentó a muerte con Mayor Oreja en el terreno mediático, fue el inspirador de una estrategia de enfrentamiento que, a la postre, resultó contraproducente para la imagen del Gobierno.

El hecho de no nombrar a Cascos en Defensa y colocar en su lugar a un hombre más flexible –aunque muy condicionado por su pertenencia al Opus- como es Trillo es significativa. Defensa sigue siendo un ministerio eminentemente político, que conserva total control sobre la política de nombramientos en las Fuerzas Armadas, uno de los estamentos más sensibles de la sociedad. Los últimos ascensos de Defensa han sido muy polémicos, ya que, tal y como publicó EL SIGLO, varios altos mandos que en su día estuvieron relacionados de alguna manera con el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 han sido destinados a puestos clave.

Por otra parte, desde el Ministerio de Defensa se mantiene control sobre una cuestión, la de los servicios de información, a la que Álvarez Cascos tenía gran apego, ya que permite mantener un considerable poder en la sombra. La reforma del CESID, que depende a partes iguales de Defensa e Interior, está aún por elaborarse.

 

Los que pudieron ser

Aznar ha tenido a los ministrables con el alma en vilo. El presidente ha apurado hasta el último minuto para desvelar los nombres que tan celosamente ha ocultado en su cuaderno azul y ni los candidatos más evidentes las han tenido todas consigo hasta que el jefe del Ejecutivo les comunicó su intención de contar con ellos en el Gobierno. Detrás quedan las quinielas que apostaban por candidatos que, bien por su proximidad a Aznar o a alguno de sus hombres fuertes, bien por su meritoria carrera profesional, sonaban como posibles aspirantes a alguna de las carteras. Una de las favoritas en las quinielas por la que se llegó a apostar hasta el último momento era Elena Písonero. La secretaria de Estado de Comercio, Turismo y Pymes ha vuelto a quedar fuera del cupo de ministros ‑tras la marcha de Loyola de Palacio al Parlamento Europeo se filtró la noticia de que Pisonero la sustituiria en Agricultora, cartera que finalmente pasó a manos de Jesús Posadapero se comenta que podría incorporarse a una nueva Secretaria de Estado de Relaciones Internacionales. Ana Pastor y Enrique Fernández‑Miranda eran otros de los dos firmes candidatos a alcanzar las carteras de Educación y Sanidad, respectivamente, Sin embargo, la titular de la Subsecretaria de Educación y Cultura y el diputado y miembro del Comité Ejecutivo del PP vieron cómo había quedado todo en agua de borrajas tras el nombramiento de Pilar del Castillo y Celia Villalobos en los ministerios que les había asignado con gran desatino la rumorología. La académica Carmen Iglesias era otra de las mujeres que habían aparecido en las quinielas de candidatos por su valía intelectual y su proximidad a la Casa Real española, a pesar de que ella había negado rotundamente en varias ocasiones que no estaba dispuesta a entrar en política. Al que sí le habria gustado ocupar alguna cartera del Gabinete de Aznar es al presidente de la Junta de Castilla y León, Juan José Lucas, que ha manifestado en varias ocasiones su buena disposición a abandonar el Gobierno de su comunidad para acudir a Madrid junto al jefe del Ejecutivo.

José Foigado y Juan Costa son ¡os dos hombres de confianza de Rodrigo Rato que se han quedado a las puertas del nuevo Gobierno de José Maria Aznar. El primero de ellos, secretario de Estado de Presupuestos, había aprobado con buena nota en este departamento durante la pasada legislatura y es muy probable que continúe siendo el titular de alguna secretaria, Costa, que ha logrado agilizar las devoluciones de la declaración de la renta desde la Secretaria de Estado de Hacienda, ha tenido varios traspiés, como su incapacidad para solucionar el conflicto interno de la Agencia Tributaria.

V.M.

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