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Profetas en quiebra Termina el año con una economía que marcha a todo trapo y nada hace pensar que no vaya a continuar durante el próximo año. La Bolsa, que no siempre ha respondido a la marcha de "la economía real", ha sido en esta ocasión lo que se supone que es cuando no está turbada por movimientos especulativos desaforados: el termómetro de la economía. En efecto, las subidas de las cotizaciones se corresponden ahora con los buenos resultados de las empresas y con las expectativas de la economía española. Ni la escalada del petróleo, ni la subida de tipos de interés ya iniciada y que marca una nueva tendencia, ni los temores sobre la inflación han sido suficientes para frenar el crecimiento. El pasado miércoles, Antonio Zoido, presidente de Bolsas y Mercados Españoles, tuvo que esforzarse en contener su euforia al dar cuenta de la situación y perspectivas de los mercados en su almuerzo de fin de año con los periodistas. Pero la realidad es la que es: el Ibex-35, el indicador más significativo, subió en el año que termina un 16 por ciento y suma un 75 por ciento de rentabilidad en tres años. Los altos rendimientos españoles se extienden a un decenio: la rentabilidad acumulativa durante este período ha sido la más alta del mundo. Lo ha resaltado Zoido y lo habían señalado The Economist y Morgan Stanley: la Bolsa española es líder en términos de rentabilidad total (incluyendo dividendos brutos) en los últimos diez años entre los principales mercados internacionales. La rentabilidad anual acumulativa de la década ha sido del 17,4 por ciento frente al 11,9 de Italia y Francia, el 9,3 de Estados Unidos, el 7,3 del Reino Unido o el 1,1 de Japón. Dos empresas españolas, Telefónica y Banco Santander, son los valores más líquidos de Europa. Hemos vivido la década prodigiosa dentro de un ciclo que no tiene precedentes desde la II Guerra Mundial en todo el mundo con excepción de Europa, que sigue estancada. España se ha salvado del contagio europeo creciendo al 3,5 por ciento, según datos del tercer trimestre, manteniendo un diferencial de 2,2 puntos con la zona euro. Otra nueva profecía que se derrumba. Los expertos nos han venido machacando durante años denunciando las rigideces de la economía española, la imperiosa necesidad de reformas estructurales -se refieren siempre al mercado del trabajo- y poniendo como ejemplo el paradigma de Europa. Ahora resulta que España es la excepción europea y los expertos se dividen entre quienes se callan prudentemente al no saber explicar lo que ha ocurrido, consolándose con la afirmación de que nuestro país podría crecer un punto más, o bien argumentan que en realidad nuestro país goza de una de las economías más liberales de la Unión, lo que atribuyen, en parte, al dinamismo procedente de la fuerte inmigración. Las profecías están para derrumbarse, como ha sido la que sostenía que la escalada del petróleo nos llevaría a la depresión o la del inminente derrumbe de la construcción o la más antigua sobre la quiebra de la Seguridad Social y la imposibilidad de sostener el Estado del bienestar. Ninguno de nuestros sabios se atreve ahora a pronosticar catástrofes para el año que viene como las que podrían provocar el derrumbe del ladrillo o una caída brutal del consumo, los dos motores del crecimiento que experimentamos. Afortunadamente, tal como ha señalado Antonio Zoido, los inversores particulares están participando de la subida de la Bolsa. En efecto, el 24 por ciento de la acciones está en manos de particulares y el 60 por ciento del ahorro familiar está invertido en productos relacionados con el mercado de valores: acciones, títulos de renta fija, fondos de inversión o de pensiones y hasta en activos tan sofisticados como los futuros y opciones. Los beneficios bursátiles están sirviendo de alivio al fuerte endeudamiento de las familias españolas. La euforia no es, sin embargo, buena consejera porque invita a la inactividad. Tras un minuto de satisfacción por los datos aportados, a los que hay que añadir la creación de empleo, el superávit de las cuentas públicas e incluso la mejora de uno de nuestros puntos negros, las exportaciones, deberíamos actuar son sensatez y aprovechar la bonanza para ir superando algunas debilidades y, de forma singular, nuestro atraso tecnológico. Pero, de momento, en este minuto de satisfacción brindemos con un buen cava ante el nuevo año y no dejemos que factores extraeconómicos que podrían desprenderse de una mala gestión del Estatuto de Cataluña nos desestabilicen. |