| Hemeroteca | Lista sin maldad |
![]() |
||
|
|
Los ciudadanos mandan El no de franceses y holandeses me llena de optimismo. Soy optimista porque la negativa de los ciudadanos de ambas potencias, fundadoras de la Unión Europea y avanzadilla económica y social del continente, puede ser un revulsivo eficaz. No creo que franceses y holandeses se hayan opuesto al articulado constitucional, menos a que signifique una oposición a que Europa se dote de una Constitución y aún menos que refleje un comportamiento antieuropeo. Lo que me parece percibir es un mensaje a los políticos invitándoles a que se paren un momento y reflexionen. Sería como el "sosegaos" con que Felipe II frenaba a los cortesanos demasiado vehementes. Ambos noes han puesto de manifiesto un desfase profundo entre los ciudadanos y sus representantes que no puede interpretarse como una deslegitimación del sistema de representación, sino como una llamada al orden. En el fondo puede entenderse como una mejora democrática que revitaliza la consulta a los ciudadanos como definitiva instancia política y no como un mero trámite para refrendar lo que dicen los políticos. Los noes en los referendos no han sido frecuentes y cuando se han producido han tenido serias consecuencias como la dimisión de los gobernantes que lo propusieron. Lamentablemente, Chirac no ha tenido ese detalle. Estábamos mal acostumbrados ante el automatismo con que generalmente el pueblo convalidaba las propuestas de sus dirigentes poco sensibles a la baja participación ciudadana. En esta ocasión los ciudadanos se han tomado en serio su poder: han debatido a fondo, han acudido en masa a las urnas y han expresado su voluntad de forma rotunda. Creo que debemos felicitarnos por ello. ¿Qué han querido decir en esta ocasión? El análisis es difícil pero para eso están los expertos, que deben obtener respuestas que sirvan de base para que los políticos reorienten sus propuestas. El pueblo ha hablado y ahora sus representantes deben interpretar su mandato. Quizás haya que calibrar los temores subyacentes a la marcha de la Unión. Quizás los ciudadanos no terminen de fiarse del lenguaje políticamente correcto de sus líderes. Quizás tenga que ver su negativa con cierta desconfianza ante la superación, estimada como demasiado rápida, del ámbito estatal en beneficio de un espacio más amplio y menos controlable. Quizás se han agregado otros miedos relacionados con las fuertes migraciones o con la incorporación de Turquía, así como rechazos, de signo opuesto, a los contenidos sociales del texto propuesto: miedos a la reducción del Estado del bienestar y, en sentido inverso, a una rigidez laboral que frene el crecimiento. Hasta ahora los grandes avances de la Unión se han hecho a partir de pequeños progresos en la integración práctica. Comenzó siendo una comunidad del carbón y del acero que desembocó en un mercado común generalizado. La Europa verde fue la primera decisión que no estaba condicionada por los intereses mercantiles, que respondía a la defensa de los agricultores y que llevaba implícitos algunos sacrificios de los países menos agrarios. El mercado interior del Acta Única ( 1987) representó un gran paso para la integración económica y la aproximación política, y el Tratado de Maastricht (1992) sólo se diferencia de una Constitución en que no invocó su santo nombre. Si los padres de Europa, los Monnet y compañía, hubieran planteado desde el principio una Constitución en lugar de propiciar la denostada "Europa de los mercaderes" la Unión no existiría. Hemos llegado al punto en que Europa puede tener una Constitución pero parida sin fórceps, con el apoyo de las opiniones públicas, como una resultante natural. Puede parecer una boutade pero podemos avanzar con más eficacia hacia la Constitución con hechos como la compra de un banco italiano, el BNL, por parte del español BBVA, que forzando avances que quizás necesiten más calma. No creo pues que esté justificado el pesimismo de estos días. No creo que la moneda común, el euro, ni mucho menos la Unión Europea estén en peligro. El no a la Constitución no tiene por qué impedir decisiones concretas como el avance en seguridad y defensa como un añadido al Niza resucitado. En todo caso deben continuar las consultas que faltan para tener una idea más exacta del pensar y sentir de la gente. Y a partir de ahí empieza un debate en el que por primera vez participa con pasión el pueblo. Esto no es el europesimismo, sino la superación de lo que tantas veces ha sido criticado: que la construcción europea fuera un asunto de políticos al que el pueblo asistía con un interés perfectamente descriptible. |