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Jugando con las palabras El verbo manda y los partidos fabrican términos como churros o moldean los antiguos. La ambigüedad del lenguaje permite jugar con ellos como con la plastilina y ahorra el trabajo de definirlos. Con frecuencia no son más que guiños de complicidad emocional cuando no encubren reivindicaciones de privilegios o de dinero. Ya no se puede descoyuntar más el término nación. ¿O sí? La última versión es "comunidad nacional", que se añade al "Estado libre asociado" del plan Ibarretxe, que ha superado con ayuda de ETA su primer escollo. Mientras, Eguíbar reparte certificados de vasco. Lo de "comunidad autónoma" está obsoleto, quizás por el mero hecho de que aparece en la Constitución. En Cataluña, Pasqual Maragall se lanza por la pista nacionalista. Los partidos catalanes, de momento con la excepción del Popular, exigen que en la Gran Norma se les nombre como nación, pues no sé por qué lo de nacionalidad les parece inaceptable, quizás porque aparece en la Constitución. Como consecuencia todas las Comunidades serán igualmente denominadas por su nombre de pila. El documento de Santillana es ya una reliquia histórica. La estructura federal del PSOE que disfrazaba su centralismo empieza a cobrar insospechada realidad, a punto de quedarse corta ante el fantasma confederal. A José Blanco, secretario de Organización, lo de "comunidad nacional vasca" le parece una expresión que aún no ha sido suficientemente explorada ni pulida; a Rosa Díez, quien disputó a Zapatero la Secretaría General, le suena a Franco, Hitler y Pinochet; Nicolás Redondo Terreros, que perdió el último congreso frente a Patxi López, asegura que los patxistas han defenestrado la gloriosa historia del partido y que "una nación no puede incluir distintos proyectos nacionales". Juan Carlos Rodríguez Ibarra que, escaldado por anteriores improvisaciones, ha contado durante cuarenta y ocho horas antes de manifestarse, lamenta, ortodoxia en ristre, "que empiece a haber muchos nacionales, mucha comunidad nacional, mucho confederalismo, mucho espíritu identitario y eso un socialista no lo puede compartir". José María Barreda, su homólogo en Castilla-La Mancha, se pregunta qué es eso de "las relaciones bilaterales con el Estado". Y Bono, siempre en guardia, alerta contra los que buscan un derecho divino o sobrenatural para tener más derechos que los vecinos. El ministro de Defensa ha dado su receta: más Constitución, más libertad, más respeto, más igualdad y más sentido común. En definitiva, "más España". Las palabras las carga el diablo, como los fusiles. Parece como si la convivencia entre los españoles dependiera de elegir bien las palabras. Siempre hay que hacerlo pues las palabras curan o matan. El idioma nos hace hombres y nos da la herramienta que nos ha permitido superar las cavernas y alcanzar la compleja civilización que disfrutamos. Pero a veces las palabras confunden, inocentemente o para disimular la realidad o endulzar la píldora; cuando definen abstracciones como la nación o la patria puede uno temerse lo peor: evocaciones mágicas ajenas a la realidad histórica y a veces a la realidad misma y al sentido común. En el fondo de algunas propuestas nacionalistas laten privilegios económicos y ventajas sociales. ¿Estamos en el terreno de la metafísica o en el de los dineros? ¿Es el síndrome del cupo vasco lo que encubren algunas reivindicaciones identitarias cuando a los nacionalistas vascos les parece superado por españolista? De momento, la Constitución se fundamenta "en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas". En ello nos hemos puesto de acuerdo hace 26 años y es altamente improbable revisarlo pues para cambiar este Título son precisos unos consensos hoy imposibles. Es algo más que curiosa la caída de términos como pueblo ante el de nación o la sustitución de la identidad ciudadana por la nacional. Es aún más que curioso, materia de psicoanalistas, que después de 30 años de la muerte de Franco a muchos políticos les resulte imposible pronunciar la palabra "España", que sustituyen impropiamente por "Estado español". Franco se murió, pero ciertos antifranquistas nostálgicos no se resignan a admitirlo. La palabra España no mueve necesariamente a la exaltación patriótica, sino a la geografía humana aunque haya quien la utilice al viejo estilo franquista. Lo trasnochado no es un monopolio de la progresía. |