Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 627
6/12/2004

Volatilidad

Volátil es el adjetivo que, en mi opinión, define mejor el momento político. Esta expresión, tomada en principio del mundo de las aves - "que vuela o puede volar", según la define la Real  Academia-, admite una segunda acepción: "Aplícase a las cosas que se mueven ligeramente y andan por el aire". Y, en lenguaje figurado, "mudable" e  "inconstante".  La volatilidad política que vivimos no ha tomado, sin embargo, el término de la zoología, sino de la jerga bursátil, donde se utiliza para reflejar la inestabilidad de los mercados, la rapidez en la que se producen las subidas y las caídas de los valores.

La coyuntura política, en efecto, no puede ser más volátil. Todo parece estar en el aire durante estos días frenéticos. El proyecto gubernamental que exigía una mayoría cualificada para elegir a los jueces del Tribunal Supremo ha sufrido todos los avatares posibles y algunos inverosímiles: la ausencia de 18 parlamentarios socialistas, incluidos ministros, en una votación vital en la que deberían haber acudido aunque fuera con la UVI  a cuestas; los intentos fallidos por parte del Grupo Socialista de proceder  a una nueva votación; la devolución del texto al Gobierno, que tuvo que reunirse de urgencia, reaprobar el proyecto y remitirlo nuevamente a las Cortes, previsiblemente a lomos del mismo mensajero, para su aprobación urgente en lectura única.

Hemos visto estos días algunas otras cosas por los aires: los vetos presupuestarios en el Senado; las lamentables y lamentadas  acusaciones de Moratinos a José María Aznar de haber apoyado el golpe contra  Chávez, que es verdad, pero que no debió decirlo en 59 segundos letales; la crisis del valenciano y la del hockey sobre patines, que provocó la rabieta de Carod y su boicot a las aspiraciones madrileñas para los Juegos Olímpicos del 2012 que ponen a prueba el gobierno tripartito de Cataluña y el apoyo de ERC al de España, o la ruptura de los consensos con el PP en el Tribunal de Cuentas y en otros organismos públicos son algunos ejemplos que muestran hasta que grado de volatilidad ha llegado la política española.

Volatilidad no es, sin embargo, sinónimo de fragilidad y, a pesar de tantos contratiempos, de que este Gobierno se vea en la penosa obligación de pagar cada minuto de respiro, a pesar de sus continuas rectificaciones y contradicciones internas, ZP sigue disfrutando de un alto aprecio ciudadano, aunque también hay que tener en cuenta que semejante valoración sólo puede extenderse a unos pocos ministros. Sospecho que el continuo ataque a la yugular del único partido de la oposición puede desgastar más a éste que al propio Gobierno, que presenta los síntomas de los falsos débiles, de esos enfermos permanentes que disfrutan de una débil salud de hierro durante una larga vida.

Por otra parte, sigue jugando a favor de Zapatero que el tenebroso pasado aznariano está todavía reciente y, por si se nos hubiera olvidado, el propio Aznar se ha encargado de refrescarnos la memoria en la comparecencia ante la comisión de investigación del 11-M.  La volatilidad es buena para las aves, pero ejerce un efecto nocivo en la Bolsa y en la política; los socialistas pueden consolarse en que, como decía Carlos Marx -cito de memoria- "todo lo sólido se desvanece en el aire".

El Partido Popular quiere aprovechar la volatilidad del momento jugando al achicamiento de la legislatura. Rajoy, achuchado por Acebes y asistido por Zaplana, no desaprovecha ocasión para acosar  al Gobierno con la supuesta esperanza de derribarlo antes de tiempo.  Puro teatro: si de verdad creyera que ZP, agobiado por el asedio por tierra mar y aire al que le somete la oposición y los pellizcos de monja de ciertos compañeros de viaje, decidiriera disolver las Cortes cundiría el pánico en sus filas; no se les oculta que si Zapatero convocara nuevas elecciones aumentaría la ventaja socialista en tres o cuatro puntos respecto a los comicios del 14 de marzo. Sospecho que cuando Esperanza Aguirre, líder emergente del PP,  animaba a su gente a estar preparada para unas elecciones anticipadas, cruzaba los dedos o rezaba para que el presidente no le tomara la palabra.

Creo que el líder socialista seguirá gestionando la volatilidad con esmero y con su increíble impasibilidad. Hasta ahora ha sabido combinar el arte de la rectificación de la que es un virtuoso con un sutil juego de compensaciones a sus socios provisionales. Estoy convencido de que tampoco a Carod le interesa un adelanto electoral, aunque estimo que romperá la coalición cuando le resulte más rentable. La ciudadanía, que es sabia, no le regateará a Zapatero la oportunidad de desarrollar con cierta holgura su proyecto. Es su turno.

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