Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 624
21/11/2004

No hay que perder toda esperanza

La pregunta de moda en la calle es si vuelve Aznar, si el presidente de honor, sin perder el honor, prepara la recuperación de la presidencia efectiva de su partido. Para otros más enterados semejante pregunta está superada por otras dos más precisas: ¿cuándo y cómo?

 Según el barómetro del CIS correspondiente al mes de octubre, el PP recortaría distancias respecto al PSOE si se celebraran ahora unas elecciones generales. El resultado debería animar levemente  a los populares y asegurar un poco más a su presidente. Sin embargo, Mariano Rajoy se difumina por momentos mientras José María Aznar, cuya figura debería desvanecerse paulatinamente, se asienta con trazos más firmes. La conclusión parece evidente: la derecha se resiste a amortizar al anterior presidente y no termina de confiar en el nuevo por mucho que la consigna oficial haya sido hasta ahora apoyarle con la máxima calidez.

Me vienen a la memoria los tiempos en los que la calle, incluida la de Ferraz, expresaba las mismas dudas sobre el regreso de Felipe González.  Sin embargo, en aquellos tiempos de zozobra, cuando los dirigentes se sucedían dando pie a Aznar a decir con sorna que terminaría conociendo a todo el partido, lo que se debatía era la insuficiencia de los sucesores; ahora creo detectar, además, profundas discrepancias ideológicas.

En estos momentos no se dirimen las preferencias de la derecha por el bigote o por la barba. La personalidad del líder cuenta mucho pero lo que la afición pondera con más atención es que el primero representa la cruzada contra Zapatero y la segunda una forma de oposición más selectiva. El primero se ha atrincherado en posiciones tradicionalistas armado en una reivindicación un tanto arcaica, pero de fuerte calado emocional, de Patria, Religión y Familia, a lo que ha añadido una alineación sin reservas a las posiciones de Bush sobre un nuevo orden mundial. Conecta así con los reaccionarios españoles de los dos últimos siglos, desde el carlismo hasta Franco, y con la Santa Alianza encarnada ahora por Bush, cuyo triunfo le ha crecido.

Rajoy representa una deriva moderada, conservadora y no menos patriótica que opta por una oposición selectiva y que toma sus raíces en los moderados y liberales españoles del siglo XIX y que se asemeja a la derecha civilizada de los países de nuestro entorno.

El PP ha reducido distancias del PSOE pero sobre el expediente poco satisfactorio de que ha perdido menos votos que su contrincante. Aun así, el acortamiento de la brecha representaría un cierto alivio en tiempos de paz. Sin embargo, para Aznar y los aznaristas, que consideran que el PP ha sido desalojado de La Moncloa por algo parecido a un golpe de Estado socialista, el hecho de que siete meses después del 14-M los golpistas no sólo no se hunden, sino que mantienen seis puntos de ventaja, es un escándalo intolerable.

Los signos que emite Aznar parecen inequívocos. Si no acariciara el regreso, si apoyara sinceramente a la nueva dirección que él mismo ha puesto integrada por Rajoy y dos de sus hombres de máxima confianza, Acebes y Zaplana, habría adoptado un perfil más bajo y no buscaría la forma de aparecer cada día en los periódicos aportando la doctrina única y verdadera. Si así fuera, Ana Botella no se habría permitido declarar que últimamente le costaba reconocer a su propio partido.

La operación retorno es apreciada desde los medios de la derecha, como resaltaba con su lucidez habitual nuestro anciano colaborador Luis G. del Cañuelo la pasada semana. Ignacio Camacho, director de ABC, comentaba al respecto: "El PP ha salido reforzado de la jornada americana del martes y el único inconveniente de ese espaldarazo puede consistir en que dé alas a Aznar para recuperar un protagonismo que objetivamente no le conviene ya a su partido".

Aznar se está dejando llevar por una deriva que puede gratificar su ego herido y el ansia de venganza de muchos militantes, pero dudo que sea rentable a medio plazo y estimo que sería letal para su partido si su apuesta radical le permite retomar la dirección del mismo. Pero estamos en el corto plazo y el barómetro de octubre del CIS resulta inquietante para Mariano Rajoy. En efecto, que un 66,7 por cien de los consultados muestren poca o ninguna confianza en él y que su nota no alcance el aprobado raso (4,39) significa que muchos votantes de su partido le han vuelto la espalda. Una desgracia para el PP pero una oportunidad para su presidente de honor, que quizás sueñe con volver a la calle Génova subido en volandas en una ola de irresistible entusiasmo. Quién duda que en este caso aceptaría el sacrificio con sublime patriotismo.

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