Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 624
15/11/2004

No hay que perder toda esperanza

Una vez que he constatado de forma fehaciente y con la debida humildad que, a pesar de lo que escribí en esta misma sección, Bush ha ganado y seguirá gobernando el mundo los próximos cuatro años, sin la menor consideración para  mi voto, cabe al menos la esperanza de que, ya que no hemos podido cambiar a Bush, sea éste quien cambie un poco.

Las opiniones de los perdedores -que en aquellas tierras no reciben compasión, sino desprecio- están muy divididas. La pregunta del millón de dólares es si se esforzará el presidente  de ayer y de mañana en convencer a medio país y a más de medio mundo o nos dará más de lo mismo. O expresado de otra forma: si dedicará su último mandato a conseguir un consenso básico en un país más unido o calibrará que su victoria le permite realizar su programa máximo sin contemplaciones.

Sustento mi esperanza en que el presidente pudiera ser sensible a la peligrosa división de su pueblo, que, si no es mucho más extensa que en otras épocas, es más profunda y agria que nunca. Sus primeras palabras tras la victoria alimentan esta hipótesis. Tomémosle pues la palabra.

George W. Bush presume de haber obtenido más votos que ningún otro presidente de los Estados Unidos y tiene razón pero, factores demográficos aparte,  también puede decirse que ningún presidente de los Estados Unidos ha sido elegido con tantos votos en contra. El número de papeletas conseguida por cada candidato es decisivo y legitima el poder del ganador de forma inequívoca y no como lo obtuvo Bush en su primer mandato, pero estas cuentas no nos dicen todo sobre la carga de odio acumulado. Aunque el tejano haya ganado por más de tres millones de votos populares y por el Estado de Ohio, no debería menospreciar que se ha desencadenado algo parecido a una guerra civil fría con frentes claramente delimitados, ideológica y geográficamente, entre el centro, la América profunda, y su periferia. Se palpa en el aire la repulsa del 49 por ciento de la población que va más allá de la pugna tradicional de alternativas con una visceralidad que no puede apreciarse en las urnas, aunque sí en ciertas señales que no se cuentan pero que se acumulan.

Quiero creer también que el presidente reelegido será sensible a la opinión de los europeos que no votamos pero algo influimos. Dudo que al gobierno americano, incluso con un presidente republicano cuyo partido acredita una tradición mas aislacionista, le traiga sin cuidado la opinión de sus abuelos. Europa cuenta todavía con cierta auctoritas a pesar de las discrepancias, más de  organización social que de principios, que se observan a un lado y al otro del Atlántico. No excluyo pues que, en su ultimo período, Bush encuentre una zona de mayor consenso con los aliados de Europa sin renunciar a su liderazgo pero sí a las ínfulas del imperio. No en vano, los Estados Unidos fueron pioneros del multilateralismo: promovieron  la Sociedad de Naciones y Naciones Unidas, cuya sede está en Nueva York, así como importantes instituciones financieras -FMI y Banco Mundial, residentes en Washington-, y en definitiva ellos decidieron el resultado de las dos guerras mundiales en beneficio de la democracia y eso nunca lo agradeceremos bastante .

Naturalmente, mi optimismo incurable me puede jugar una mala pasada y pudiera ser que Bush estimara que ha obtenido un voto en blanco para profundizar sus reflejos imperialistas que, por cierto, encuentran fuertes reticencias en su propio  partido. El hecho de que recibiera a José María Aznar antes que a José Luis Rodríguez Zapatero, elegido por el pueblo español para gobernarle, alimenta mis aprensiones. Es un insulto gratuito a la soberanía nacional y una mala señal para el futuro de las relaciones con España y con la Unión Europea.

Aznar ha perdido una oportunidad de oro para que su patriotismo prevaleciera sobre sus acomplejadas rabietas. En su día atacó duramente a González por una entrevista inexistente con el gobierno marroquí y ahora ladra su rencor en la Casa Blanca contrariando la opinión de la mayoría de los españoles y poniendo en un brete a su propio partido, que pretende monopolizar el patriotismo. Tengo, sin embargo, la esperanza de que la entrevista acordada con el rey de España, aprovechando una visita a los Estados Unidos, contribuya a mejorar las relaciones entre ambos países.

Envidio la práctica norteamericana de utilizar a sus ex presidentes para delicadas misiones dipomáticas como, por ejemplo, la que desempeñara  el demócrata y muy demócrata Jimmy Carter en beneficio de la limpieza electoral en países con gobiernos bajo sospecha o las que realizara para rebajar las tensiones entre Castro y los disidentes cubanos.

Hemeroteca Lista sin maldad