Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 620
18/10/2004

¡Jo, qué día!

No ha sido, la del pasado 12 de octubre, una celebración aburrida de la Fiesta Nacional y de la Hispanidad, la que antaño, cuando no se había inventado lo políticamente correcto, una frivolidad en la España de Franco, se llamaba también Día de la Raza. El Gobierno decidió enviar una no invitación a Estados Unidos para que se abstuviera de pasear su bandera, más que nada para que no se convirtiera en costumbre, pues la enseña USA había desfilado durante los tres últimos años del gobierno popular. Hay que recordar que el último año, Zapatero no se levantó al paso de las barras y estrellas como protesta por la invasión de Iraq.

El primer punto para la polémica estaba servido: ¿está reñida la consecuencia con la conveniencia? ¿Es prudente ofender al Imperio justo cuando el Gobierno se aplica a restañar las heridas abiertas por la retirada de Iraq?. Bush tampoco fue muy delicado en el segundo debate con Kerry al vincular la retirada española con el bárbaro atentado del 11 de marzo; la misma versión del ex presidente Aznar que ignora la realidad: que era un compromiso electoral firme de Zapatero previo a la masacre. Aun así, lo prudente hubiera sido invitar a la bandera USA por este año y dejar de hacerlo el siguiente para dar paso a las enseñas de otros amigos, dándose así tiempo para explicarlo al proximo presidente que, con un poco, o un mucho de suerte, no sería Bush. La reacción de éste ante lo que han interpretado en Washington como un desaire no debería sorprendernos: el embajador, George Argiros, decidió no interrumpir su puente en tierras andaluzas para personarse en tan solemne acontecimiento.

Para animar el cotarro, el ministro de Defensa invita a desfilar  a cuatro republicanos de la División Leclerc que, junto con los aliados, liberaron París de los nazis. También invita a un ex combatiente de la División Azul, Ángel  Salamanca, que tomó parte en la invasión de Hitler a la Unión Soviética. Bono pretendía, con la mejor voluntad, escenificar la reconciliación nacional. Sin embargo, los símbolos no son fáciles de manejar y lo que quedó fue la imágen de una equidistancia insostenible entre nazis y demócratas. Luis Royo, el combatiente de la Leclerc, ha declarado que el no sabía que iba a desfilar el de la División Azul, y que si lo hubiera sabido no habría venido. "Cómo explico yo -confesaba a la televisión el veterano luchador republicano- qué hacía yo con uno de la División Azul". Con un canto en los dientes debe darse Bono de que el divisionario no abandonara el acto en el acto.

Lo más curioso de todo es que, a diferencia de lo que ocurre respecto a los republicanos y a los nacionales, de la División Azul no se acordaba nadie. De hecho se la cargó el propio Franco que, a partir de los años sesenta, la destinó al ostracismo, tanto por consideraciones de su realpolitik y su alianza con Estados Unidos como por razones internas pues aquella División, donde había muchos aventureros y algunos locos de atar, le generaban desagradables problemas internos.

Puestos a escenificar la reconcialización nacional, que por cierto es un hecho en la sociedad española, bastaba con que marcharan del brazo los ejércitos actuales, cuyos jefes se formaron en las academias franquistas, con una representación de combatientes republicanos. O puestos a echarle imaginación, Bono podría haber dedicado a su tropa a buscar a dos hermanos que hubieran luchado uno en cada bando, lo que escenificaría dramáticamente nuestra lucha fratricida. Algo parecido a Buscar al soldado Ryan.

El internacionalismo de Bono ha desencadenado el enfado de Estados Unidos y la airada protesta de Rusia. "Es como si ustedes llamaran a desfilar a la Wehrmacht", me decía una fuente diplomática durante la recepción del Rey. O como si en la fiesta nacional alemana, para cicatrizar viejas heridas desfilaran conjuntamente bajo el arco de Brandemburgo los nazis con el ejército actual.

Resultado en el patio interior: entusiasmo en la derecha -léase el ABC y La Razón- y desconcierto en la izquierda y en la mayor parte de los medios. El malestar en el PSOE era evidente. Un dirigente me expresaba su sorpresa pues no era lo que se esperaba cuando en el congreso del partido se había aprobado por unanimidad una moción por la que se instaba al Gobierno a recuperar la memoria histórica y al debido homenaje a los republicanos.

El ministro, sin embargo, elevó su decisión al Consejo de Ministros y resulta chocante que nadie se atreviera a expresar su discrepancia, como no se atrevieron cuando Bono propuso a la consideracion del Gabinete la autoimposición de la polémica medalla.

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