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Tras el Congreso llega el día a día Mariano Rajoy ya ha pasado el trago del preceptivo congreso de su partido. Se ha tenido que tragar varios sapos como el tenebroso discurso de Aznar, que sólo puede explicarse desde la constatación de su mal estado mental, así como el espectáculo humillante del abandono de muchos compromisarios de la sala cuando el anterior presidente terminó su discurso y empezaba el suyo . Aznar ha podido recrearse en la satisfacción morbosa de monopolizar el entuasiasmo de los asistentes, pero una cosa son los compromisarios de un partido y otra cosa son los votantes del mismo y la ciudadanía indecisa que termina decidiendo las elecciones. Aznar promete para el pasado y ahora es Mariano Rajoy el futuro. Al menos por el momento. El nuevo presidente del PP, un hombre de bien, no es propenso a las venganzas pero tiempo tendrá para resarcirse de las humillaciones sufridas durante el XV congreso, en la primera semana de octubre de 2004. El dijo lo que quería decir y propició que Alberto Ruiz-Gallardón dijera lo que dijo sobre un silencio sepulcral que no debe engañarnos. Si es verdad que, como decía Pedro J. Ramírez en su brillante columna de El Mundo, Mariano cuenta con una sola bala en su escopeta, no debe desperdiciarla en disparar contra su antecesor. Rajoy tiene cuatro años para marcar su liderazgo con prudencia y desde la convicción de que una cosa son los congresos y otra es el día día y él es el hombre de la situación, quien designa a su verdadero equipo, que no tiene por qué ser, estrictamente, el que aparece en los órganos oficiales de dirección. Puede inspirarse en José Luis Rodríguez Zapatero, quien teniendo que aceptar una Ejecutiva de circunstancias creó su propia plataforma de notables. Ciertamente chocó un tanto que Mariano, tras cesar en sus puestos a Carlos Aragonés, la sombra de Aznar, y a José María Michavila, otro monaguillo del anterior presidente y de los Legionarios de Cristo, un personaje que no encaja con el partido moderno que pretende el gallego, aparecieran en la primera reunión y en la primera foto del nuevo equipo. Rajoy representa, a pesar de su fidelidad al pasado, un nuevo estilo y poco tardarán los que apuestan por el futuro en acudir presurosos en socorro del nuevo líder. Sufre, ciertamente, la hipoteca de tener como segundo a Ángel Acebes, que representa el aznrismo más silvestre y quien tras su muy mejorable gestión en Interior debería haberse eclipsado por el foro, pero todo se andará. No lo tiene fácil pues está saltando por los aires un modelo monolítico de partido que sólo era posible desde la excepcionalidad de Aznar, un caudillo afortunadamente irrepetible, pero las divisiones que hoy escandalizan a quienes apostaron por el caudillaje no son más que la manifestación de la normalidad democrática. Me refiero, naturalmente, a las pugnas por el liderazgo madrileño que van mas allá de la batalla de Madrid; al enfrentamiento que ya no puede disimulase entre Alberto Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre; a la crisis gallega con la incógnita de un Manuel Fraga, cuya candidatura a las elecciones del próximo año, Rajoy deberá gestionar, en la seguridad de que podrá contar con Don Manuel. Es un hombre de Estado que en su día recordó que cuando él se fue de la dirección nacional del partido se fue de verdad y no trató de condicionar a quien él mismo había elegido. Y, por supuesto, sigue latente la crisis de Valencia entre Eduardo Zaplana, su portavoz en el Congreso de los Diputados, y Francisco Camps, el presidente de la Generalitat de Valencia. Rajoy será duro en la oposición como debe ser, pero acepta la legitimidad del triunfo socialista desde la prudente constatación de que lo que pasó, pasó, pero ya es el pasado. En el congreso, cuando la militancia pedía mas caña, tuvo el valor de mantener la calma y de ofrecer consensos de Estado, contra el terrorismo, como es obligado, pero también en política exterior, restaurando el acuerdo que rompió imprudentemente su antecesor. Ello significa aceptar la política de Zapatero respecto a Iraq, un asunto tan tabú que nadie se atrevió a mencionar por su nombre en el congreso. Es la hora de Rajoy y los socialistas han tenido el buen sentido de facilitarle la tarea. Zapatero ha dado instrucciones de no entrar al trapo de las provocaciones congresuales y de quedarse con las ofertas de diálogo. Se abre una nueva etapa alejada de la crispación generada por Aznar en la que el talante abierto del presidente contará con la leal réplica del líder del primer partido de la oposición. Ambos competirán en un talante que desde los tiempos más peligrosos de la Transición no habíamos disfrutado. |