Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 616
20/9 /2004

Izar

El presidente ha tenido un arranque de temporada muy social. Ha contrarrestado con el negro carbón de los prados mineros de Rodiezmo los colorines de las ministras en Vogue que alimentó la actualidad política durante la sequía de agosto. Allí en su tierra anunció unos "Presupuestos sociales": pensiones por encima del IPC para todos y el doble para las mínimas, más becas, más dinero para la investigación y más ayudas para la vivienda. Simultáneamente se manifestaban, airados, los trabajadores de Izar, que se oponen a la reconversión de los astilleros: segregación -Izar acaba de culminar  el proceso contrario- y privatización. Es fácil socializar pérdidas pero, ¿quién es capaz de privatizar una quiebra? Las palabras reconversión y astilleros nos transportan en el túnel del tiempo. Fernando Abril, un vago recuerdo para los mayores y un personaje de libro para los jóvenes estudiosos, se atrevió a conjugar el verbo reconvertir, pero fue el primer gobierno socialista quien asumió la acción implícita en el verbo. Es la gran paradoja que se repite: la derecha -la del franquismo  tardío y la de los albores democráticos de Suárez- embalsó el problema, bastantes tenía el presidente, y la derecha madura de Aznar lo quitó de la vista mientras intentaba engañar a Bruselas; ahora ha tocado a Zapatero aflorar la realidad, pagar las subvenciones ilegales que ascienden a 1.100 millones de euros  y afrontar la bronca con los trabajadores. Recuerden a Solchaga y Sagunto... y los lunes al sol.

Cómo no comprender a Zapatero, pleno de gracia, reunido en Sestao, epicentro industrial del País Vasco, charlando con los compañeros del metal, con los recios sindicatos de "La Naval" y compitiendo con ellos en progresía y buena voluntad. Era inevitable que al presidente se le calentara la boca y prometiera salvar la empresa y minorar los efectos sociales de una reconversión necesaria pero inevitablemente traumática.

Cómo no comprender que se le erizaran los cabellos  a Pedro Solbes, que ha asumido la dura responsabilidad del padre de familia consciente de los límites del presupuesto familiar o la del empresario prudente y ordenado, tal como lo describe el Código Mercantil. Cómo no suponer la angustia de Enrique Martínez Robles, presidente de la SEPI, el empresario de los astilleros, un hombre serio, bien intencionado y progresista en el mejor sentido de la palabra, consciente, como el Guerra torero, de que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible y, en definitiva, de que lo más progresista es la viabilidad de las empresas y de que ciertas soluciones imaginativas son pan para hoy y hambre para mañana.

El compromiso de Zapatero me recuerda -no hay nada nuevo bajo el sol- el adquirido en un momento de emoción social cuando Felipe González prometio salvar las minas de prerreducidos de Huelva, para lo que se vio obligado a montar una empresa pública sin futuro y a contrapelo de su política de revisión del viejo camino socialista de las nacionalizaciones. Naturalmente no es lo mismo garantizar el empleo para unos cientos de trabajadores a los que ocupó Presur que hacerlo para una nómina de 11.000 que es la que paga Izar.

Los compromisos presidenciales son sagrados pero sus subordinados se aprestan a cuadrar el círculo de las contradicciones y sacar adelante el plan de salvación de la SEPI. El propio presidente del Gobierno subrayó el pasado miércoles en el Congreso de los Diputados la vigencia del plan de Martínez Robles. En realidad, las promesas presidenciales de Sestao, si se limitaron al mantenimiento de la empresa sin precisar el tamaño y a la salvación personal de los trabajadores son compatibles con el plan de la SEPI. Sin embargo, tanto al vicepresidente Solbes como a Martínez-Robles pudiera inquietarles una incógnita: qué ha podido prometer Zapatero a lo largo de una reunión de cuarenta minutos con los sindicalistas de "La Naval", pues ellos saben, como sabemos todos, que el presidente ha convertido en lema el cumplimiento de su palabra.

El problema de Izar es extraordinariamente complejo porque se cruzan peliagudas cuestiones sociales. Lo de menos es encontrar soluciones para sus 11.000 empleos director, lo más peliagudo es el mantenimiento de los puestos de trabajo indirectos o inducidos que se estiman en unos 40.000 cuya desaparición generaría además serias consecuencias regionales. En efecto, Izar está presente con sus 17 unidades de negocio en once ciudades y en siete comunidades autónomas y en alguna comarca es la única fuente de trabajo y de vida. No es difícil llegar a un acuerdo sobre bajas incentivadas y recolocaciones, pero no es fácil extender esta medida a la industria auxiliar y a los distintos servicios de los que viven poblaciones enteras.

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