Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 615
13/9 /2004

Aznar

La previsible elevación de José María Aznar a la presidencia honoraria  en el XV Congreso del Partido Popular hay que verla al menos desde dos perspectivas: la de Mariano Rajoy, el previsible nuevo presidente, y la del propio Aznar, el presidente saliente.

Desde la perspectiva del gallego, cada día más gallego si cabe, semejante invitación es una pieza esencial, inevitable, en su estrategia para hacerse con el liderazgo. Es la estrategia del copo, de no dejar un cabo suelto, de integrar en la foto a todos los que se mueven aunque se muevan en direcciones contrarias: a Esperanza Aguirre, a Alberto Ruiz-Gallardón y a Pio García Escudero; a Eduardo Zaplana y a Francisco Camps; a Ángel Acebes, a Jaime Mayor, a Carlos Aragonés  y a todos los demás. El futuro presidente del PP se adentra en el camino que ya recorrió el líder socialista para hacerse con el control del partido desde la coordinación más que desde el mando. Aznar se parece cada vez más a González y Rajoy a Zapatero.

La perspectiva de Aznar es más difícil de calibrar. Si el PP hubiera ganado las elecciones no necesitaría un puesto en el organigrama pues sería el presidente triunfador del partido en comunión desde su sillón en FAES en Juan Bravo, 3 (Madrid). Perdidas las elecciones por su culpa aunque no fuera candidato, necesita ahora estar presente en los órganos de dirección para protegerse frente al riesgo de una difuminación lenta pero implacable de su liderazgo.

Aznar era sincero cuando en las vísperas de su primera victoria anunció que sólo permanecería en el poder dos legislaturas, decisión que confirmó en el XIV Congreso de su partido celebrado en enero de 2002. Frente a quienes le aconsejaron que revisara su promesa, y entre ellos Fraga  con su peculiar estilo- "Por el bien de España y porque nos da la gana"-, el presidente se expresó con similar contundencia: "Cuando digo que me voy es que me voy", o algo parecido pues cito de memoria. Y añadió que iría a un sitio donde no molestara. En la campaña de 2004, el presidente recordaba su intención en un tono más triste. Era consciente de que el entusiasmo por su persona no era tan unánime y que su popularidad fuera de su propia parroquia, en la calle, entre la ciudadanía de a pie, era perfectamente descriptible.  Es cuando en un mitin afirma aquello de que al retirarse él ya no habría problemas para su partido, que renovaba liderazgo pues, así lo hizo notar, "parece que ya no me aguantan"; patética constatación de quien había alcanzado la gloria de la mayoría absoluta.

Cabe preguntarse si el 30 de marzo de 2004, una vez constatada la derrota inesperada era igualmente sincero o si estaba sumido en la cruel fatalidad cuando declara al periodista Federico Jiménez Losantos en los micrófonos de la COPE, la cadena amiga que le pregunta sobre su ubicación futura: "Donde no voy a estar es en la política nacional. En eso no voy a estar en ningún caso".  Podría haber añadido como el conde de Romanones, el veterano político tantas veces presidente del Gabinete: "Nunca más formaré Gobierno, al menos por ahora", una frase que merecía haber sido de Pío Cabanillas pero que no es propia de la rígida personalidad de José María Aznar.

Qué complicado es el papel del hiperlíder cesado, en la vida privada y en la política, y si no que se lo digan a González. Rajoy quiere quitarse a Aznar de encima como Zapatero a González, con todo cariño,  con el mayor respeto, simplemente desde sus respectivos derechos a diseñar sus propias políticas y apoyarse en gentes de confianza; un derecho fundamental que, aunque lo nieguen, ambos no terminan de asumir de buen grado .

Es curiosa la obsesión de Aznar por no parecerse en nada a González que paradójicamente los asemeja convirtiendo sus itinerarios, salvando las distancias, en vidas paralelas: la simetría de la contradicción: si Felipe González no asume el abandono del poder, yo me autolimito desde el principio; si él se centra en Europa, yo en América y en el mundo; si él liga con el derechista Kohl, pues yo cultivo al izquierdista Blair. Los parecidos se imponen, sin embargo: Aznar colocó a su sucesor como hizo González con Almunia; ambos se montaron sus propias fundaciones y ambos han querido mantener una posición identificable en sus respectivos comités: en el Federal, González, y en el Ejecutivo amplio, Aznar.

Seguro que éste suscribiría el comentario que hiciera González : "Los ex presidentes somos como jarrones chinos en casas pequeñas, es decir, estorbamos en todos los sitios. Los jarrones chinos grandes en las casas pequeñas no se rompen porque son valiosos o se suponen que son valiosos, pero estorban en todos los sitios y siempre están deseando que alguien les dé con el codo y se hagan añicos".

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