|
La
Comisión
La
Comisión ha servido para confirmar lo que ya sabíamos: que
el Gobierno de José María Aznar decidió aplazar todo
lo que pudo, si hubiera sido posible hasta después de las elecciones,
el conocimiento de la verdad, que el brutal atentado de Madrid no era
obra de ETA, sino del extremismo islámico. El presidente se aplicó
a fondo a la tarea, convencido de que si la ciudadanía creía
que el atentado era etarra, el PP ganaría por goleada y que si
prosperaba la versión islámica sufriría una derrota
estrepitosa. Esta conclusión es la única que puede explicar
el comportamiento de José María Aznar, de su gabinete y
de su partido durante aquel fin de semana trepidante, desde el atentado
del jueves 11 de marzo hasta las elecciones del domingo.
Ahora es el turno de Mariano Rajoy y cabe preguntarse si está acertando.
Mi impresión es que está haciendo lo único que puede
hacer por el momento, mientras no controle plenamente a su partido. La
Comisión centra sus trabajos sobre el período de mandato
del anterior presidente y su sucesor en el partido debe pagar el correspondiente
tributo a quien le puso donde está. Los hechos son los hechos y
éstos han puesto en evidencia la falsedad de Aznar; Rajoy no tiene
mas opción que cerrar filas y ofrecer a su feligresía clavos,
aunque estén ardiendo, a los que puedan aferrarse. Lo prioritario
es mantener prietas las filas partidarias pues aún no ha llegado
el tiempo de dirigirse al ciudadano ajeno a la parroquia; ni a la opinión
pública ni al sentido común.
Rajoy y sus dos adláteres -Acebes y Zaplana-, sus dos jabalíes
-Vicente Martínez-Pujalte y Jaime Ignacio del Burgo- y la prensa
adicta aplican sus mejores técnicas de calamar para desmesurar
lo anecdótico, trivializar lo relevante y generar sospechas y conspiraciones
para consumo de la afición. Aunque pueda parecer increible al ciudadano
sensato, el aznarismo irredento está fabricando el mito de que
el atentado fue una maquinación socialista para hacerse con el
poder. La mejor defensa sigue siendo un buen ataque y en ello están.
Vicente Martínez-Pujalte ha llegado a invocar a los GAL reclamando
la busca y captura del señor 'X' del 13-M. La consigna es atacar
al adversario desde el búnker sin reconocer el menor error propio;
Ángel Acebes, el personaje que ha quedado más en evidencia,
se mantiene fiel a su guión, insensible a la evidencia que se ha
desprendido de las declaraciones policiales y de los informes de los servicios
secretos; no dejes que la realidad arruine tu discurso.
Mariano Rajoy, que ha mantenido, como siempre, las buenas formas, se encuentra
en una situación embarazosa. Se ha visto obligado a sostener contra
viento y marea -"sean cuales fueren las conclusiones de la comisión"-
a su número dos, Ángel Acebes, el bienquerido de Aznar.
Está atado el gallego de pies y manos. Salgamos de la retórica
partidaria y digámoslo en el lenguaje sencillo, el que utiliza
para entenderse el vecino con su vecino: lo que Acebes está diciendo
a gritos sin necesidad de hablar es lo siguiente: "Aquí estamos
todos implicados. Yo me he limitado a representar con el énfasis
debido como ministro del Interior el papel que me asignó el jefe
y no estoy dispuesto a que me abandonéis a los pies de los caballos.
Lo mismo que está diciendo sin decirlo el portavoz popular, Eduardo
Zaplana, portavoz del Gobierno durante la dura refriega del histórico
fin de semana respecto al triste papel que le tocó en suerte. Rajoy
es lo suficientemente pragmático e inteligente para reprimir su
deseo de reconocer errores de su antecesor, por lo menos hasta que supere
victorioso el congreso de octubre; bastante ha hecho con marcar su autonomía
crítica respecto a las manifestaciones de su elector referentes
a la Constitución Europea. Rajoy sabe mejor que nadie que cada
día que pasa la sombra de Aznar se hace más pesada y que
hasta que no logre conjurarla ni él ni su partido podrán
despegar libremente. No se le oculta la conveniencia de un nuevo aire
y de caras que no salgan de la unidad de quemados de La Moncloa; que precisa
un equipo nuevo con más gallardones y menos acebes. Facilitaría
mucho el proceso que Aznar se acoplara pronto a su nuevo papel, un proceso
penoso para todos los ex presidentes; quizás consiga que su antiguo
jefe se abstenga de hacer declaraciones públicas y se limite a
proporcionarle consejos privados.
El PP no es un partido en desbandada: obtuvo 9,6 millones de votos en
las elecciones generales y casi empató en las europeas. No es lo
que esperaba en éstas, las de la acariciada revancha, pero ha podido
mantener el tipo. Rajoy aguanta en un equilibrio delicado entre un pasado
glorioso pero agotado y un futuro que podría definirse en el congreso
de octubre. Se dirimirá en él la orientación del
PP hacia la derecha encarnada por Rajoy o hacia el aznarismo, la derecha
aguda.
|