Nº 607
14/6 /2004

Bush desembarca en Normandía

Parece que el clima político del mundo está mejorando. La fecha que parece marcar el antes y el después, el Día D, es el 6 de junio, 60 aniverario del desembarco de las tropas aliadas en Normandía. George Bush ha aprovechado el aniversario para hacer su propo desembarco abandonando una nave que hacia aguas por la popa y por la proa, por estribor y por babor. El presidente Bush ha elegido con habilidad el lugar, el momento y la compañía, así como el acontecimiento que se conmemoraba, dotado de una gran fuerza emocional, un heroico hecho de armas decisivo para la victoria contra el nazismo, con una formidable presencia de hombres y material norteamericano dirigidos por el general Eissenhower. Bush, en plena crisis moral por el impacto de las torturas en Iraq dirigidas desde arriba, se ha rearmado en Normandía con el formidable caudal ético que encarnaban en la brillante ceremonia de Omaha Beach los heroicos veteranos de aquella gesta y con el agradecimiento europeo. Bush recogió el homenaje al americano guapo, al héroe de la guerra liberadora inmortalizado por Holywood: Gary Cooper, por supuesto, pero también Ronald Reagan, actor de papeles patrióticos y presidente controvertido de los Estados Unidos -fue el adalid de la revolución conservadora- que a su muerte, que ha coincidido con la solemne conmemoración, fue recordado por Bush como un líder legendario, un juicio que, discrepancias políticas aparte, es compartido por la mayor parte del pueblo norteamericano.

La ceremonia de Normandía recogió ese fugaz momento de gracia de los Estados Unidos; antes de que se ensombreciera con los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, cuando el presidente Truman lanzó sobre estas ciudades las más formidables armas de destrucción masiva incapaces de distinguir entre objetivos civiles y militares, entre pacíficos ciudadanos y combatientes; entre jóvenes y ancianos; entre hombres, mujeres y niños. Y mucho antes de que Eisenhower, en su condición de presidente de los Estados Unidos, asentara al general Franco y recibiera un baño de multitudes brazo en alto en uno de los momentos más duros de la dictadura. Mucho antes de que apareciera el americano feo que describiera magistralmente Graham Greene, del intervencionismo imperialista en Vietnam y en tantos Estados latinoamericanos, en una cadena de apoyos a dictadores que culminó con el derrocamiento del presidente Allende; aquella época del  "gran garrote" en la que el anticomunismo justificaba las tiranías más sanguinarias .

Pero Bush evocaba con su presencia en Normandía la sangre de cientos de miles de compatriotas norteamericanos que dejaron su vida en "Omaha, la Ensangrentada" y en los demás frentes de una guerra que fue verdaderamente mundial. En Normandía su sangre se mezcló con la de los soldados británicos y con la de los demás aliados, así como con la representación más o menos numerosa, pero fuertemente simbólica, de los franceses libres del general De Gaulle, de los polacos libres, de los checos libres y de los alemanes libres, de los ciudadanos que supieron entender que su patria no era la Alemania de Hitler y que comprometieron su vida con el patriotismo que procede de la dignidad que sólo puede realizarse en democracia.

El ambiente ha mejorado, pero no espontáneamente, sino como consecuencia de numerosas circunstancias traumáticas. Tampoco podrá consolidarse sin acciones concretas que van más allá de lo puramente simbólico. Para que nos emocionáramos ante la solemne ceremonía celebrada el 6 de junio, a las once de la mañana, ante las 9.386 tumbas del cementerio americano de Coleville-sur-Mer, fue necesario que antes se viera Bush en la obligación de rectificar y de contrarrestar el terrible efecto provocado por las torturas de la cárcel de Abu Ghraib; fue necesario que se rindiera ante el hecho evidente de que su guerra de Iraq fue un tremendo error; que la justificación proporcionada -las armas de destrucción masiva- mostrara su falsedad y, como ahora denuncia gente de su Administración como Richard A. Clarke, el responsable máximo de la lucha antiterrorista de la Casa Blanca, que la guerra no sólo tuvo escasa relación con la lucha antiterrorista, sino que representó un desvío respecto a los verdaderos objetivos de  este empeño. Fue necesario -y lo más decisivo- que Bush constatara que se estaba jugando la Casa Blanca en las inminentes elecciones de noviembre.

Finalmente el presidente ha reaccionado y se ha aplicado a fondo a la difícil tarea de acuñar una nueva imagen. A la efemérides normanda ha sucedido la decisión unánime de la ONU para que Iraq asuma su soberanía y que legaliza la presencia USA bajo su paraguas. Es de esperar que el nuevo clima se consolide, que cunda el escarmiento y se recupere la legalidad internacional conculcada por el trío de las Azores.

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