Nº 606
7/6 /2004

Elecciones de pura política

Sólo los muy europeístas o los europeístas profesionales afinan sobre las consecuencias que las elecciones del 13-J tendrán sobre el futuro de Europa. La mayoría de los españoles contemplan estos comicios desde la perspectiva de los intereses nacionales en la Unión y en España: como reválida o revancha del 14 de marzo. Son unas elecciones en las que la política brilla en toda su pureza, mas próximas a las ideologías que a la gestión, lo que las dota de una grandeza sumamente minoritaria. Si además, a diferencia de otras convocatorias, tendrán lugar en solitario, sin la compañía de otros comicios nacionales -municipales, autonómicos o generales-, puede uno tener la seguridad de que no se desbordarán las urnas. Pongo el énfasis en estas circunstancias para avisar contra posibles tentaciones de interpretar la fuerte abstención previsible en términos euroescépticos .

Estas elecciones son más importantes que las anteriores debido a la ampliación del territorio de la Unión y al creciente papel del Parlamento, pero por mucho que se empeñen los políticos y nos empeñemos los periodistas en resaltar su trascendencia es difícil que los ciudadanos se entusiasmen, pues no es tan fácil que perciban las alternativas en juego. En las elecciones nacionales el ciudadano sabe que puede derribar pacíficamente al Gobierno, que es su objetivo más estimulante, y es consciente de que puede optar por una nueva dirección y por una política diferente. Las elecciones del 14-M le han hecho ver con más dramatismo que otras convocatorias que su voto tiene una gran importancia, que su opinión cuenta para elaborar decisiones de efectos muy visibles sobre su forma de vida, decisiones que afectan a la educación de sus hijos, que definen un sistema educativo que marcha a una o dos velocidades, con itinerarios selectivos o en pelotón, con enseñanza de la religión evaluable o no evaluable, con más atención al colegio público o con mayor apoyo a los privados; el voto ciudadano ha podido aplicarse a la elección entre el aumento de las viviendas protegidas o su abandono al mercado libre; a aumentar más o menos el salario mínimo; a la construcción de más autopistas o a optar con más fuerza por el ferrocarril; al trasvase del Ebro o a la realización de obras más baratas.

No es fácil, sin embargo, hacer un seguimiento de nuestro voto en los itinerarios europeos. No es tan sencillo evaluar las consecuencias concretas del espacio que ocupen en el nuevo hemiciclo el segmento rojo, el verde o el azul, que el grupo socialista sea más nutrido que el liberal. El ciudadano se ve obligado a moverse en un nivel de abstracción más alto puesto que el Parlamento Europeo, aunque aumenta competencias, no elige -por el momento- al presidente de Europa ni distribuye el presupuesto que, por cierto, es bastante limitado, no más alto que el español. De momento, siempre de momento, pues es de esperar que la Constitución de la UE avance hacia la aceptación de la soberanía europea, el Parlamento Europeo no es más que un proyecto de Parlamento. Hoy por hoy tienen mayor incidencia sobre la marcha de la Unión las elecciones generales que en España tuvieron lugar el pasado 14 de marzo que las europeas del próximo domingo. De las primeras depende que España haya optado por el eje franco-alemán frente al cable submarino que une Londres con Washington; depende nada menos que la Constitución Europea, que no nace de una asamblea constituyente, sino de una conferencia intergubernamental; que España participe o se excluya de un pacto antiterrorista que ha armado el último intercambio de reproches entre los populares y socialistas; del Gobierno y no del Parlamento depende el nombramiento de comisarios europeos.

Mayor Oreja nos dice que el terrorismo es el problema más importante de Europa. Borrell, sin dejar de condenarlo -¿quién está a favor del terrorismo?-, replica que hay que erradicar las injusticias que lo potencian. Mayor asegura que España ha perdido peso en Europa mientras Borrell ironiza sobre la báscula de los pueblos. Mayor propugna dureza para negociar los poderes de la Unión y Borrell da prioridad a sacar adelante la Constitución, aunque todos tengan que ceder algo en el empeño. Grandes cuestiones que tienen poco que ver con los trabajos parlamentarios. Lo que ahora se dirime es el colorido de los escaños, que no es cuestión baladí; si predomina la visión socialdemócrata sobre la liberal; si se apuesta por el Estado del bienestar o por su revisión. No hay que olvidar tampoco su incidencia sobre la política interna española. Las elecciones europeas han representado tradicionalmente una forma de expresar refrendo o crítica al Gobierno gratis, sin la responsabilidad de derrumbarlo. Hay más cuestiones en juego: la reválida socialista de su victoria y el destino de Rajoy y, quizás, el de Aznar. El resultado de estas elecciones no está cantado.

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