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Elecciones
de pura política
Sólo
los muy europeístas o los europeístas profesionales afinan
sobre las consecuencias que las elecciones del 13-J tendrán sobre
el futuro de Europa. La mayoría de los españoles contemplan
estos comicios desde la perspectiva de los intereses nacionales en la
Unión y en España: como reválida o revancha del 14
de marzo. Son unas elecciones en las que la política brilla en
toda su pureza, mas próximas a las ideologías que a la gestión,
lo que las dota de una grandeza sumamente minoritaria. Si además,
a diferencia de otras convocatorias, tendrán lugar en solitario,
sin la compañía de otros comicios nacionales -municipales,
autonómicos o generales-, puede uno tener la seguridad de que no
se desbordarán las urnas. Pongo el énfasis en estas circunstancias
para avisar contra posibles tentaciones de interpretar la fuerte abstención
previsible en términos euroescépticos .
Estas elecciones son más importantes que las anteriores debido
a la ampliación del territorio de la Unión y al creciente
papel del Parlamento, pero por mucho que se empeñen los políticos
y nos empeñemos los periodistas en resaltar su trascendencia es
difícil que los ciudadanos se entusiasmen, pues no es tan fácil
que perciban las alternativas en juego. En las elecciones nacionales el
ciudadano sabe que puede derribar pacíficamente al Gobierno, que
es su objetivo más estimulante, y es consciente de que puede optar
por una nueva dirección y por una política diferente. Las
elecciones del 14-M le han hecho ver con más dramatismo que otras
convocatorias que su voto tiene una gran importancia, que su opinión
cuenta para elaborar decisiones de efectos muy visibles sobre su forma
de vida, decisiones que afectan a la educación de sus hijos, que
definen un sistema educativo que marcha a una o dos velocidades, con itinerarios
selectivos o en pelotón, con enseñanza de la religión
evaluable o no evaluable, con más atención al colegio público
o con mayor apoyo a los privados; el voto ciudadano ha podido aplicarse
a la elección entre el aumento de las viviendas protegidas o su
abandono al mercado libre; a aumentar más o menos el salario mínimo;
a la construcción de más autopistas o a optar con más
fuerza por el ferrocarril; al trasvase del Ebro o a la realización
de obras más baratas.
No es fácil, sin embargo, hacer un seguimiento de nuestro voto
en los itinerarios europeos. No es tan sencillo evaluar las consecuencias
concretas del espacio que ocupen en el nuevo hemiciclo el segmento rojo,
el verde o el azul, que el grupo socialista sea más nutrido que
el liberal. El ciudadano se ve obligado a moverse en un nivel de abstracción
más alto puesto que el Parlamento Europeo, aunque aumenta competencias,
no elige -por el momento- al presidente de Europa ni distribuye el presupuesto
que, por cierto, es bastante limitado, no más alto que el español.
De momento, siempre de momento, pues es de esperar que la Constitución
de la UE avance hacia la aceptación de la soberanía europea,
el Parlamento Europeo no es más que un proyecto de Parlamento.
Hoy por hoy tienen mayor incidencia sobre la marcha de la Unión
las elecciones generales que en España tuvieron lugar el pasado
14 de marzo que las europeas del próximo domingo. De las primeras
depende que España haya optado por el eje franco-alemán
frente al cable submarino que une Londres con Washington; depende nada
menos que la Constitución Europea, que no nace de una asamblea
constituyente, sino de una conferencia intergubernamental; que España
participe o se excluya de un pacto antiterrorista que ha armado el último
intercambio de reproches entre los populares y socialistas; del Gobierno
y no del Parlamento depende el nombramiento de comisarios europeos.
Mayor Oreja nos dice que el terrorismo es el problema más importante
de Europa. Borrell, sin dejar de condenarlo -¿quién está
a favor del terrorismo?-, replica que hay que erradicar las injusticias
que lo potencian. Mayor asegura que España ha perdido peso en Europa
mientras Borrell ironiza sobre la báscula de los pueblos. Mayor
propugna dureza para negociar los poderes de la Unión y Borrell
da prioridad a sacar adelante la Constitución, aunque todos tengan
que ceder algo en el empeño. Grandes cuestiones que tienen poco
que ver con los trabajos parlamentarios. Lo que ahora se dirime es el
colorido de los escaños, que no es cuestión baladí;
si predomina la visión socialdemócrata sobre la liberal;
si se apuesta por el Estado del bienestar o por su revisión. No
hay que olvidar tampoco su incidencia sobre la política interna
española. Las elecciones europeas han representado tradicionalmente
una forma de expresar refrendo o crítica al Gobierno gratis, sin
la responsabilidad de derrumbarlo. Hay más cuestiones en juego:
la reválida socialista de su victoria y el destino de Rajoy y,
quizás, el de Aznar. El resultado de estas elecciones no está
cantado.
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