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Se juegan la Corona
Propósitos encomiables que no ha tenido la oportunidad de cumplir. Personas que tienen acceso al Rey le aconsejaron en distintas ocasiones que el Príncipe se pusiera a trabajar, más allá de sus compromisos protocolarios; trabajar, pongamos de nueve a dos. ¿De que podría ocuparse el Príncipe? Los consejeros del Monarca le sugirieron alguna entidad internacional o sociedad sin ánimo de lucro. Al Rey se le ocurrió una idea: que fichara por el Real Instituto Elcano pero se encontró con una negativa firme y bien fundada del Príncipe: "No es que no quiera trabajar, es que el Príncipe de Asturias debe hacer gala de su neutralidad y no debe vincularse con una institución controlada por el Partido Popular ". El caso es que el Heredero no se ha puesto a trabajar y la princesa se retira al interior de Palacio como en el cuento de la Cenicienta. La Boda ha emitido malas señales tras un noviazgo en el que alternaron los aciertos con los errores. En cambio han resultado magistrales los espontáneos baños de multitud en los que se ha zambullido la pareja, y de forma especial su valeroso viaje al País Vasco. Hubiera sido un desastre saltar, casi sin solución de continuidad, de su fastuosa ceremonia en La Almudena a los esponsales de los príncipes jordanos. La Boda ha sido una desmesura y no sólo por su coste que, según los imprecisos datos proporcionados -la transparencia parece incompatible con la monarquía-, se sitúa entre los 20 y los 40 millones de euros. Se optó por la magnificencia de la vieja dinastía en lugar de hacerlo por la estética de la sencillez propia de una monarquía moderna, constitucionalizada hasta el extremo sin parangón en Europa de regular la forma de despedir a los reyes. Ciertas contradicciones de la Constitución parten del intento de encajar tres modelos de distinto origen: 1) La Instauración efectuada por Franco en la figura de Don Juan Carlos, saltandose a Don Juan; 2) La Restauración de la vieja dinastía, y 3) La Nueva Instauración de una monarquía parlamentaria que arrancaría de la Constitución de 1978. Dan fe del primer elemento -la Instauración franquista- que el Rey no jurara la Constitución, sino que se limitara a sancionarla, lo que significaba que los constituyentes aceptaban que Don Juan Carlos era Rey desde su coronación franquista. Confirman el segundo modelo -la Restauración de la vieja monarquía- el reconocimiento que se hace en el artículo 57 de que Don Juan Carlos es "legítimo heredero de la dinastía histórica"; que en el orden de sucesión se sancione la preferencia del varón sobre la mujer, en contradicción con lo establecido sobre la igualdad de derechos entre ambos sexos, y que el príncipe heredero "tendrá la dignidad de Príncipe de Asturias y los demás títulos vinculados tradicionalmente al sucesor de la Corona de España". Responden al tercero -la Nueva Instauración del 78- el artículo 2, que proclama que "la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes el Estado" y que, obvia y significativamente, precede al artículo 3, que proclama que "la forma política el Estado español es la Monarquía parlamentaria"; así como el 168, que fija la forma de modificar la Carta Magna en lo que a la Corona se refiere. Los esfuerzos por fusionar estos elementos se explican por los condicionantes de aquellos momentos tan delicados de la Transición que no permitieron hacer lo más correcto: la convocatoria de un referéndum sobre la forma de Estado. Se originó un pequeño déficit democrático que no ha tenido consecuencias prácticas debido al sincero compromiso del Rey con la democracia, de la que fue su primer motor y su salvador al desmontar el golpe de Estado del 23-F. La monarquía podría consolidarse si no nos sale demasiado cara y no se cometen demasiadas tonterías. A pesar de los errores cometidos mantengo mi esperanza de que a partir de ahora contemplemos un nuevo Príncipe, maduro, alejado del estilo un tanto frívolo que ha ostentado hasta ahora. De su acierto depende la conuidad de la Corona. |