Nº 604
24/5 /2004

El mes


El arranque de José Luis Rodriguez Zapatero ha sido impetuoso. Esperemos que no sea un arranque de caballo y un frenazo de burro. No es probable, quizás ni siquiera posible  ni saludable mantener este ritmo a lo largo de la legislatura. El presidente ha acertado al elegir la opción relámpago frente a la alternativa del perfil bajo y el tanteo cauteloso del terreno minado. La ansiedad ciudadana de cambio más que percibirse se respiraba; la desaznarización era un clamor que exigía signos inmediatos y el nuevo presidente ha sabido dramatizarlos. Ha pasado sólo un mes, y parece que ha cambiado una época. Es apenas un tercio de los cien días de gracia que ya nadie respeta. La oposición ha empezado a juzgarle implacablemente desde la primera semana. A partir de ahora es previsible que pase lo que siempre pasa y es que el presidente tendrá que aplicarse a fondo para enmendar los problemas que él mismo genere, lo que no es habilidad pequeña. Le veremos enredarse en el día a día apagando fuegos, desactivando o aplazando  conflictos, resolviendo contradicciones e intentando cuadrar los círculos, que en política no es tan imposible como en la geometría.

Muy pronto, clausurado el período de respiro por habernos quitado a Aznar de encima, la oposición dejará de ser única, le nacerán nuevos focos que ya pueden adivinarse. De momento, el primer mes de trabajo puede calificarse con un notable alto. Ha retirado a paso ligero las tropas de Iraq. No ha podido evitar la imagen de precipitación pero discrepo de quienes sostienen que debería haber esperado al 30 de junio.  El clamor popular exigía que nuestros soldados abandonaran esta sucia guerra; dificilmente nuestras tropas hubieran podido limitarse a la tarea humanitaria para las que fueron enviadas sin implicarse en acciones bélicas como legítima defensa ante una guerrilla bien organizada y pertrechada y apoyada por la quinta columna del suicidio feroz, pero también porque los contingentes de otros países y Estados Unidos hubieran imposibilitado mantenerse al margen de la acción. El colmo del absurdo hubiera sido que nuestras tropas se dedicaran en exclusiva a su autoprotección pues para ese viaje, encerrarse en un búnker iraquí, no se necesitan alforjas. Esperar allí a que Naciones Unidas se hiciera con el control político y militar hubiera hecho aún más traumática la salida, pues siempre habría algún pretexto para aplazar la vuelta a casa. Más vale ponerse una vez colorado que constantemente amarillo. Hubiera sido más elegante, eso sí, que Zapatero hubiera llevado su propuesta previamente al Parlamento pero, no nos engañemos, es esta  una objeción de letra pequeña como lo prueba que todo el arco parlamentario menos el PP revalidara  eufórica la fulminante decisión del Ejecutivo. Por otro lado, es obvio que la ciudadanía no entra en estas sutilezas. De aquí surgirá, probablemente, el primer gran problema de Zapatero; uno tiene la aprensión de que los Estados Unidos no nos van a perdonar el portazo. No el hecho práctico de la retirada de unos pocos soldados, sino lo que significa como símbolo de una ruptura que ha abierto un camino para otros países. Bush nos la guarda y probablemente golpee aprovechando su influencia en Marruecos, quizás enredando con el contencioso de Ceuta y Melilla. Recemos pues para que gane Kerry en las elecciones americanas de noviembre.

En el balance desplegado por Zapatero ha resaltado la decisión sobre Iraq y el aumento de becas. La paz y la educación. La tercera decisión importante ha sido la elevación del salario mínimo, un compromiso para el final de la legislatura -llegar a los 600 euros- que Caldera no ha querido dejar para el final. De momento ha decidido elevarlo 30 euros situándolo en 490 a partir del próximo mes de julio, lo que lleva implícito un eficaz mensaje político: la recuperación del poder adquisitivo perdido desde que llegó el PP al Gobierno.

Zapatero apenas ha sufrido más revolcones que los que le han ocasionado algún ministros: el anuncio de la reducción del IVA de la cultura, que es imposible sin previa negociación con la Unión Europea; tragarse la promesa de promover 180.000 viviendas sociales al año, y unos goles  metidos a algunos ministros en los nombramientos de segundos niveles. La decisión más controvertida ha sido el mantenimiento de Juan Menor como director de Televisión Española, pero también la de algunos nombramientos efectuados por Alonso y por Montilla y la elección de un consejero del Tribunal de Cuentas. Hay que añadir la pérdida de dos votaciones en el Senado por ausencia de senadores socialistas que permitió el triunfo de una moción del PP para salvar la Ley de Calidad de la Enseñanza. Es la cuota de errores a la que tiene derecho.

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