|
La
fuerza del escándalo
Abu
Ghraib, la prisión iraquí administrada por Estados Unidos,
acredita sobrados méritos para ingresar con todos los deshonores
en la Historia Universal de la Infamia. Los ciudadanos del mundo prospero
y democrático no damos crédito a nuestros ojos. ¿O
sí? La ciudadanía satisfecha, optimista y de principios
del Primer Mundo mantenía con orgullo la convicción o al
menos la convención de que las torturas, como las materias primas,
procedían del subdesarrollo y de la dictadura, un matrimonio indisoluble.
Las torturas, junto al petróleo, eran lo propio del Iraq de Saddam
Hussein.
El conocimiento de que tales infamias se producían en las cárceles
controladas por el líder del mundo desarrollado y, sobre todo,
que tales desmanes se hayan hecho públicos y se introduzcan en
las pantallas de nuestros protegidos hogares ha provocado estupor y desencadenará
consecuencias profundas. Las fotos de Abu Ghraib, más allá
de la infamia, harán historia política y provocarán
-así lo espero- límites a la acción clandestina de
los gobiernos.
En Estados Unidos manda desde Reagan una deriva de extrema derecha surgida
del Partido Republicano que George W. Bush ha llevado a extremos que pisan
las señas de identidad de la nación Sin embargo, ni Reagan
ni los dos Bush pueden hacernos olvidar la grandeza de este país
que puede enorgullecerse de ser pionero de la democracia moderna; la revolución
americana ligada a su guerra por la independencia fue anterior y más
profundamente democrática, moderna y duradera que la Revolución
Francesa que inspiró la emancipación ciudadana en Europa.
Los norteamericanos han mantenido sin interrupción la democracia
a lo largo de más de dos siglos consagrada en una Constitución
que permanece vigente gracias a sus enmiendas. La convulsión experimentada
en la conciencia americana por la infamia de la prisión iraquí
irradiará el mundo con más eficacia e intensidad que el
malestar provocado el pasado siglo por los abusos coloniales perpetrados
por las potencias europeas durante los dos pasados siglos.
Los ciudadanos americanos están fuertemente escandalizados. Ciertamente
los terribles atentados del 11 de septiembre de 2001 que provocaron el
derrumbamiento de las Torres Gemelas rectificaron la historia y las convenciones
políticas, aunque no sus instituciones. El traumático acontecimiento
no ha provocado, en efecto, enmiendas constitucionales sino excepciones,
un verdadero virus en el sistema, una excepción de legalidad que
afecta singularmente al imperativo de Seguridad. Su primera consecuencia
práctica fue el limbo legal de Guantánamo y, después,
la guantanamización extrema de Iraq. En el fondo es un comportamiento
tan antiguo como el mundo que reside en el meollo de las sociedades humanas:
la prevalencia del orden sobre la libertad y la justicia. La civilización
consiste en armonizar orden, libertad y justicia desde la constatación
de que no puede haber orden duradero sin libertad ni justicia, pero en
momentos de crisis extrema se impone la lógica de la seguridad.
Las torturas de Abu Ghraib nos recuerdan una constatación de Perogrullo:
que cada sociedad se permite la libertad que puede permitirse, o que estima
que puede permitirse. La diferencia con tiempos pasados es que el estómago
ciudadano se ha hecho muy delicado y no quiere enterarse de los procedimientos
que se utilizan para garantizar nuestra vida tranquila. En la excepción
que vivimos desde el 11de Septiembre del imperio de la ley y de los principios,
muchos ciudadanos optan por el derecho a no enterarse y por el consumo
acrítico de las versiones oficiales. La Iglesia ya había
desarrollado el horror al escándalo, al que atribuye más
gravedad que al propio delito, y amenazaba a sus perpetradores con la
pena de inmersión en el mar previamente atados a una rueda de molino,
un procedimiento actualizado por la mafia, que sustituyó las escasas
ruedas de molino existentes por bloques de cemento más manejables.
Los ciudadanos bienpensantes no han podido atrincherarse en el privilegio
de no enterarse.
Las fotos circuladas y las imaginadas, las que están sometidas
al secreto dando pábulo a la imaginación más fantástica
han hecho imposible mirar para otro lado. La ciudadanía se encuentra
ahora frente a un hecho moral descarnado, sin coartadas ni subterfugios,
que quizás lleve a la constatación de que la superioridad
de Estados Unidos, de la civilización cristiana y de la cultura
occidental inspirada en un laicismo liberador en que desembocó
la segunda siguen vigentes con la condición de que no se las ponga
a prueba. Pero justamente el escándalo es la única esperanza.
Sólo el conocimiento de los hechos provocará el suficiente
horror para que no se repitan.
|