Nº 602
10/5 /2004

Luz y taquígrafos


El Gobierno actuó con delicadeza en su decisión de no pedir una investigación parlamentaria sobre la tragedia del 11-M si no la solicitaba el Partido Popular. Supongo que con este gesto indicaba que no utilizaría  políticamente el terrible atentado ni caería en el despropósito de hacer oposición a la oposición. Por su parte, IU y ERC dieron muestras de sensatez al aplazar su petición hasta después de escuchar  las informaciones que serían proporcionadas en la Comisión de Secretos Oficiales. El PP acierta al recoger el guante y tomar la iniciativa proponiendo la citada investigación, tal como había sugerido Esperanza Aguirre. Todos los grupos parlamentarios parecen haber adoptado una actitud prudente, lo que parece desarmar las aprensiones de quienes estiman la inconveniencia de una investigación parlamentaria que podría cargarse y tomar "excremento" de bronca y crispación. Lo suyo es que la razón embride las pasiones y no hay mejor marco que la sede de la soberanía nacional, donde el debate se somete a reglas y procedimientos. Demasiada responsabilidad para los partidos, que tratarán de llevar las aguas a su molino pero que, como se pasen un pelo, podrían pagar cara su osadía.

Lo verdaderamente peligroso, lo que cargaría el ambiente de crispación incontrolable es que tan graves acontecimientos no tuvieran un cauce adecuado de discusión. Sería absurdo, además de suicida, que de pronto descubriéramos la superioridad de lo extraparlamentario. Ni la proximidad de las elecciones europeas ni mucho menos los temores al "circo mediático" me parecen razones suficientes contra la investigación parlamentaria. ¿Cuál es el inconveniente de que los ciudadanos, cuando más ejercen de ciudadanos votando, tomen buena nota de las actitudes de cada partido? ¿Qué tiene de malo que cada medio informe y opine libremente? Lo más importante es que la gente sepa toda la verdad sobre el acontecimiento mas traumático que ha sufrido España desde la Guerra Civil;  el Gobierno tiene la obligación de proporcionársela salvando estrictamente los detalles que puedan entorpecer las investigaciones policiales y los partidos que encauzan la representación ciudadana deben interpretar sus demandas y  formular propuestas para mejorar la seguridad pública. A nuestros representantes les pedimos un buen trabajo que nos permita saber qué ha fallado y las medidas precisas para que no vuelva a ocurrir.

Tranquiliza que el Gobierno tranquilo de Zapatero muestre serenidad pero el Partido Popular, a quien se le reconoce su derecho a dar caña, debería templarse un poco. Las cañas de la política no deberían trocarse en las lanzas del improperio. Quienes hoy ejercen la oposición estaban hace unos días en el Gobierno y no siempre es fácil ejercer con calma el papel un tanto esquizofrénico de oposición que ataca y Gobierno que se defiende. Es una pena que Ángel Acebes, el responsable directo de la seguridad en el Gobierno Aznar , que había cultivado con éxito su imagen de persona templada y razonable y a quien se le puede adivinar un largo y brillante recorrido político, haya perdido la calma y los papeles prorrumpiendo en insultos contra su sucesor, José Antonio Alonso. El nuevo ministro no dijo más que lo que todos pensamos al insinuar que pudo haber fallos políticos en la prevención de la tragedia, algo que implícitamente ha sido reconocido por José María Aznar  en su último libro. Parece claro que el anterior Gobierno hizo lo que pudo y lo que supo, lo que tranquiliza la conciencia del político pero no le exime de responsabilidad, como la buena fe de un gestor de una entidad privada no le salva, si se equivoca, de la crítica de los socios. Lo más embarazoso para aquel Gobierno es su actitud informativa, que no brilló por su pulcritud. Si es cierto, como revela la prensa, que la policía siguió la pista islámica desde las primeras horas del 11-M y que Acebes insistía en la tesis de ETA y llamaba mal nacidos a quienes insinuaban la responsabilidad islamista cuando la policía cercaba a los que perpetraron el terrible atentado, el Partido Popular no podrá eludir su responsabilidad. Hasta ahora se han rasgado las vestiduras con aires de dignidad herida pero al menos deberían preguntarse por qué la ciudadanía, incluso muchos que pensaban votar a su partido, no creyó al Gobierno.

El PP debería reaccionar. El problema es que Aznar está al acecho y que, como demostró en la presentación de su libro, sigue en sus trece. Sería lamentable que sea necesario un descalabro en las elecciones europeas para que este importante partido se libre de la nefasta batuta de Aznar y rectifique y que el propio Aznar reflexione sobre las causas del movimiento de odio que cree percibir contra su partido.

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