Nº 601
3/5 /2004

Somos 455 millones


A partir del pasado sábado 1, somos 455 millones los ciudadanos de la Unión Europea, un 20% más. Este es, en mi opinión, el hecho más relevante, más que el número de países que se integran, una decena de una tacada, y mucho más que su potencia económica, que ahora alcanzará cerca de diez billones de euros en su Producto Interior Bruto. Lo que más me impresiona es que tantos y tan diversos ciudadanos distribuidos a lo largo de cuatro millones de kilómetros cuadrados hayan decidido saltar sobre sus fronteras geográficas y políticas para alumbrar una nueva comunidad. Desde esta perspectiva de la Europa de los ciudadanos es como habrá que juzgar la futura peripecia de la Unión que nació económica, como Mercado Común Europeo integrado por seis ricos socios occidentales, y que al incluir diez naciones del Este ha alcanzado una dimensión continental. La Unión de los 25 afronta ahora una ardua tarea institucional. En primer lugar, el alumbramiento de la Constitución europea que el Gobierno Aznar y el polaco habían bloqueado y que ahora, no sin fuertes forcejeos por el reparto de poderes, podría ser promulgada en pocos meses. Los próximos objetivos se refieren a la creación de una política internacional y de defensa comunes y al arbitrio de instrumentos más eficaces para garantizar la seguridad interna.

La economía siempre es importante pero menos, como se ha visto en las elecciones españolas del 14 de marzo. Ya han pasado los tiempos en los que se aceptaban como obvias las célebres palabras de Bill Clinton: "La economía, estúpido". Siempre necesitaremos contables pero la política, en definitiva, las aspiraciones ciudadanas, deben marcar el rumbo dejando para los economistas la leal pero subordinada tarea de sugerir los modos y advertir sobre los límites. De hecho, los diez nuevos socios no representan mas que el 5% del PIB de la Unión y no suponen amenaza alguna para los grandes equilibrios macroeconómicos; su incorporación no reducirá más que en un 2% el PIB medio y no agravará en más de unas centésimas los índices de inflación; cuando estos países puedan adoptar el euro se habrá disminuido notablemente tal incidencia como consecuencia de las disciplinas exigidas, que ya han empezado a observarse. Las mayores dificultades parten de la gobernabilidad de una comunidad de 25 miembros enzarzados en optimizar sus intereses.

Ciertamente, España dejará de recibir los fondos de cohesión que logró Felipe González apelando a la solidaridad europea y a la voluntad política comunitaria. Y es que en todo este tiempo desde que nuestro país ingresara en la entonces Europa de los Doce, se ha logrado un alto nivel de crecimiento aunque aún quedan Comunidades que seguirán necesitando y recibiendo subvenciones: Andalucía, Extremadura y, quizás, Galicia. Hay otras regiones que perderán fondos al ser víctimas del "efecto  estadístico" producido por los nuevos datos de riqueza media generados por la incorporación de países de menor desarrollo económico y una renta per cápita que representa la mitad de la que disfrutan de media los Quince; me refiero a Castilla-La Mancha, Murcia, Asturias, Ceuta y Melilla. Otras Comunidades hasta ahora subvencionadas han superado esta situación por sus propios méritos: Canarias, Cantabria, Valencia y Castilla y León. ¡Hay que ver lo que este país ha avanzado desde aquellos tiempos en los que Aznar tildaba a González de pedigüeño por recabar la solidaridad comunitaria! La gran prueba todavía pendiente se refiere a la libre circulación de trabajadores que, cuando se decida, provocará grandes migraciones interiores pues los salarios que rigen en los recién incorporados son la mitad de la media comunitaria. Ese momento representará un paso de gigante para superar los estados-nación. Mientras tanto, la deslocalización industrial en busca de menores salarios, el desplazamiento de las fábricas en lugar de los trabajadores, contribuirá a que las diferencias se aminoren.

El primer acto del Gobierno socialista, al que dedicó su primer Consejo de Ministros, fue la convocatoria de las elecciones  europeas. Estos comicios tienen una significación especial en clave interna pues se valorarán como una ratificación de las domésticas, pero son también muy importantes desde una perspectiva europea pues se celebran en un momento en que el Parlamento cobrará un nuevo protagonismo. Aparentemente, la Union Europea se va fraguando con lentitud a partir de sus crisis. Sin embargo, si se observa con perspectiva histórica, la velocidad y la solidez del proceso resultan admirables; ha transcurrido apenas medio siglo desde que, en 1957, se firmara el Tratado de Roma. 50 años no es nada para el nacimiento de una comunidad que es la tercera del mundo, tras China y la India.

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