Nº 600
26/4 /2004

Encrucijada real


Las puertas principales del Congreso de los Diputados, las de los leones, se han abierto de par en par para la sesión más solemne del cuatrienio, en la que el Rey abre la VIII Legislatura de las Cortes. Allí estaba la Familia Real al completo, los diputados y senadores, incluidos los de Esquerra Republicana de Catalunya, que representan la soberanía nacional; los presidentes de las comunidades autónomas, incluido lbarretxe que, aunque Aznar lo olvidara, también son Estado, y un nuevo banco azul ligeramente teñido de rojo.

La inauguración solemne de una legislatura es el acto más importante para el Rey en una monarquía parlamentaria, pero la octava es especialmente significativa para él y para la institución monárquica. Allí luce sus funciones simbólicas, las de un monarca que no tiene poderes pues todos sus actos tienen que ser refrendados por miembros del Gobierno o por el presidente del Congreso de los Diputados; las de un Rey que es irresponsable e inviolable, pues para eso se ha inventado el refrendo, pero que, aunque sin poderes formales, recibe de la Constitución importantes funciones y cuenta con una arma sumamente poderosa: su auctoritas, que es la condensación de su prestigio, de su simpatía, del agradecimiento de la ciudadanía a los servicios prestados en la transición democrática y el reconocimiento de su papel moderador que, aunque no está claramente definido en la Constitución, tiene una extraordinaria trascendencia práctica. El Rey no habla sin el refrendo pero escucha. Puede ser mudo pero no sordo, pues disfruta del sutil poder de la audiencia, que tiene más importancia de lo que parece; este monarca singular ha desarrollado una habilidad y hasta una astucia muy trabajada para expresar su opinión por medio de gestos y en ocasiones, como durante la guerra de Iraq, por medio del silencio significativo.

En un momento en que Don Juan Carlos está en el candelero por diversas razones, no todas positivas, el solemne acto del jueves tiene para él una significación especial. Está el monarca en una situación crucial: el lunes 26, a las diez de la mañana, está citado en la Audiencia Nacional quien fuera durante décadas su administrador privado y el más próximo de sus amigos, Manuel Prado y Colon de Carvajal, para ingresar en prisión si no paga los 2.000 mil lones de pesetas que defraudó a KIO mas 3.000 millones de los intereses que vienen corriendo desde 1992. Dentro de unos días casa a su hijo Felipe, el Príncipe de Asturias, con Letizia Ortiz, la culminación de un noviazgo marcado por la polémica y jalonado por algunos errores como la reciente escapada a las Bahamas en un momento trágico para el país.

Es un Rey bien querido que legitima la institución monárquica, de escaso calado en el país, en lugar de ocurrir a la inversa, como pasa en las monarquías más asentadas. Todo lo que se refiera al Príncipe afectará, pues, al futuro de la institución. Pero en la solemne sesión de apertura de las nuevas Cortes el Rey brillaba con todo su esplendor institucional que, al tiempo que inundarle de satisfacción, llevaba implícito la conciencia de que al final de la legislatura se procederá a una reforma institucional que afecta a la Corona y a otros asuntos de la mayor trascendencia. El Rey impuso a los constituyentes que su heredero sería el príncipe Felipe en contradicción con la igualdad de sexos establecida en la Carta Magna. Ahora, respetando este hecho consumado en lo que se refiere al Principe, se resolverá está contradicción para que en el futuro no se produzca discriminación alguna tal como han procedido otras monarquías parlamentarias a partir de los años setenta.

Sin embargo, siendo significativo este hecho no es la más importante de las novedades esperadas. El Rey fue necesario, yo diría que imprescindible, para restablecer la democracia en un momento en el que el franquismo podría haber abortado el proceso. 25 años después de la Constitución me permito afirmar con todos los respetos que el monarca ya no es imprescindible y quizás ni siquiera necesario, pero sí muy útil en la nueva etapa que se abre, en la que Don Juan Carlos puede aplicar a fondo su reconocida auctoritas, su mano izquierda, la simpatia que inspira en toda España. Cuenta el Rey, además de con sus dotes personales de seducción, con un olfato finísimo aguzado a lo largo de una experiencia inigualable en el último cuarto de siglo, así como de una magnífica relación personal con todos los actores políticos. Si el Rey jugó hace 25 años un papel decisivo para establecer una Constitución que ha regido eficazmente este cuarto de siglo, tiene ahora la oportunidad de alentar el nuevo proceso que tratará de fijar un marco actualizado y estable para la convivencia de los españoles.

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