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Encrucijada
real
Las
puertas principales del Congreso de los Diputados, las de los leones,
se han abierto de par en par para la sesión más solemne
del cuatrienio, en la que el Rey abre la VIII Legislatura de las Cortes.
Allí estaba la Familia Real al completo, los diputados y senadores,
incluidos los de Esquerra Republicana de Catalunya, que representan la
soberanía nacional; los presidentes de las comunidades autónomas,
incluido lbarretxe que, aunque Aznar lo olvidara, también son Estado,
y un nuevo banco azul ligeramente teñido de rojo.
La inauguración solemne de una legislatura es el acto más
importante para el Rey en una monarquía parlamentaria, pero la
octava es especialmente significativa para él y para la institución
monárquica. Allí luce sus funciones simbólicas, las
de un monarca que no tiene poderes pues todos sus actos tienen que ser
refrendados por miembros del Gobierno o por el presidente del Congreso
de los Diputados; las de un Rey que es irresponsable e inviolable, pues
para eso se ha inventado el refrendo, pero que, aunque sin poderes formales,
recibe de la Constitución importantes funciones y cuenta con una
arma sumamente poderosa: su auctoritas, que es la condensación
de su prestigio, de su simpatía, del agradecimiento de la ciudadanía
a los servicios prestados en la transición democrática y
el reconocimiento de su papel moderador que, aunque no está claramente
definido en la Constitución, tiene una extraordinaria trascendencia
práctica. El Rey no habla sin el refrendo pero escucha. Puede ser
mudo pero no sordo, pues disfruta del sutil poder de la audiencia, que
tiene más importancia de lo que parece; este monarca singular ha
desarrollado una habilidad y hasta una astucia muy trabajada para expresar
su opinión por medio de gestos y en ocasiones, como durante la
guerra de Iraq, por medio del silencio significativo.
En un momento en que Don Juan Carlos está en el candelero por diversas
razones, no todas positivas, el solemne acto del jueves tiene para él
una significación especial. Está el monarca en una situación
crucial: el lunes 26, a las diez de la mañana, está citado
en la Audiencia Nacional quien fuera durante décadas su administrador
privado y el más próximo de sus amigos, Manuel Prado y Colon
de Carvajal, para ingresar en prisión si no paga los 2.000 mil
lones de pesetas que defraudó a KIO mas 3.000 millones de los intereses
que vienen corriendo desde 1992. Dentro de unos días casa a su
hijo Felipe, el Príncipe de Asturias, con Letizia Ortiz, la culminación
de un noviazgo marcado por la polémica y jalonado por algunos errores
como la reciente escapada a las Bahamas en un momento trágico para
el país.
Es un Rey bien querido que legitima la institución monárquica,
de escaso calado en el país, en lugar de ocurrir a la inversa,
como pasa en las monarquías más asentadas. Todo lo que se
refiera al Príncipe afectará, pues, al futuro de la institución.
Pero en la solemne sesión de apertura de las nuevas Cortes el Rey
brillaba con todo su esplendor institucional que, al tiempo que inundarle
de satisfacción, llevaba implícito la conciencia de que
al final de la legislatura se procederá a una reforma institucional
que afecta a la Corona y a otros asuntos de la mayor trascendencia. El
Rey impuso a los constituyentes que su heredero sería el príncipe
Felipe en contradicción con la igualdad de sexos establecida en
la Carta Magna. Ahora, respetando este hecho consumado en lo que se refiere
al Principe, se resolverá está contradicción para
que en el futuro no se produzca discriminación alguna tal como
han procedido otras monarquías parlamentarias a partir de los años
setenta.
Sin embargo, siendo significativo este hecho no es la más importante
de las novedades esperadas. El Rey fue necesario, yo diría que
imprescindible, para restablecer la democracia en un momento en el que
el franquismo podría haber abortado el proceso. 25 años
después de la Constitución me permito afirmar con todos
los respetos que el monarca ya no es imprescindible y quizás ni
siquiera necesario, pero sí muy útil en la nueva etapa que
se abre, en la que Don Juan Carlos puede aplicar a fondo su reconocida
auctoritas, su mano izquierda, la simpatia que inspira en toda España.
Cuenta el Rey, además de con sus dotes personales de seducción,
con un olfato finísimo aguzado a lo largo de una experiencia inigualable
en el último cuarto de siglo, así como de una magnífica
relación personal con todos los actores políticos. Si el
Rey jugó hace 25 años un papel decisivo para establecer
una Constitución que ha regido eficazmente este cuarto de siglo,
tiene ahora la oportunidad de alentar el nuevo proceso que tratará
de fijar un marco actualizado y estable para la convivencia de los españoles.
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