Nº 598
12/4 /2004

Peligro a la ultraderecha

Empiezan a escucharse voces autocríticas, aunque todavía protegidas por el anonimato del off the record en las filas del Partido Popular. Comprenden algunos notables de este partido la fuerte movilización ciudadana contra el Gobierno generada por el terrible atentado del 11 de marzo. Les parece lógico que millones de ciudadanos albergaran la convicción y la repulsa por el hecho de que José María Aznar nos colocara por su protagonismo en la guerra de Iraq en el punto de mira de los fanáticos fundamentalistas del Islam. Admiten, por tanto, –y me indican que esta idea va calando en distintos niveles del partido– que el brutal atentado, el más grave de España tras la Guerra Civil, no es un extraño fenómeno desconectado de una determinada política que dio un vuelco injustificable a las elecciones. Empiezan a admitir, por el contrario, con las debidas cautelas y en susurros, que su jefe indiscutido hasta el momento se equivocó con un protagonismo que entrañaba un riesgo formidable.

Todavía predomina entre los notables populares un sentimiento de indignación mezclada con fuertes dosis de autocompasión porque se acusara al Gobierno de manipular la información sobre la terrible matanza de Atocha, y mantienen el reproche contra la pérfida actuación del PSOE y de su supuesto aparato mediático que encabezaría Polanco. Aznar parece haber contagiado al partido de un hábito muy pernicioso: el de buscar a cada problema un culpable en lugar de una solución. Sin embargo, un ministro en funciones que siempre ha sido muy razonable –tanto como para pedirme el anonimato más riguroso– me expresó una opinión lúcida y valiente: “Tendríamos que plantearnos seriamente por qué la gente no nos creyó aunque actuamos limpiamente; por qué razón muchos ciudadanos aceptaron sin reparos la insidiosa mentira del ‘Prisoe’ y no nuestra verdad limpia de polvo y paja”.

La conclusión evidente es que fuera cierta o torticera la visión de los hechos proporcionada por el Gobierno, éste había perdido toda credibilidad, un hecho palpable que no pudieron evitar a pesar de contar con las televisiones de ámbito nacional, que es el medio por el que se informa y basa su criterio la mayoría de los ciudadanos; contaron con el aparato propagandístico puesto a pleno rendimiento por su director general, José Antonio Sánchez, y con Antena 3, una emisora que el Gobierno había confiado a su amigo, José Manuel Lara.

No estaba en su mano controlar con la  misma disciplina a Telecinco, pero tampoco esta emisora, propiedad de Berlusconi, siempre muy contenida, pudo adoptar, a pesar de sus logros informativos, una fuerte posición crítica. No es el momento de insistir en los hechos probados, en mi convicción de que el Gobierno trató de valerse mientras pudo de la hipótesis de la autoría de ETA; ello es relativamente secundario respecto al hecho evidente de que el Gobierno Aznar había perdido el crédito público y generado una fuerte reacción ante la forma de gobernar, altanera y desconectada de la opinión pública. Se puede gobernar un tiempo con la propaganda, engañando a todo el mundo o deformando la realidad, pero si el momento de los comicios coincide con un hecho de la envergadura de la matanza de Atocha la reacción ciudadana sólo podía ser la que fue.

Pero insisto: no es el momento de remachar el clavo de las evidencias, sino, por el contrario, es la hora de alentar la necesaria rectificación del Partido Popular por el bien de este partido y por necesidad nacional. Sus dirigentes deberían superar cuanto antes el resentimiento ante agravios que ellos mismos han contribuido a generar y las críticas bajo cuerda, tomar nota y articular un discurso útil para afrontar los difíciles tiempos en los que hemos entrado. Somos muchos los ciudadanos que deseamos que, con Rajoy o sin Rajoy, el PP recupere cuanto antes el centro además del sentido común que coincide con el instinto de conservación. No pueden permitirse apartarse de la alternancia real de Gobierno ni olvidar que este país, como se ha demostrado nuevamente, reacciona con extremada sensatez y moderación.

Los días que se avecinan serán una dura prueba para todos; es posible que sigamos sufriendo sangrientos atentados, pero, aunque las fuerzas de seguridad logren evitarlo con la competencia que a todos nos ha admirado, lo que no podrán evitar es la extensión del miedo, y cuando éste embarga a una sociedad se pueden disparar reacciones poco deseables y movimientos extremistas que hagan peligrar la saludable convivencia de que disfrutamos. Un alto dirigente del PP me confesaba antes del 11-M que temía el surgimiento de un fuerte partido de ultraderecha o que la ultraderecha pudiera instalarse en su partido. El miedo generado por los últimos acontecimientos pudieran provocar movimientos xenófobos que unirían al miedo, la injusticia y una escalada indeseable.

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