Nº 597
5/4 /2004

Mitad chicas, mitad chicos

José Luis Rodríguez Zapatero está bordando el arte de los equilibrios y la habilidad para drenar incertidumbres y focos de tensión. Ya tenemos la lista del futuro Gobierno sin que apenas nos haya dejado tiempo a los periodistas para divertirnos confeccionando quinielas, aunque no deberíamos perder de vista que todo es provisional, nada es definitivamente oficial hasta que el Rey nombre al presidente tras obtener el candidato propuesto por S. M. la confianza del Congreso de los Diputados e invista a los ministros a propuesta del jefe del Gobierno.

El futuro presidente ha cumplido escrupulosamente, en mi opinión demasiado escrupulosamente, su palabra de paridad sexual en la confección de su gabinete, incluso con prima femenina, al designar a una mujer para la vicepresidencia primera en la persona, muy estimable, de María Teresa Fernández de la Vega, un nombramiento que ha sido acogido muy favorablemente por todos.

No se ha producido la menor critica –dando la cara– sobre un reparto tan estricto de las carteras ministeriales entre chicas y chicos. Me atrevo, sin embargo, aceptando el principio de la paridad como objetivo, a esbozar algunos matices con la esperanza de no ser crucificado por tamaño atrevimiento. El Gobierno de la nación tiene que ser el equipo mejor preparado para dirigir la política y la alta gestión del Estado, por lo que la preferencia de las mujeres respecto a los hombres debe limitarse a una prioridad entre méritos similares. Mis atentos lectores quizás recuerden la discrepancia expresada en esta columna en varias ocasiones respecto a la llamada democracia paritaria, por razones de principio y de índole práctica. La paridad o el predominio de mujeres en los puestos de responsabilidad pública debe ser un objetivo político prioritario, pero no un apriorismo de aplicación inmediata; debe ser la consecuencia natural de una realidad social que, desgraciadamente, está lejos de conseguirse. Hay que hacer antes muchas cosas, es preciso cambiar previamente normas, obstáculos y mentalidades desde la base de la pirámide para que su vértice sea ocupado igualitaria o mayoritariamente por féminas; forzar un vértice igualitario tiene la virtud de enviar una buena señal a la sociedad, pero hacerlo mecánicamente, por el sistema de la cremallera, chico, chica, no garantiza una selección óptima del máximo órgano del Ejecutivo.

La paridad no es siempre garantía de perfección democrática ni siquiera de justicia en el reconocimiento del mérito de cada cual; debe ser una tendencia que hay que estimular en todos los ámbitos sociales, una voluntad firme de evitar las discriminaciones. Si llevamos la “democracia paritaria” a los extremos –hay quien pretende que una ley exija que las listas de candidatos al Parlamento garanticen la paridad– nos abocaría a redescubrir un sistema híbrido con resonancias de democracia orgánica. La lógica de la discriminación positiva nos llevaría al establecimiento, pongamos por caso, de una cuota para discapacitados, otra para jubilados y otra para parados de larga duración.

Espero que no se pretenda aplicar la cremallera a los otros cargos de designación gubernamental, estimados en cerca de 2.000, que entran en la categoría de los “cesantes” que tanto juego han dado en la picaresca española. Forzar la paridad podría generar efectos indeseables e indeseados por muchas mujeres a quien molestaría ocupar cargos con un exceso de ponderación de la condición femenina sobre otros méritos. Dudo que semejante discriminación positiva, llevada al exceso, ejerza un efecto significativo para la promoción de las ciudadanas; por el contrario, las beneficiadas de la cuota pudieran convertirse en una casta política privilegiada difícil de aceptar por quienes no son políticas profesionales. Estoy convencido de que el poderoso lobby feminista que rodea a Zapatero comprende estas razones y es sensible al agravio comparativo que podría producirse con las ciudadanas que no tienen la oportunidad de vivir de la política.

Estoy convencido de que las intenciones del líder socialista no son oportunistas; no están dirigidas a obtener más votos, sino que integran su bagaje político, ético y estético. Está bien que proporcione desde el poder ejemplos que estimulen la igualdad de oportunidades, pero también es notorio su buen sentido que aconseja huir de las exageraciones. Dicho esto, debo añadir que tanto a la vicepresidenta primera como a la casi totalidad de las nuevas ministras se les puede suponer con fundamento capacidad suficiente para ocupar un puesto de tan alta responsabilidad. Ahora tendrán que demostrarlo,  exactamente igual que sus compañeros varones, pues no es justo que al hombre el valor se le suponga y la mujer tenga que demostrarlo.

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