Nº 596
29/3/2004

Espero que también el PP haga su revolución ética

Parece como si el Partido Popular tuviera un miedo cerval a la autocrítica, como si el reconocimiento de errores fuera peor que cometerlos, como si aceptar que uno no es infalible como el Papa fuera una deshonra. Parece que José María Aznar piensa que la aceptación de fallos pudiera romper el partido cuando contribuye justamente a lo contrario, a la credibilidad del político y a la tranquilidad ciudadana. El presidente en funciones admitió en su entrevista con Juan Pedro Valentín en Telecinco –por fin una entrevista de verdad y no un publireportaje– la posibilidad de haber cometido errores –¿quién no los comete en ocho años de Gobierno?– pero se negó a identificarlos. Nos deja a los demás esta tarea a condición de que no la ejerzamos, pues si osamos concretar nos exponemos a los más severos varapalos según el abanico consagrado que va desde la calificación de “progres trasnochados” a la de “perros que ladran su rencor por las esquinas”.

Ante la Junta Directiva Nacional de su partido ni siquiera admitió semejante posibilidad teórica de hipotéticos desaciertos; ni una sombra de autocrítica que fue sustituida por una diatriba feroz contra los críticos y terribles anatemas disparados contra los que informaron eficaz y honestamente, contra los periodistas independientes y, de forma especialmente salvaje, contra el único gran grupo editor que no controla ni pudo atemorizar. En el arte de hacerles la autocrítica a los demás y de desplazar responsabilidades es el PP de Aznar un consumado maestro. Uno quisiera sobrevolar la ceremonia del pasado miércoles, una eucaristía de “condolencias internas” más que una reflexión poselectoral propiamente dicha, para situarse en el PP de Mariano Rajoy, todavía inmovilizado por el hiperlíder. No sé si confundo mis deseos con la realidad, pero me agarro al leve gesto del gallego, un mero guiño, cuando en el ambiente espeso de la Junta Directiva Nacional se permitió afirmar algo que sería obvio si no tuviera una fuerte significación distanciadora respecto del caudillo: “son decisiones propias (...) tomadas en total libertad (...) sólo me va a condicionar mi decencia y el interés general del partido”. Salven ustedes todas las distancias que sean menester, pero a mí me recordaban estas palabras los cautos guiños de don Juan Carlos, a la sazón Príncipe de España, sobre sus buenas intenciones en el filo de lo que podía permitirse frente a Franco.

Me preguntaba la semana pasada refiriéndome a las expectativas del Gobierno Zapatero si la ética puede ser rentable políticamente en estos tiempos del vale todo, o bien, si las buenas intenciones expresadas solemnemente por el líder socialista se frustrarían ante la física del poder que parece desembocar siempre en el abuso del mismo, en la espuria utilización de los resortes del Estado para perpetuarlo. Extiendo ahora la reflexión a Rajoy, pues también la oposición es un poder, sobre todo en la derecha, a la que nunca faltan medios. Me pregunto si el gallego a quien se le adivinan conchas de galápago, puede y quiere romper con la línea de quien le nombró y no sólo con su talante, que eso lo doy por descontado. La pulcritud ética no es monopolio de la izquierda y, desde luego, no lo es de toda la izquierda. En realidad, la actitud de Zapatero representa una novedad, incluso dentro de su propio partido. No sé si la ética será por una vez políticamente rentable, pero me da la impresión de que, también por una vez, la rentabilidad no es lo más relevante para un dirigente; en todo caso, o consuela el hecho de que la no ética de Aznar, que le ha podido resultar provechosa durante algún tiempo, ha terminado arruinándole. Alcanzó el poder con pocos escrúpulos y lo conservó a cuenta de prácticas propias de una democracia de baja intensidad. El despotismo, el manejo de la prensa y de las grandes empresas le han ayudado a mantener a su partido en el poder, pero al final generó anticuerpos sociales que le han arrojado del mismo.

Espero que el PP haga su revolución ética y deseo que Rajoy, quien todavía no ha mostrado todas sus habilidades, pueda reconducirlo sabiamente, pues su fortaleza es esencial como alternativa de Gobierno. El PP sigue siendo un gran partido apoyado por cerca de diez millones de ciudadanos, que mantiene importantes cuotas de poder territorial y una fuerte presencia en los grandes entes del Estado –tribunales de Cuentas y de la Competencia, Consejos de las Telecomunicaciones y de la Energía– además de una apabullante presencia en los altos tribunales de Justicia. Quizás los ritos de desagravio, los gritos de autoafirmación de la tribu y la presencia ominosa de Aznar no nos dejen contemplar con nitidez el panorama, pero estoy convencido de que el Partido Popular aprenderá la lección. No puede ni debe hacer otra cosa.

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