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¿Puede ser la ética políticamente rentable? Estoy convencido de que José Luis Rodríguez Zapatero va a cumplir su palabra. Parece difícil de creer en vista de la experiencia vivida, pero creo que el futuro presidente iniciará una nueva forma de gobernar más allá de la retórica y de la propaganda, y muy alejada de la manipulación, que parecen instrumentos imprescindibles para los políticos, cualquiera que sea su pelaje. Tras la experiencia del primer Gobierno socialista y del primer y último Gobierno del Partido Popular, resulta difícil creer que Zapatero renuncie voluntariamente al kit que se entrega, con las llaves, a los inquilinos de La Moncloa. Es difícil imaginar que alguien renuncie voluntariamente a las formidables palancas del poder, sobre todo al control mediático; a la utilización para beneficio del partido gobernante y exaltación del jefe de los medios públicos y a las presiones o sobornos, o ambos a la vez, palo y zanahoria, de los privados. El caso emblemático es Radio Televisión Española, un tanque informativo convertido por anteriores gobiernos en una formidable arma de manipulación masiva. El ente público acumula pérdidas incontroladas que afectan por su calibre a las grandes cuentas del Estado, pero tamaña hemorragia no ha alterado el pulso de los gobernantes, que sólo ven los enormes beneficios políticos que reporta; fue utilizado por Felipe González y ha superado todos los records de manipulación en manos de José María Aznar, quien había prometido neutralizarlo y sanearlo. Estoy convencido de que, esta vez, la reforma del ente va en serio, tan en serio como los propósitos regeneradores de José Luis Rodríguez Zapatero. El futuro presidente se comprometió solemnemente a una política informativa limpia y reclutó a un grupo de personas de bien para alumbrar un modelo que garantice la pluralidad y la decencia. No pondrá, pues, sus manos en este diabólico juguete, limitándose a aplicar las conclusiones de los telesabios. Hay que tener mucho coraje para renunciar a tan formidable instrumento de poder. Las televisiones privadas de ámbito nacional Antena 3 y Telecinco están en manos de aliados de José María Aznar, que han recibido prebendas del mismo, como José Manuel Lara, el dueño de Antena 3, a quien Telefónica, su anterior propietario, entregó la propiedad, hoy, por cierto, un tanto envenenada por el arbitraje con Blas Herrero, del que nos ocupamos en este número. Conviene recordar brevemente cómo se produjo el asalto de José María Aznar a esta emisora. El presidente del Grupo Zeta, Antonio Asensio, hoy desgraciadamente fallecido, apoyado en determinados bancos, se había hecho con el control de la emisora y propició una línea informativa muy profesional, tal como acostumbra este importante grupo periodístico. Cuando se produjeron los llamados pactos de Nochebuena entre Asensio y Polanco, especialmente referidos a derechos de transmisión futbolística que este semanario adelantó en una gran exclusiva, José María Aznar decidió intervenir con su brutalidad característica poniendo al editor entre la espada y la pared: o vendes la emisora a Telefónica (entonces gobernada por Vilallonga) o vamos a por ti. O te forras con una buena venta de tus acciones o vas a la cárcel. Asensio optó prudentemente por lo primero; cuando el nuevo gestor de Telefónica, César Alierta, tuvo que revisar el oneroso encargo mediático del Gobierno inaceptable para su accionariado, el hoy presidente en funciones se aseguró de que la emisora cayera en las manos amigas de José Manuel Lara, que tantos servicios le prestaba, sin que fuera relevante que Vocento ofreciera más dinero por ella. En lo que se refiere a Telecinco, la propiedad está en manos de Berlusconi, aunque hasta ahora sigue gestionándola su anterior propietario, el grupo Vocento, que mantiene una presencia accionarial simbólica y que ha hecho esfuerzos meritorios por mantener su independencia informativa la cobertura del caso Prestige fue impecable aunque no ha dejado de recibir fuertes presiones, algunas de ellas insoportables, como cuando tuvo que cancelar el programa Caiga quien Caiga. ¿Podemos creer que las televisiones, hoy controladas por el Gobierno, actuarán profesionalmente cuando se forme el próximo? Zapatero asegura que sí, y yo le creo, como le creo cuando promete no intervenir en el Gobierno de las empresas. Mucha gente, escaldada por la experiencia, y no sólo los cínicos y descreídos, profetizan la inviabilidad de estos propósitos. Lo que está en cuestión es si, por una vez, la ética puede prevalecer sobre los malos usos, e incluso, si puede ser políticamente rentable o si tan deseable comportamiento será un breve paréntesis de ingenuidad insostenible. El compromiso de Zapatero es firme, pero habrá que ver si la derecha, la política y la económica, se aprovecharán de ello para hacerle una guerra sucia insoportable. |