Nº 593
8/3/2004

Hay partido

La imagen de Mariano Rajoy se ha ido achicando al tiempo que la de Zapatero se empinaba un poco. El candidato del PP sufre las reticencias de gente de su partido y su figura aparece eclipsada por arriba, Aznar, y por abajo, Rato, y enmarañada por los errores de sus compañeros, algunos ministros y cierta presidenta de una Comunidad Autónoma, por no hablar de los tráficos de influencias de un presidente más o menos vitalicio de cierta Diputación levantina. Mientras tanto, los compañeros de Zapatero le arropan para que no digan que el candidato socialista no manda. El joven dirigente ha hecho las paces con la vieja guardia escenificadas en el apoyo caluroso de González, que ha manifestado en privado que su intención es participar en esta campaña con más mítines de los que ofició la última vez que se presentó a las elecciones en 1996. Chaves, que ha sostenido al secretario general en los momentos de zozobra, está echando ahora el resto con más intensidad que la que aplica a su campaña andaluza, y las reticencias de Bono se neutralizan con la aceptación por parte de éste de una cartera ministerial que sólo depende de que los socialistas ganen las elecciones. Hay apoyos, sin embargo, que matan, como el de Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que consolida su imagen de predicador de soluciones contundentes y de insinuaciones inoportunas. Poner en duda la detención de los etarras en sanguinaria marcha sobre Madrid ha permitido a los populares volver a la carga izando la exclusiva antiterrorista en un momento en que calaba en la opinión la repulsa ante la utilización sectaria de un empeño en el que hay coincidencia general. Tampoco benefició al compañero candidato que Ibarra pidiera al compañero Llamazares la retirada generosa de sus camaradas con la sana intención de integrar a Izquierda Unida en la Izquierda Única, un paso más en la oferta de la Casa Común de la Izquierda que formulara Almunia en su oportunidad. Ciertamente, Zapatero acaricia la misma ilusión: su promesa de no gobernar si no obtiene más votos que Rajoy puede interpretarse como una OPA amistosa a Izquierda Unida, y los comentarios de González en el mitin de Dos Hermanas van en el mismo sentido, así como las apelaciones de Chaves al voto útil, pero todos ellos lo dijeron con más finura. Es obvio que la gran ventaja del PP es que ha logrado integrar a toda la derecha, incluida la extrema, en un partido único y fuertemente disciplinado, pero también es obvio que la izquierda es diferente, por lo que en España la tendencia al bipartidismo no es más que una tendencia, apoyada, eso sí, en el estancamiento e incluso el descenso comunista.

Todavía queda una semana en la que caben muchas meteduras de pata a dos bandas. En lo que al PSOE se refiere, su estado mayor debería observar que en las encuestas diarias no logra superar el techo del 36% en la intención de voto; cuando acorta distancias con el PP es porque este partido desciende. Parece claro que el PSOE no logra movilizar a los abstencionistas de izquierda, a los votantes de otrora que hoy no encuentran suficientes motivos para acercarse a las urnas. Una buena campaña podría sacarlos de casa en apoyo de la izquierda. No creo que sea útil que el PSOE insista en un mensaje que desmovilice a gente progresista que podría dudar entre Izquierda Unida y la abstención provocada por un soberano escepticismo. Es de esperar que en el último momento la conveniencia de la alternancia del poder decida a muchos indecisos. No se percibe, desde luego, una irresistible pulsión de cambio como la que recorrió España en 1982. Hoy pugnan las razones para la continuidad –la economía marcha razonablemente bien– con las de la higiene democrática que aconsejan el cambio. Ha perdido consistencia, sin embargo la idea fuerza de que Rajoy es un líder sólido y Zapatero gaseoso. El gallego tiene entre sus activos el de no provocar el toque a rebato de la progresía que hoy provocaría Aznar, pero tampoco genera en la parroquia conservadora la autoridad que percibió en el presidente en funciones. El leonés ha logrado controlar el partido por medio de laboriosos consensos estableciendo –necesidad obliga– un modelo muy diferente al que representó González, que lideró un partido de una sola pieza, pero este consenso por los pelos no es ajeno a la tradición de la izquierda ni a la historia del PSOE. Ha sido hábil el leonés devolviendo el ninguneo a un Rajoy rebajado por Rato. Por eso digo que hay partido, en su doble sentido: como formación política y también como encuentro deportivo, pero no nos engañemos: lo que se juega no es la victoria de Zapatero, sino simplemente que el PP no saque mayoría absoluta, que no es un objetivo desdeñable.

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