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ETA prefiere al Partido Popular ETA ha irrumpido en la campaña electoral de forma taimada, vomitiva e inteligente. Un gran éxito en su estrategia de optimizar el daño, de golpear donde más puede doler. Lo habitual es que aproveche la oportunidad para perpetrar un atentado con mucha sangre para que corra mucha tinta y que nadie se olvide de su tétrica presencia. Ahora, por el contrario, la organización terrorista ha optado por un procedimiento de mayor impacto propagandístico, sin sangre y por tanto con menos riesgos en unos momentos en que ETA se siente minada por topos policiales y cuando tiene que recurrir a torpes becarios para sus acciones criminales. Sus intenciones son sibilinas pero obvias y hasta tópicas: 1) agudizar las contradicciones internas del adversario, la democracia española; 2) degradar la solidaridad entre las distintas Comunidades; 3) apoyar el independentismo, que en Cataluña, a diferencia del País Vasco, no cuenta con una organización violenta. Éstas parecen ser sus intenciones inmediatas, pero su decisión tiene otro efecto: apoyar al Partido Popular, un efecto seguramente indeseable para este partido, pero al que no ha tenido la gallardía de renunciar. Una vez más, los extremos se tocan y ETA ha optado nuevamente por su adversario preferido, principal beneficiario de su tregua catalana. Escasos minutos ha tardado Mariano Rajoy en golpear a José Luis Rodríguez Zapatero por donde más le duele, justo en el centro de la idea fuerza de la campaña popular: la alianza de los socialistas con el partido de Carod-Rovira, independentista y que negocia con ETA. La organización criminal prefiere que gobierne España el Partido Popular y le hubiera gustado que siguiera al frente del mismo José María Aznar; tiene sus mejores bazas en el ambiente de cruzada antinacionalista creado por este partido. Un gobierno, como podría ser el de Zapatero, firme contra el terrorismo en un empeño en el que quiere coordinarse con los demás partidos, pero más dialogante con el nacionalismo, entorpecería su estrategia que, como la de todos los grupos terroristas, se apoya en el lema leninista: cuanto peor, mejor. El asesinato de Ernest Lluch, precisamente un catalán, tenía justamente ese objetivo. ETA le ha dado la campaña hecha al Partido Popular, que puede ahorrar mucho dinero en anuncios y carteles y puede dejar como unos zorros la de los socialistas. Ha conseguido que se vuelvan a tensar las relaciones dentro del PSC-PSOE, entre Maragall y Zapatero, entre el Partido de los Socialistas Catalanes unido durante décadas por un leve guión con el PSOE, un guión que ahora pudiera separar. La metedura de pata de Josep Lluís Carod-Rovira ha sido insuperable. La tregua de ETA parece desmentir sus afirmaciones de que no pidió una paz por separado para Cataluña. Su credibilidad es mínima cuando se escuda en que dicha tregua fue decidida antes de su encuentro con los terroristas. Aunque fuera cierto que pidiera la paz para toda España algo que no encaja en la línea de sus anteriores actuaciones y en el propio discurso mantenido en Cataluña lo que cuenta es que ETA la ha declarado sólo para esta Comunidad. La realidad política no siempre coincide con los hechos y con frecuencia son éstos los que se sacrifican a aquélla. ETA sólo merece el desprecio, pero ha tenido la habilidad de no mentir. Carod como político demócrata merece un respeto que no merecen los asesinos, pero, desgraciadamente, la banda tiene más credibilidad que este personaje atrabiliario. A Carod sólo le queda una salida digna si quiere salvar el Gobierno tripartito y el propio desarrollo de su partido, que parecía tan prometedor desde las elecciones autonómicas: la dimisión como secretario general de Esquerra Republicana de Catalunya, lo que en un partido asambleario como es éste no generaría traumas irreversibles. Se observan últimamente acercamientos de Convergència i Unió, en muy maltrecha situación, al PSOE. Todas las combinaciones son posibles, pero la coalición de convergentes y socialistas arrebataría a Maragall sus municiones morales. Su opción y su discurso se basan en la alternativa de izquierda y en el descabalgamiento de los que han gobernado Cataluña durante el último cuarto de siglo. Una nueva combinación, por muy adictos que sean los catalanes a los pactos más sutiles, delataría a un Maragall sin principios dispuesto a cualquier cosa con tal de permanecer en el poder. No creo que este hombre, después de tantos servicios prestados a Barcelona, a Cataluña y a España, concluya su vida política vergonzosamente. Lo que está claro es que el PP no cejará hasta cargarse el tripartito. |