Nº 590
16/2/2004

La autocensura es la forma moderna de la censura

Escribo en mi libro, La Soledad del Rey, y sostengo ahora, apoyado en evidencias tras la publicación del mismo, que ciertos errores de la Casa Real no hubieran llegado tan lejos sin la autocensura de la prensa, que en algunos casos se acerca a la complicidad. El alcance del problema supera la cuestión monárquica y entra de lleno en el ámbito sagrado del derecho a la información de los ciudadanos, en el del papel de la prensa y en el de la ética de la empresa periodística. A la vista de lo visto, me pregunto cuántos otros asuntos estarán sometidos a la autocensura o a la censura interior de las empresas, cuántas informaciones relevantes se les arrebatan a los lectores, que, en teoría, según proclaman pomposamente algunos editores, son los genuinos dueños de la información. Mi opinión es que la autocensura es la forma actual de la censura.

Ante todo, una observación positiva: las emisoras de radio –con la significativa excepción de la episCOPE– han informado con amplitud y hasta con generosidad sobre el libro y sobre el fondo del mismo: el estado de salud de la monarquía, los errores cometidos balanceados con  los evidentes servicios prestados al país; en definitiva, sobre la pertinencia de levantar el velo del tabú. Ha sido ejemplar la diligencia profesional de Intereconomía, la SER, Onda Cero y  Radio Intercontinental, entre otras emisoras. Mi agradecimiento a todas ellas y mi constatación una vez más de que la radio es el medio con el más alto techo de libertad, junto a los Confidenciales de Internet, entre los que debo reconocer el artículo publicado por el Confidencial.com. El problema reside en la prensa diaria de Madrid –mal llamada prensa nacional– y en las televisiones públicas y asimiladas. (Mi profundo reconocimiento a Telecinco).  El gran diario tan “nacional” como los de Madrid que es El Periódico de Catalunya ha actuado con la profesionalidad acostumbrada, lo mismo que otros excelentes rotativos de Asturias, Galicia o Andalucía. Lo mismo digo de la revista Interviú y de Cambio 16. ¿Qué pasa pues con los grandes periódicos de Madrid, excepción hecha en este asunto concreto de El Mundo? ¿El ocultamiento de información sobre el jefe del Estado por parte de El País, ABC y La Razón se debe a su buen deseo de consolidar la monarquía? Es posible, aunque los directores de estos medios, profesionales como la copa de un pino, saben que el tabú es contraproducente, que hasta que no se informe libremente sobre la institución no se habrá consolidado plenamente. Mi tesis inicial es que la autocensura del periodista tiene mucho que ver con los intereses de los empresarios de prensa. Si eso fuera así, si la autocensura no fuera del redactor o del director sino del editor, habríamos llegado a un alto grado de degradación y de servilismo. En el fondo es así, pero de forma más matizada. El periodista o el director de un medio no actúan generalmente por indicación del propietario –estoy seguro de que Polanco no ha dicho ni pío–, sino que los directivos creen adivinar lo que el dueño desea. Es la forma más sutil del control de los propietarios. Se pueden intuir las razones de los editores: es lo que Priestley llamaba “el abrazo aristocrático”, que puede ser más eficaz que el abrazo del oso. En este caso, la explicación se originaría en la habilidad con que Juan Carlos I, muy admirado por el autor, prodiga sus abrazos y gestos de deferencia, su reconocida capacidad de seducción que es, ciertamente, una habilidad de Estado y quizás... la espera de algún título nobiliario que, por cierto, el Rey escatima y limita a sus servidores directos, a los jefes de la Casa, a los presidentes de Gobierno, etc. marginando a la gente de mérito de la sociedad civil, entre los que se encontrarían algunos empresarios de prensa. Pero no sólo ellos lo merecen, también serían dignos acreedores obreros ejemplares, investigadores geniales, o héroes ciudadanos.

Alguien podría pensar que estoy sacando conclusiones desmesuradas o narcisistas de un asunto personal. La soledad del Rey no es un caso especial porque sea mío, pero no puedo creerme que un medio serio pueda darse por no enterado de un libro que se encuentra entre los primeros de venta en todas las listas y que ha generado un boca-oído apabullante. Egocentrismos y ombliguismos aparte, que no es por donde más peco, este libro representa el primer intento serio y documentado de abordar una cuestión clave: ¿Está consolidada la Monarquía 25 años después de la Constitución? ¿Cuántos años deben pasar para que los medios hablen con libertad de la Jefatura del Estado?

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