Nº 587
26/1/2004

El ‘minuto de oro’ de José María Aznar

El presidente se va con la conciencia tranquila. Abandona el cargo orgulloso y satisfecho. Todos los presidentes se han despedido con apelaciones a la tranquilidad de sus conciencias, sinceras aunque un tanto irrelevantes, pues ningún político hace el mal a conciencia. Más relevante sería saber si tienen la conciencia tranquila quienes le votaron que no tendrán la oportunidad de expresarlo en las urnas. No ha habido ningún político, que yo recuerde, que se haya ido con menos aires de marcharse. En esta ocasión de la despedida tan propicia a la solemnidad, el presidente ha resistido semejante tentación convirtiéndola en un mitin electoral. Se ha homenajeado a sí mismo privándose de su derecho a la altura de miras que supondría reconocer que el adversario, que no enemigo, también trabaja para su país. Ni la menor sombra de autocrítica, ni siquiera en algunas políticas, como la de Iraq, en las que se enfrentaba a la opinión general. Abandona palacio legítimamente orgulloso y satisfecho –su mayor legitimidad reside en su marcha– un orgullo y una satisfacción que limitan con el hecho lacerante de que, aun ganando elecciones, nunca ha sido popular. Ha atravesado las encuestas en suspenso o en aprobado raso, casi siempre por debajo de su opositor, a pesar de lo mucho que ha mandado, de las formidables palancas que ha usado a discreción aunque no muy discretamente. Pocos gobernantes han poseído en democracia tanto poder y obtenido tan poca popularidad. ¿Es por su rígido carácter, su frialdad y su gesto cortante y antipático? Los más próximos aseguran que esta imagen no corresponde a la realidad, que es una fachada protectora, un escudo que disfraza su timidez de hombre introvertido de más silencios que palabras. Quienes le conocen pero no le aman sostienen que es un disfraz para encubrir su inseguridad, sus complejos y un resentimiento profundo. Dudo mucho que semejante envoltorio explique satisfactoriamente su carencia de atractivo popular. La historia prodiga los ejemplos de antipáticos muy populares. Para serlo no hace falta ser un simpático andaluz como González. Jordi Pujol, sin ir mas lejos de Barcelona, ha sido un político muy querido a pesar de que parece diseñado como arquetipo del antihechizo carismático y lo mismo ha sucedido con Fraga en Galicia. Quizás la explicación resida en el plus que en este país reciben los talantes autoritarios. Se los considera necesarios pero no se les ama. José María Aznar es un personaje extraño que cumple su palabra y que en un par de meses  se refugiará en un sitio oscuro donde no moleste. Al menos por el momento. La verdad es que, salvo la de jefe de Gobierno, no tiene fácil ubicación. Es posible que algún día, con la distancia imprescindible podamos comprenderle mejor.

Estoy convencido de que es sincero cuando dice que su política ha sido moderada y dialogante. No le faltan virtudes ni aciertos al personaje, pero no los de la moderación y el diálogo respetuoso con el discrepante. Manejó razonablemente su primera legislatura, que hubiera sido inviable sin pactos con el diablo. En la segunda, la de la mayoría absoluta, se mostró cual es y desplegó, sin limitaciones, el gran diseño patriótico soñado en su destino manifiesto de la España una, grande y libre plasmado simbólicamente en la bandera, talla imperial, de la madrileña plaza de Colón y la izada en el islote africano de Perejil. Aznar ha cosechado grandes aciertos, sobre todo en economía y en la lucha contra el terrorismo. La ilegalización de Batasuna ha demostrado su eficacia, pero no puede decirse lo mismo en lo que afecta a la equidad social y a la armonía territorial del Estado. Tenía derecho a probar su política de “firmeza” frente a los nacionalismos periféricos –era su turno–, pero la realidad es que el problema se ha agravado y él se marcha con la gloria recortada de ser el presidente del resto de España. Aznar resume su balance asegurando que, ocho años después, España está mejor. Faltaría más. Pero ¿por qué los políticos se arrogan la terrible responsabilidad de cargar con el país a sus espaldas? Ya es bastante con que dejen trabajar a la nación y no molesten. Hay datos que deberían bajar la arrogancia del gobernante: el minuto de oro de la entrevista de Urdaci a José María Aznar en la hora más propicia de la Primera obtuvo la atención de 4.453.000 espectadores, mientras que la máxima audiencia del programa que le seguía, Ana y los siete alcanzó casi el doble: 8.441.000.

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