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La nueva trinidad de Zapatero Ahora ya no puede decirse en justicia que Zapatero no tiene quien le escriba. Le han escrito su programa mil plumas expertas. No puede afirmarse en puridad que no tiene proyecto. Lo tiene y bien largo, aunque, naturalmente, de fortuna desigual. Se ve que el líder socialista es sensible a las críticas, lo que no es magra virtud, especialmente en un político, pero aún queda por ver si tan preciada sensibilidad superará la prueba del poder. Ya veremos lo que pasa si entra en el Paraíso. Se le había criticado yo también por la falta de proyecto y ha sabido enmendar semejante carencia con notable. Fue zaherido igualmente también por mi parte por la falta de un equipo sólido y ha reaccionado seleccionando diez notables de primera, diez apóstoles en la bisagra del Antiguo y del Nuevo Testamento. Son todos ellos consistentes y, en su mayor parte, experimentados en cargos de responsabilidad, que darán confianza al electorado con ventaja respecto a una buena parte de la ejecutiva. Con esta iniciativa ha respondido al mismo tiempo con eficacia a otro de los reproches recibidos, también de este periodista: algún déficit de autoridad en el manejo de su partido. Proyecto. Equipo. Autoridad. Zapatero ha asumido la nueva trinidad. El balance ha sido positivo, aunque un auditor severo establecería algunas salvedades. La música del programa suena bien muy bien respecto al énfasis puesto sobre la educación y la cultura y representa una apuesta valiente al dirigirse a un universo más amplio del tradicional que, en definitiva, representa la mayoría de la población española. Sin embargo, algo falla en las propuestas fiscales cuando al Círculo de Empresarios les parecen maravillosas, Comisiones Obreras no oculta su preocupación, UGT muestra un silencio estentóreo que no puede ser más significativo, y en el propio partido los murmullos suben de tono. A Zapatero se le ha ido un poco la mano, la de Miguel Sebastián, a quien, por cierto, estimo como persona y admiro como economista, como divulgador y como temible polemista. El caso es que Rato ha podido permitirse la ironía de pasarle por la izquierda, lamentando que el programa socialista beneficie ante todo a las grandes empresas y a las personas más ricas. La segunda laguna, la del equipo, se ha cubierto bien y sólo habrá que esperar de los notables que se apliquen a fondo a pesar de sus muchas ocupaciones. La selección ha representado un compromiso tácito entre Zapatero y su partido. Chaves, Bono e Ibarra eran obvios, pero el líder ha tenido la habilidad de seleccionar a otros personajes de la vieja guardia con imagen de solbencia, valga el chiste malo referente al comisario europeo de Economía, Pedro Solbes, a personajes de gran peso en el mejor sentido de la palabra, como Gregorio Peces-Barba, a quién no sólo le avala su brillante pasado sino su presente magnífico como rector de la Universidad Carlos III, a independientes de no menos peso y prestigio internacional como Miguel Ángel Moratinos, a la veterana aunque todavía joven guardia, la muy peleona andaluza Magdalena Álvarez. La apuesta más personal ha sido la de Miguel Sebastián, que ha generado algunos murmullos sordos en el aparato, pero que es una muestra de autoridad, la tercera laguna generalmente denunciada. Zapatero dio un puñetazo en la mesa federal un tanto pactado ciertamente, pero así son los buenos puñetazos en la última reunión del año: Hablen ahora vino a decir o callen para siempre. No lo ha conseguido plenamente con Juan Carlos Rodríguez Ibarra, a quien no hay quien calle, pero al menos éste ha retirado su embarazosa propuesta contra los nacionalistas. En definitiva, el candidato socialista ha conseguido la iniciativa que monopolizaba el PP, en cuyas filas se detecta cierto desconcierto. Últimamente se limitan a la tarea que tanto criticaron al PSOE: la descalificación sin alternativas. Su labor de oposición a la oposición, rentable hasta ahora, empieza a perder eficacia. Al PP se le ha complicado el discurso y por eso Rajoy no acepta debatir con su oponente, lo que podría tener un coste electoral. Debe cuadrar el círculo de la continuidad y el cambio que la sociedad española reclama. Dudo que su buen talante, que contrasta con el desabrimiento de su antecesor, sea suficiente para generar la sensación de novedad y, mucho menos, la de alternancia. |