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Felipe empieza a ser González Cuando, probablemente el próximo lunes, José María Aznar disuelva el Parlamento, Felipe González habrá abandonado todas sus responsabilidades políticas, excepto las propias de su militancia activa y las pasivas inherentes a su irrenunciable liderazgo social, pues es evidente que sigue contando con una nutrida afición. Todavía joven, sigue estando vagamente disponible, pero, salvo catástrofe, su retorno es altamente improbable. Sin embargo, es difícil imaginarse a González como un ciudadano estrictamente privado ni con ánimo de recluirse en el panteón de hombres ilustres. Su teléfono seguirá abierto para la dirección, pero lo más probable es que las llamadas se espacien. Sus intereses son ahora diferentes y sus amistades y relaciones se sitúan en un plano distinto, en un terreno no muy bien definido de ámbito supranacional entre lo político entendido como impulso progresista y lo empresarial, un terreno difuso en el que González se mueve como pez en el agua. Escribirá de vez en cuando un artículo en El País, pronunciará una conferencia aquí y allá, quizás escriba algún libro y seguirá participando en los foros internacionales de las ideas, en los Davos, clubes de Roma y similares donde se cita la jet de la inteligencia política y económica. Felipe empieza a ser González. El líder se va y merece que hagamos un juicio sobre él. Es uno de los escasos políticos dotado de una extrema habilidad para captar el pálpito de la gente y lograr su confianza, incluso su complicidad. Dudo que usted recuerde algún mensaje concreto, algún manifiesto que identifique su pensamiento político. Su elocuencia reside no tanto en la formulación de conceptos como en su personalidad arrolladora, en su capacidad para encandilarnos. Cuando se nos aparecía en la televisión, su medio preferido, lo que pudiera decir era secundario; lo decisivo era su intuitiva maestría en un arte de la fascinación que roza el hipnotismo. ¿El secreto reside en su aparente franqueza?, ¿en un guiño que el ciudadano percibe como un recado personal?, ¿en su tono que convierte el mensaje en algo que se cae por su propio peso? Felipe es una personalidad compleja en contraste con su aparente sencillez, en la que conviven un sentido del poder que reconoce pocos límites apoyado en la seguridad de su proyecto con un hedonismo incompatible con el toque mesiánico que suele percibirse en otros hiperlíderes. Es un disfrutón; se le nota y no lo oculta: ha confesado con frecuencia que es un hombre afortunado. No tiene madera de héroe sino un formidable instinto de conservación. Lo demostró en el 23-F donde se alejó de la sana arrogancia de la que hicieron gala Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado. Lo demostró también en la forma de escabullirse de los procesos del GAL. Se dejó convencer por Belloch para hacer una limpieza que le exoneraría de responsabilidades penales a costa de sus subordinados. Alguno de los limpiados mostró una similar aversión hacia la heroicidad, y tras una invocación de Moisés, el líder se vio obligado a expresar algún gesto junto a la cárcel de Guadalajara. El GAL y la corrupción de algunos colaboradores ninguno de ellos ministro ha dejado un mal recuerdo de sus últimos años de gobierno, pero no puede hacerse desde esta perspectiva una descalificación global del largo y fecundo gobierno socialista. González ha sido un gran presidente, que ha contribuido eficazmente a la consolidación democrática, la modernización del país y su prestigio en el mundo. Cuando llegó a La Moncloa no habían pasado dos años desde el golpe de estado del 23-F y se había abortado un golpe duro previsto para el 27 de octubre, la víspera de su victoria. No dudó en tomar medidas impopulares de ortodoxia económica y de dar marcha atrás en sus promesas sobre la OTAN, pero su pragmatismo no impidió una política de justicia social y de achicamiento de las desigualdades. No es un héroe, pero tampoco un pícaro. No es tampoco una persona que se agarre al poder a toda costa. En 1996, con sólo 300.000 votos de diferencia, pudo haber maniobrado para conservarlo, pero tuvo el buen sentido de aceptar que había llegado el momento del Partido Popular. La gran moraleja reside en los peligros de la excesiva permanencia en el cargo. La corrupción de los vivillos y la pérdida de impulso reformista fue posible por la insensibilidad que produce la arrogancia de un poder que no ve su fin ni sus límites. La alternancia no es una mera teoría, es el oxígeno de la democracia. |