Nº 584
5/1/2004

Gato encerrado en el mensaje del Rey

Me ha parecido detectar, a pesar de su reconocida discreción felina, un gato en el Mensaje de Navidad de Su Majestad el Rey, concretamente en el párrafo en que Su Majestad apoya la política del Gobierno sobre la vivienda, un fracaso reconocido hasta por el número dos del Gabinete y máximo responsable económico, Rodrigo Rato. El párrafo que ha tenido la virtud de escandalizarme, lo que ya es un mérito en un mensaje destinado habitualmente a acompañar la modorra nacional es el siguiente: “Este año, España ha seguido creciendo. Debemos mantener ese rumbo animados por una visión solidaria del progreso económico, mejorando las condiciones de vida de todos, perfeccionando la protección social y la cobertura sanitaria, reforzando el empleo y el potencial de nuestro sistema educativo y cultural, y facilitando el acceso a la vivienda.” Pues si para facilitar el acceso a la vivienda hay que mantener el rumbo actual, vamos apañados.

Son discutibles los otros elementos que integran el desafortunado párrafo: ha habido crecimiento económico, ciertamente, pero no es de general aceptación que ese crecimiento haya estado animado “por una visión solidaria del progreso económico”; coincido alborozado en que se han mejorado las condiciones de vida de muchos, pero quizás sea excesivo extender la mejora a “todos”; dudo que pueda afirmarse con rigor, y desde luego no es la idea que predomina, que durante el pasado año se haya reforzado “el potencial de nuestro sistema educativo y cultural”, como afirmó el Rey, pero lo que me hizo saltar del sillón como ante una broma de mal gusto fue cuando el Monarca afirmó que se ha facilitado el acceso a al vivienda.

Es difícil sorprenderse y mucho más discrepar de estos mensajes. Están diseñados magistralmente para el consenso universal, lo que obliga a planteamientos muy próximos a la obviedad. Sin embargo, en esta ocasión es cuando el Rey se manifiesta con más libertad. El mensaje de Navidad, como ha señalado el propio don Juan Carlos, es el producto de un pacto entre el monarca y el presidente del Gobierno, y a mí me ha parecido detectar, quizás en un exceso de suspicacia, el gato perdido de La Moncloa.

Mis impresiones no tienen más base que la constatación de que el Rey no es tonto; por el contrario, nuestro monarca es sumamente inteligente y con una nariz prodigiosa adiestrada a lo largo de los más difíciles avatares del último cuarto de siglo; mi suspicacia no tiene más apoyo que la alta consideración que tengo al jefe de su Casa, Alberto Aza, un viejo zorro bregado en mil combates a quien no puede escapársele una afirmación tan comprometida. Mucho me malicio que este párrafo no refleja la opinión del Rey. Me sospecho que es otro trágala –esperemos que sea el último–, una nueva utilización del monarca por parte de “su” presidente del Gobierno, con quien mantiene unas relaciones manifiestamente mejorables. Son muy pocas las ocasiones en las que el monarca ha accedido a aceptar una sugerencia del presidente del Gobierno de turno que haga chirriar ese espíritu blanco de armonía universal que inspira sus discursos navideños. La más conocida es cuando Felipe González le pidió que incluyera alguna critica a la prensa, que en aquellos tiempos le acosaba inmisericorde. El Rey accedió, a pesar de los consejos del jefe de su Casa, a la sazón Sabino Fernández Campo, y de la aprensión del monarca a formular una crítica, por velada que fuera, a la prensa que con tanto mimo le cuidaba.

El propio monarca ha explicado en las polémicas confesiones que hiciera a José Luis de Vilallonga cómo se fraguan estos mensajes: “No hago más que decir en voz alta lo que la mayoría de los españoles piensa en voz baja. Es por lo tanto normal que haya gente a la que eso molesta(...) En lo que yo digo no hay intromisión de nadie. Y creo que ahora la gente sabe que lo que dice el Rey es lo que el Rey piensa”. Y ante la pregunta de Vilallonga: “¿Queréis decir que el Gobierno no está al corriente de lo que el Rey va a decir a los españoles?”, aclara: “Sí, el presidente del Gobierno sabe lo que yo voy a decir (no sería leal por mi parte ocultárselo), pero no sabe en que términos voy a expresarlo”. “A veces discutimos a propósito de un matiz, de una palabra que conviene o no emplear. Pero lo importante (y eso es un lujo que yo me permito) es que yo pueda decir a los españoles lo que esperan que les diga”.

Dudo mucho que los españoles esperaran que el Rey les dijera que se está facilitando el acceso a la vivienda.

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