Nº 583
22/12/2003

Somos 42 millones

Una vez más, los profetas de la catástrofe se han equivocado. España no sólo no se despuebla sino que ha experimentado el récord histórico de población. Somos 42,6 millones los que vivimos en este país según el último padrón municipal. En sólo un año la población española ha crecido en 800.000 habitantes, y en los dos últimos, en más de millón y medio. Semejante aumento se ha producido, en su mayor medida, por la afluencia de inmigrantes. En realidad, somos muchos más, pues no todos los inmigrantes tienen la posibilidad de empadronarse, y con ello el derecho a disfrutar de sanidad y escolaridad gratuita; los ilegales no pueden contabilizarse con precisión, como es obvio. No tienen derechos, viven en precario, pero viven y consumen en esta tierra de Dios.

Se equivocaron los que proyectaban la población española hacia la nada y quienes anunciaron con su trompeta apocalíptica el fin de las pensiones con el argumento de que activos en descenso no podrían mantener a los ancianos en ascenso. Las que realmente están en caída libre son las proyecciones, una palabra que empieza a no tener sentido en un mundo en cambio acelerado hacia no se sabe dónde. Somos un país que crece y prospera y cuyo crecimiento y prosperidad futuros dependen mucho de la afluencia e integración de los inmigrantes. No es ocioso resaltar que España ha alcanzado este año que concluye una renta de 20.000 dólares por habitante. Los más viejos del lugar recordamos cuando, en los años 60, Laureano López Rodó, a la sazón comisario del Plan de Desarrollo, aseguraba que España podría gobernarse democráticamente cuando alcanzara los 1.000 dólares de renta per cápita. Ahora tenemos una democracia de 20.000 dólares que debe profundizarse con una convivencia que incluya a nuestros nuevos vecinos y compañeros de trabajo. Lo que no profetizó don Laureano, el gran tecnócrata de Franco, fue que la formidable emigración de trabajadores españoles que se producía en aquellos años 60 de los planes de desarrollo se invertiría de signo y que llegarían en parecidas proporciones –por el momento– inmigrantes del Sur, del Este y del otro lado del Atlántico. El año de la Constitución trabajaban en el extranjero dos millones de españoles, medio millón menos que los inmigrantes que se han instalado en España en el último quinquenio. El emigrante español que regresara hoy a su país tras sólo cinco años de ausencia no daría crédito a sus ojos al ver nuestras calles paseadas por negros, latinoamericanos o marroquíes que ciertamente no son turistas, al entrar en una frutería y ser atendido por un ecuatoriano o peruano donde le ofrecen junto a las naranjas la yuca o el mango. Como si Madrid o Barcelona fueran París o Londres. El paisaje humano está cambiando y lo que seguirá cambiando, ¿o alguien piensa que nos quedaremos como estamos con solo un 5% de extranjeros? Aunque no hagamos proyecciones, es fácil percibir que la realidad viene como avalancha, pero no como una catástrofe sino como una bendición. Si la avalancha, naturalmente, no nos desborda, si se logra controlar más o menos el proceso.

Hoy, los inmigrantes representan en España una formidable riqueza y una fuente de oportunidades comerciales. En los primeros años, los bancos se negaban a abrir una cuenta a un marroquí o a un boliviano; hoy los más inteligentes hacen campañas específicas para captar sus dineros y proporcionarles todo tipo de servicios financieros. “Somos el banco de los ecuatorianos”, he escuchado en un anuncio televisivo. Consultores avezados me han indicado que hoy las ramas emergentes de negocio son las que se refieren a los inmigrantes: desde trasladarles el dinero a sus países de origen hasta invertirlos en España o cubrir sus demandas más específicas. No podemos ocultarnos, sin embargo, las dificultades que se presentan para la asimilación social de este fenómeno irreversible, especialmente respecto a la gente que procede de África. Tampoco han resuelto satisfactoriamente este problema los países europeos con más tradición inmigratoria que sufren el crecimiento de la ultraderecha. ¿Pasará mañana en España? Estos son los problemas de fondo que este país tendrá que abordar el año de gracia de 2004 que ahora comienza y en años sucesivos, y que tienen mucha más importancia que muchas otras cuestiones en las que nos enzarzamos derrochando pasión. Ha sido una buena iniciativa que estos datos aparecieran de la experta mano de Carmen Alcaide, la directora del Instituto Nacional de Estadística, en el contexto de las reflexiones generadas en la conmemoración del 25º aniversario de la Constitución.

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