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Nacionalismos de ricos Las elecciones catalanas conmocionan a España. ¿Resucitan los viejos fantasmas separatistas? ¿Se rompe el titulo VIII de la Constitución que tanto costó cerrar hace 25 años? Si los partidos de Cataluña, incluido el PSC y con la obvia excepción del PP, pretendían robarle protagonismo al plan Ibarretxe hay que reconocer que lo han conseguido. El empujón catalanista que se avecina no se puede frenar en los tribunales ni en un ¡Basta ya! improcedente en estas tierras sin terrorismo, lo que hace pensar a algunos analistas que justamente por eso es más peligroso. Quizás lo sea para el país virtual que gobierna Aznar, al que podríamos denominar El-resto-de-España, donde obtiene amplias rentabilidades predicando su cruzada. Hay otras objeciones desde la opinión progresista, que cree ver en el nacionalismo catalán peligrosos gérmenes de insolidaridad social: su propósito de contribuir con menos dinero a la tarta nacional del mismo modo que los contribuyentes netos de la Unión Europea Alemania, Holanda o Inglaterra se resisten a seguir siendo contribuyentes natos y netos. Pero todo es mucho más tranquilo de lo que algunos entienden, e infinitamente más tranquilo visto desde Cataluña. El propio lenguaje lo revela: los encendidos manifiestos nacionalistas de antaño se han trocado en un sentirse incómodos en España o bien en la queja de que Cataluña hace un mal negocio con España. Hombre, por comodidad e incluso por mejorar el negocio, nadie derrama sangre. Ni la patria está en peligro de desintegración ni vivimos en vísperas de una guerra civil, lo que siendo obvio quizás convenga recordar. Deberíamos sosegarnos todos un poco para no añadir a la seriedad de los problemas el agravante de una escalada verbal que termine engordando el problema. Las palabras tienen mucha fuerza y pueden herir como las balas. El nacionalismo ya no es lo que era, fundamentalmente porque España ya no es lo que era; ahora es un país desarrollado que ha podido organizar, con todas sus limitaciones, un cierto bienestar; una nación integrada en la Unión Europea que se ha dotado de moneda y que está a punto de votar una Constitución. No es, desde luego, la Europa de las regiones, pero se acerca a la Europa de los ciudadanos en la que los Estados, que siguen marcando las reglas de juego, van transformando su propia naturaleza en la medida en que ceden soberanía. Y España, dentro de Europa, juega activamente en un mundo globalizado. Pueden convivir, y de hecho conviven, lo grande y lo pequeño, Europa y el Globo con las pequeñas comunidades humanas; Wall Street y el campanario. Es una simpleza pensar que la globalización erradica a los nacionalismos, pero no es lo mismo un nacionalismo en España que en Turquía. Es el catalán un nacionalismo fiscal, que es lo último que se lleva en los países prósperos. El catalán no es un nacionalismo a lo kurdo, sino a la milanesa. El romanticismo nacionalista, el paisaje y el paisanaje, la sardana y la propia lengua emocionan, pero creo que la base del nuevo nacionalismo se basa en el mal humor que produce pagar más al Estado de lo que reciben del mismo. Las demandas de más autogobierno tienen música fiscal, que no difiere mucho de la resistencia de los ricos y de los no tan ricos a pagar impuestos. El problema no es de bandera, de las diferencias en la combinación del rojo y del amarillo de la bicolor respecto a las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo de la senyera. Desde esta perspectiva, lo que parece peligrar no es el Título VIII de la Constitución, sino el Título I, que proclama los derechos de los españoles; en definitiva, el modelo constitucional de solidaridad entre todos los ciudadanos de España. Lo curioso, aunque no demasiado chocante, es que semejantes planteamientos lo defiendan aun con más fuerza que las otras formaciones, mucho más que Convergencia y Unió, Ezquerra Republicana de Cataluña. Es una contradicción sólo aparente: solidaridad para nosotros, progresismo para el disfrute de los nuestros. Una lógica impecable que lleva dentro el peligro de la subdivisión de la solidaridad en espacios cada vez más pequeños. Probablemente haya recobrado fuerzas un nacionalismo españolista antiguo, de gran bandera y ecos imperiales del que Aznar, presidente del Resto-de-España usa y abusa. Creo que no es hacerle el juego invocar la crítica desde la izquierda, de quienes no parten de estas nostalgias sino de los peligros de ruptura de la solidaridad ciudadana, que para mí es la justificación del Estado. Desde ese punto de vista, sí puede hablarse de patriotismo constitucional. Por lo demás, estar cómodos y hacer un buen negocio desdramatiza y profundiza, lo hace más serio. |