Nº 578
17/11/2003

Los tiempos de Zapatero

José Luis Rodríguez Zapatero ha iniciado su campaña electoral declarando concluida la etapa de la “oposición útil” y abierta la del “cambio responsable y sereno” o lo que es lo mismo, el asalto al palacio de la Moncloa. El auditorio elegido ha sido el de un grupo de militantes y simpatizantes que están elaborando el programa socialista. Recuérdese que el marco elegido por su competidor, Mariano Rajoy fue el hotel Ritz, el más exclusivo de España, que se ha convertido en el escenario natural del PP y el público seleccionado el de los grandes empresarios y banqueros. Allí se presentó también la actual “concejala social”, Ana Botella. La estética cuenta y Zapatero no perdió la ocasión de aprovechar la baza que le había proporcionado gratis el Partido Popular: “Para otros, la sociedad es sólo la alta sociedad o las grandes sociedades anónimas. Para nosotros, la sociedad es la gente, son las personas”. El mismo día, José María Aznar pedía para Rajoy la mayoría absoluta; la otra, la pequeña mayoría la da por supuesta. Y no le falta razón: la opinión parece sancionar que lo que está en juego es si el PP ganará por mayoría absoluta o relativa, una cuestión con una relevancia sin precedentes y decisiva para el destino del líder socialista. La necesidad de cambio es evidente; la cuestión es saber –y sólo nos lo dirán las urnas– si se estimará que el cambio ya se ha producido –Rajoy por Aznar– o si se requiere una verdadera alternancia. Parece, sin embargo, que últimamente se ha desgastado más la oposición que el Gobierno.  A Zapatero, administrador de tiempos, le queda poco de este recurso escaso para dar un vuelco a la situación. La gestión de Cronos parece desequilibrada: 40 meses de “oposición útil”  y cinco para la otra, la de verdad. Para ser justos, hay que recordar el estado de postración en que se encontraba este partido cuando fue elegido. Zapatero consiguió ilusionar a la tropa y momentos hubo en que su ascensión parecía imparable y los días del Partido Popular, contados. Elegido a contrapelo del aparato y apoyado por los guerristas, que consideraron altamente prioritario frenar a Bono, marcó una estrategia que se acercaba a la “refundación”; la ruptura con el pasado se plasmó en la liquidación de la vieja guardia. El objetivo era acabar con el felipismo al tiempo que se trataba con exquisito cuidado a Felipe para evitar su beligerancia. La nueva etapa tendría su plasmación mediática –aquí la  política está muy mediatizada– en el relevo de la Prisa propicia a González por El Mundo de su encarnizado enemigo. 

La liquidación de la vieja guardia nacional descapitalizó al partido y  Zapatero tuvo que contar con lo que, salvo meritorias excepciones, no era mucho. No pudo, sin embargo, depurar a la vieja guardia provincial –el 90% de los secretarios generales no ha cambiado–, lo que unido al hecho de que los tres generales con mando en plaza –Chaves, Bono y Rodríguez Ibarra, pura vieja guardia– le marcaban estrechamente, obligaba al nuevo jefe a un pacto interno permanente. Se daba la curiosa circunstancia de que el apoyo más sólido entre los barones regionales lo tenía el nuevo secretario general en Pasqual Maragall, que no gobernaba. Todo ello desprendía una sensación de debilidad que la ciudadanía ha castigado: ¿cómo va a gobernar España un hombre que no logra controlar a su propio partido? Zapatero no supo jugar sus cartas con audacia partiendo de la evidencia de que si daba un puñetazo encima de la mesa nadie se atrevería a enfrentarse a quien representaba la única opción viable. Nadie hubiera podido oponerse a la selección de un buen equipo de apoyo técnico y sobre todo mediático, un terreno en el que ha embarrancado.

Cuando su entorno se impacientaba, Zapatero replicaba con la invocación de una misteriosa estrategia de administración de los tiempos, tan misteriosa que nadie explica qué ha pasado para que cuatro meses antes de las elecciones todas las encuestas que apoyaban al PSOE se invirtieran en beneficio del PP. La culpa no es de las buenas formas del socialista ni de sus pactos, sino de la percepción pública de que la alternativa deseable ante la derecha nacional-autoritaria de José María Aznar no ofrece las debidas seguridades de firmeza y autoridad. Una impresión probablemente injusta, producto de una errónea política informativa, pero que en el mercado de los votos cuenta más que los programas y los manifiestos. Aún queda tiempo, aunque no demasiado, para que Zapatero demuestre que manda en su partido y puede asumir firmemente el Gobierno del país.

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