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¿Puede irse alguien de vacaciones? No sé si este año podremos marcharnos de vacaciones en El Siglo dejando al país a su suerte, inquieto ante tantas incertidumbres. Me dicen que los diputados populares de la Asamblea de Madrid han recibido instrucciones de no alejarse más de 300 kilómetros de la capital, donde puede ocurrir cualquier cosa; a lo sumo pueden llegar hasta Valencia, la playa más próxima. Ningún diputado nacional, del Gobierno ni de la oposición, pero especialmente de esta última, podrá tomarse tampoco unas vacaciones como Dios manda, pues Aznar piensa colar hasta 14 proyectos de ley elaborados a toda prisa por el Gobierno antes de marcharse. Por su parte, los populares estarán muy pendientes del hipódromo y de la Plaza de la Villa, sede actual de Alberto Ruiz-Gallardón. En efecto, el alcalde de Madrid se ha rebelado contra quienes han tratado de apartarle de la carrera a La Moncloa, que son nada menos que el presidente y su señora, la concejala de Asuntos Sociales, con la adhesión inquebrantable de Esperanza Aguirre, y el apoyo no menos ardoroso de los otros corredores del hipódromo presidencial. Todos desean a Gallardón, malvadamente, los mejores éxitos al frente de la capital. El alcalde de Madrid y presidente de la Comunidad en funciones, que ha ganado con holgura todas las elecciones sabe mucho de esto, de ganar elecciones, y ha divulgado el retrato robot del candidato perfecto para la generales, su propio retrato: debe ser alguien con experiencia de Gobierno, en una comunidad autónoma o en un ayuntamiento importante, alguien que haya gobernado con éxito un microestado, que tenga experiencia de gobierno en todos los ámbitos de una comunidad ciudadana, desde la policía hasta la sanidad, desde la industria hasta el medio ambiente, desde la educación hasta el descanso. Con estas pinceladas, el popular político no sólo se incluye, sino que también excluye a los demás candidatos, que no han sido más que ministros o vicepresidentes, simples gerentes sectoriales, de responsabilidad limitada, siempre dependientes, muy dependientes, del César. Alberto Ruiz-Gallardón sólo cuenta con un pequeño activo: que ganaría con más probabilidades que los demás competidores, que es el deseado por las bases de su partido y su amplia parroquia de simpatizantes y que incluso recibiría el voto de muchos ciudadanos que no exhiben señales claras de identidad política e incluso de gente de pedigrí progresista que valora la virtud de este político que no puede compartir con Aznar su condición profundamente demócrata, aunque sea, como es su obligación, conservador. Estas no son en política más que ventajas estériles si no se cuenta con la bendición del Gran Elector, del titular de la monarquía electiva. Mi opinión es que el todavía presidente se tragaría el sapo y elegiría a Gallardon si estuviera preocupado por la alternativa socialista. No puede arriesgarse a que su brillante carrera concluya en un desenlace fatal. Si el PP perdiera las elecciones, sus ocho años triunfales desaparecían de un plumazo, y su figura sería simbólicamente defenestrada por el emblemático balcón de Génova. En cambio, si Aznar se considera que va sobrado, que Zapatero está hundido y que ganaría con cualquiera, elegiría al más dócil, a su monaguillo Ángel Acebes. No es éste el único frente abierto; el más inquietante es el abierto por el lehendakari en su escalada independentista diseñada paso a paso. Su proyecto es anticonstitucional, y por tanto, inasumible, pero la negativa de Aznar a conversar con Ibarretxe excluyéndole de la ronda de sus despedidas institucionales, además de insultante es inconveniente, pues oxigena la insensatez nacionalista; no debiera excluir al País Vasco, como si no se tratara de una más de las comunidades autónomas en las que está organizada España; dejar de hablar es lo último cuando el peligro acecha. Tampoco los políticos socialistas podrán irse muy lejos estos días, ni siquiera a la sierra madrileña; lo prudente es no alejarse más de cien metros de Ferraz para no perderse los fragores del cambio. Todo el mundo espera que se produzcan novedades, que aparezcan nuevos actores ante los focos mientras otros se eclipsan. Muchas cosas deben cambiar para que no cambie todo. Y si no fuera así, peor para el PSOE y para su líder. Su resistencia a modificar su equipo es proverbial, tanto como su incapacidad de incomodar a alguien. Pero esto se ha acabado: o Zapatero dramatiza su rearme con cambios, recluta un buen equipo técnico y genera un par de ideas fuerza que identifiquen su alternativa, o las posibilidades del PSOE que todavía existen de cara a los próximos comicios se arruinarán estrepitosamente y con ellas el futuro prometedor del líder. |