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¡Qué envidia me da la BBC! Se imaginan ustedes que Televisión Española informara sobre las mentiras de José María Aznar respecto a la guerra de Iraq, con todo lujo de detalles, documentadamente, con el mejor periodismo de investigación de los mejores periodistas de investigación? ¿Se imaginan ustedes que cada telediario abriera con informaciones proporcionadas por una fuente solvente y secreta un garganta profunda de que José María Aznar tenía datos proporcionados, por ejemplo, por nuestro Centro Nacional de Inteligencia, que permitían dudar sobre la peligrosidad de Saddam Hussein y que manipuló sus datos para justificar la actitud de España? ¿Se imaginan ustedes a TVE informando durante casi un mes, como ha hecho la televisión británica, de que el presidente del Gobierno ha mentido al Parlamento? ¿Se imaginan ustedes a un Aznar, con mayoría absoluta en el Parlamento como la tiene Blair en el suyo, pidiendo el apoyo de las Cortes frente a José Antonio Sánchez, el director general de este ente de sinrazón que es TVE y pidiendo que éste se disculpara? Verdaderamente la imaginación no da para tanto. Pues bien, el director de la televisión publica británica, Greg Dyke, no sólo no ha pedido disculpas sino que ha sostenido a su periodista. Y es que en Inglaterra lo público, como la BBC, es de todos, mientras que en España lo público es propiedad del Partido Popular. La independencia de la BBC ha permitido a la emisora golpear al primer ministro en su línea de flotación, la marcada por su credibilidad pública; la acusación más grave que se puede formular contra un primer ministro: mentir al Parlamento y a la nación para justificar su decisión de ir a la guerra, para decirlo con las propias palabras del premier. El premier español incumplió su promesa formulada en las elecciones de 1996 que le auparon al poder de garantizar la independencia televisiva, dentro de su paquete de regeneración política. Ocho años después, el presidente no sólo se va sin cumplir su promesa sino todo lo contrario: a punto de terminar sus ocho años al frente del Gobierno de la nación se han superado todas las vergüenzas de anteriores gobiernos; nunca se ha manipulado con tanto descaro en los medios públicos y nunca había llegado tan lejos la penetración gubernamental en los privados. Sólo hay un país en la Unión Europea donde se sufra un control más asfixiante sobre la prensa: Italia. Berlusconi ha llegado al paroxismo en el control de los medios públicos y de los privados. La embarazosa ironía escribía en un reciente artículo Robin Cook, ex ministro y actualmente miembro laborista del Parlamento británico es que el presidente que supervisará las últimas fases de la ampliación de la Unión ha creado en su país condiciones que probablemente harían que Italia fuera rechazada si fuera un país candidato al ingreso, sobre la base de que no posee ni un sistema judicial independiente ni medios de comunicación libres. José María Aznar no ha llegado tan lejos como su amigo Berlusconi, pero no le anda muy lejos. Envidio a la BBC y admiro la madurez cívica británica, donde la indecencia política tiene escaso recorrido. El éxito de la BBC, referencia obligada para obtener una información fiable en España durante la pesadilla franquista, no es sólo cuestión de estatutos ni de ingeniosos mecanismos propiciadores de la pluralidad y el equilibrio. La independencia de la emisora como la de otras corporaciones se apoya en la autoestima de los servidores públicos, que se afirma por encima de los compromisos políticos con quienes les designaron para desarrollar su función. Es un desempeño que no se improvisa, que responde a valores consolidados a lo largo de los siglos, pero ello no quiere decir que no sea un modelo imitable. Sería maravilloso que, en España, el director general de TVE, el fiscal general del Estado, los consejeros del Poder Judicial, los magistrados de altos tribunales, los consejeros del Tribunal de Cuentas, o del Consejo de las Telecomunicaciones o donde quiera que se dieran cuotas de partido se guiaran exclusivamente por su conciencia. Sé que la envidia es una pasión inútil, pero no la admiración que mueve a la sana imitación. La calidad democrática está condicionada por la transparencia de los gobernantes y la independencia de los medios. En nuestra sociedad mediática lo que no está en los medios no existe y lo que no aparece en televisión no existe para la gran mayoría de la población. Concluyo con un fervoroso deseo: que de cara a las elecciones de primavera pudiera gestarse un compromiso, una especie de Pacto de Toledo de la decencia y el juego limpio para la correcta información ciudadana. |