Nº 553
28/4/2003

En la frontera de la democracia

En Iraq se ha abierto la caja de Pandora y todos los demonios han salido disparados. A este paso, veo a George W. Bush pidiendo la vuelta del dictador: “Vuelve, Saddam, te perdonamos”. Eso si no pide también el restablecimiento de la Unión Soviética, ante la actitud díscola de Putin. ¿Y con París? ¿Qué se puede hacer con París más allá de cambiar el nombre de las patatas fritas que ya no son french fries sino freedom fries? Bienvenida sea, no obstante, la libertad, a pesar de que a su conjuro salten fundamentalistas chiítas  enarbolando al yerno de Mahoma, Alí ben Abu Taleb frente a los atribulados sunnitas, fieles tranquilos de la primera ortodoxia, de los tres primeros califas que transformaron el Estado nacional árabe en un imperio teocrático mundial; y todos contra los irredentos nacionalistas kurdos en busca de Estado. Bienvenida sea la libertad, que Alá quiera que venga sin ira como en la copla española de la transición. No obstante, al viento de la libertad, podría instalarse en el poder iraquí un teócrata a lo Jomeini paladín del chiísmo, que es la religión del Iran desde la conquista de Soleiman en el siglo XVI, que relegó a Bagdad a la condición de una de sus ciudades de provincias. En Iraq podría instalarse un teócrata más peligroso que el mismísimo Saddam.

El embrollo es formidable y nos lleva al límite de la lógica democrática como muestra de la forma más dramática Argelia y se insinúa sordamente en Marruecos, en Túnez o en Egipto. En Argelia, como recordarán nuestros lectores a pesar del espeso silencio generado sobre un desfile de muertos que no se cuentan, ganaron las elecciones los fundamentalistas islámicos, una victoria que no admitió el régimen militarista del FLN con la complicidad sin fisuras de Estados Unidos, de la Union Europea y del Sursum Corda. La cuestión es más sencilla de plantear que de resolver: ¿Es admisible que movimiento teocrático alcance el poder por medios democráticos en la seguridad de que una vez alcanzado el mismo se va a suprimir la democracia? Algo que ya pasó con un tal Hitler, a quien últimamente tanto se recuerda.

Un régimen basado en el  fanatismo religioso es aun más cruel y más difícil de eliminar que una dictadura civil; sus ayatolás son más implacables porque ejercen su dominación sin fisuras morales ni mala conciencia. La tiranía que para ellos es salvación, se ejerce virtuosamente, en nombre de Dios, como la ejerciera Calvino hace 500 años en Ginebra, a quien no le planteaba problemas de conciencia quemar al disidente, o no hace mucho, los chiítas en Iran y los talibanes en Afganistán. No es una cuestión de islamismo o cristianismo, pues ambas religiones han amparado en grado similar la intolerancia, con la diferencia de que afortunadamente, en el mundo “cristiano”, hace siglos que logramos separar, no sin traumas, el gobierno de Dios del de los hombres.

El problema militar no ha sido problema, pero sí lo es el político. No parece que el equipo de Bush haya dedicado mucho tiempo a esta cuestión, como no dedicó una décima de segundo a organizar la protección del patrimonio cultural de la humanidad. Es probable que Bush soñara en el modelo japonés: Machacamos el país –en aquella ocasión a base de bombas atómicas– e imponemos un virrey que trueque sus instituciones feudales por un régimen democrático. A partir de entonces, recordaría Bush, los japoneses prosperaron, su economía se colocó a la cabeza del mundo y Japón se convirtió en nuestro mejor amigo. Desgraciadamente, nada es igual a nada. En Japón, el horror ante el bombardeo nuclear de Hiroshima y Nagasaki superó al odio al enemigo y las fuerzas de la tradición preindustrial no podían prevalecer sobre las fuerzas proteicas del capitalismo tan elocuentemente representadas por el modelo americano. No es el mismo caso el que se plantea en Iraq, como en otros países árabes,  donde el complejo religioso-político latente es incompatible con la democracia y, de forma especialmente agresiva, contra lo que representa el imperio americano. Respecto a Argelia, y a la amenaza sorda y muda que uno pueda percibir en Marruecos o Túnez por debajo de la apariencia de normalidad, Estados Unidos ha podido  disimular mirando para otro lado, pero ahora se encuentra en el brete de tener que tomar, en primera persona, una decisión.

A los americanos se les agradecen los servicios prestados al descabalgar a Saddam, pero se les exige que se vayan a su casa, algo que no entra en las prioridades de la potencia ocupante. La marcha de un millon de chiítas a Kerbala es sólo el inicio de una dialéctica endemoniada.

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